Dionisio
Areopagita:
TEOLOGÍA MÍSTICA
Sumário
-
EN QUÉ CONSISTE LA DIVINA
TINIEBLA
-
CÓMO DEBEMOS UNIRNOS Y
ALABAR AL AUTOR DE TODAS LAS
COSAS, QUE TODO LO
TRASCIENDE
-
QUÉ SE ENTIENDE POR TEOLOGÍA
AFIRMATIVA Y TEOLOGÍA
NEGATIVA
-
QUE NO ES NADA SENSIBLE LA
CAUSA TRASCENDENTE A LA
REALIDAD SENSIBLE
-
QUE LA CAUSA SUPREMA DE TODO
LO INTELIGIBLE NO ES ALGO
INTELIGIBLE
rinidad
supraesencial y más que divina y
más que buena, maestra de la
divina sabiduría cristiana,
guíanos más allá del no saber y
de la luz, hasta la cima más
alta de las Escrituras místicas.
Allí donde los misterios
simples, absolutos e inmutables
de la teología se revelan en las
tinieblas más que luminosas del
silencio. En medio de las más
negras tinieblas fulgurantes de
luz desbordan, absolutamente
intangibles e invisibles, los
misterios de hermosísimos
fulgores que inundan nuestras
inteligencias, que saben cerrar
los ojos.
Ésta es mi oración. Timoteo,
amigo mío, entregado por
completo a la contemplación
mística, renuncia a los
sentidos, a las operaciones
intelectuales, a todo lo
sensible y a lo inteligible.
Despójate de todas las cosas que
son y aun de las que no son y
elévate así, cuanto puedas,
hasta unirte en el no saber con
aquel que está más allá de todo
ser y de todo saber. Porque por
el libre, absoluto y puro
apartamiento de ti mismo y de
todas las cosas, arrojándolo
todo y del todo, serás elevado
en puro éxtasis hasta el Rayo de
tinieblas de la divina
Supraesencia.
2. Pero ten cuidado de que nada
de esto llegue a oídos de no
iniciados, aquellos que se
apegan a los seres, que se
imaginan que no hay nada más
allá de lo que existe en la
naturaleza física, individual.
Piensan, además, que con su
mística razón pueden conocer a
aquel que "puso su tienda en las
tinieblas". Y si esos no
alcanzan a comprender la
iniciación a los divinos
misterios, ¿qué decir de quienes
son verdaderos profanos, de
aquellos que describen la Causa
suprema de todas las cosas por
medio de los seres más bajos de
la naturaleza y proclaman que
nada es superior a los múltiples
ídolos impíos que ellos mismos
se fabrican?
En realidad, debemos afirmar que
siendo Causa de todos los seres
habrá de atribuírsele todo
cuanto se diga de los seres,
porque es supraesencial a todos.
Esto no quiere decir que la
negación contradiga a las
afirmaciones, sino que por sí
misma aquella Causa trasciende y
es supraesencial a todas las
cosas, anterior y superior a las
privaciones, pues está más allá
de cualquier afirmación o
negación.
3. En ese sentido, pues, dice el
divino Bartolomé que la teología
es al mismo tiempo abundante y
mínima, y que si el Evangelio es
amplio y copioso, es también
conciso. A mi parecer, ha
comprendido perfectamente que la
misericordiosa Causa de todas
las cosas es elocuente y
silenciosa, en realidad callada.
No es racional ni inteligible,
pues es supraesencial a todo
ser. Verdaderamente se
manifiesta sin velos sólo a
aquellos que dejan a un lado los
ritualismos de las cosas impuras
y de las que son puras, a
quienes sobrepasan las cimas de
las más santas montañas. A los
desprendidos de luces divinas,
voces y palabras celestiales, y
que se abisman en las Tinieblas
donde, como dice la Escritura,
tiene realmente su morada aquel
que está más allá de todo ser.
No en vano el divino Moisés
recibió órdenes de purifícarse
primero y luego apartarse de los
no purificados. Acabada la
purificación, oyó las trompetas
de múltiples sonidos y vio
muchas luces de rayos
fulgurantes. Ya separado de la
muchedumbre y acompañado de los
sacerdotes escogidos, llega a la
cumbre de las ascensiones
divinas. Pero todavía no
encuentra al mismo Dios.
Contempla no al Invisible, sino
el lugar donde Él mora. Esto
significa, creo yo, que las
cosas más santas y sublimes
percibidas por nuestros ojos e
inteligencia no son las razones
hipostáticas de los atributos
que verdaderamente convienen a
la presencia de aquel que todo
lo trasciende. A través de
ellas, sin embargo, se hace
manifiesta su inimaginable
presencia, al andar sobre las
alturas de aquellas cúspides
inteligibles de sus más santos
lugares. Entonces, es cuando
libre el espíritu, y despojado
de todo cuanto ve y es visto,
penetra (Moisés) en las
misteriosas Tinieblas del
no-saber. Allí, renunciado a
todo lo que pueda la mente
concebir, abismado totalmente en
lo que no percibe ni comprende,
se abandona por completo en
aquel que está más allá de todo
ser. Allí, sin pertenecerse a sí
mismo ni a nadie, renunciando a
todo conocimiento, queda unido
por lo más noble de su ser con
Aquel que escapa a todo
conocimiento. Por lo mismo que
nada conoce, entiende sobre toda
inteligencia.

¡Ojalá podamos también nosotros
penetrar en esta más que
luminosa oscuridad! ¡Renunciemos
a toda visión y conocimiento
para ver y conocer lo invisible
e incognoscible: a Aquel que
está más allá de toda visión y
conocimiento!
Porque ésta es la visión y
conocimiento verdaderos: y por
el hecho mismo de abandonar todo
cuanto existe se celebra lo
sobreesencial en modo
sobreesencial. Así como los
escultores esculpen las
estatuas, quitando todo aquello
que a modo de envoltura impide
ver claramente la forma
encubierta. Basta este simple
despojo para que se manifieste
la oculta y genuina belleza.
Conviene, pues, a mi entender,
alabar la negación de modo muy
diferente a la afirmación.
Afirmar es ir poniendo cosas a
partir de los principios,
bajando por los medios y llegar
hasta los últimos extremos. Por
la negación, en cambio, es ir
quitándolas desde los últimos
extremos y subir a los
principios. Quitamos todo
aquello que impide conocer
desnudamente al Incognoscible,
conocido solamente a través de
las cosas que lo envuelven.
Miremos, por tanto, aquella
tiniebla supraesencial que no
dejan ver las luces de las
cosas.

En mis "Representaciones
teológicas" dejé ya claro cuáles
sean las nociones más propias de
la teología afirmativa
(catafática); en qué sentido el
Bien de naturaleza divina es Uno
y Trino; cómo se entiende
Paternidad y Filiación; qué
significa la denominación divina
del Espíritu; cómo estas
cordiales luces de bondad han
brotado del Bien inmaterial e
indivisible y cómo al difundirse
han permanecido en él todas unas
en otras desde su coeterno
fundamento. He hablado de Jesús,
que siendo supraesencial se
revistió sustancialmente de
verdadera naturaleza humana. En
las "Representaciones
teológicas" alabé también otros
misterios conforme a las Santas
Escrituras.
En el "Tratado sobre los Nombres
de Dios" he explicado en qué
sentido decimos que Dios es el
Bien, Ser, Vida, Sabiduría,
Poder y todo cuanto pueda
convenir a la naturaleza
espiritual de Dios. En la
"Teología simbólica" he tratado
de las analogías que puedan
tener con Dios los seres que
nosotros observamos. He hablado
de las cosas sensibles con
relación a Él, de formas y
figuras, de ministros, lugares
sagrados y ornamentos; de lo que
significan el enojo, las penas y
los resentimientos; del sentido
que en Él tienen las palabras de
embriaguez y entusiasmo,
juramentos, maldiciones, sueños
y vigilias. Y de otras imágenes
con las que simbólicamente nos
representamos a Dios. Supongo
habrás notado cómo los últimos
libros son más extensos que los
primeros, pues no era
conveniente que las
"Representaciones teológicas" y
el "Tratado sobre los Nombres de
Dios" fuesen tan amplios como la
"Teología simbólica". El hecho
es que cuanto más alto volamos
menos palabras necesitamos,
porque lo inteligible se
presenta cada vez más
simplificado. Por tanto, ahora,
a medida que nos adentramos en
aquella Tiniebla que hay más
allá de la inteligencia,
llegamos a quedarnos no sólo
cortos en palabras, sino más
aún, en perfecto silencio y sin
pensar en nada.
En aquellos escritos, el
discurso procedía desde lo más
alto a lo más bajo. Por aquel
sendero descendente aumentaba el
caudal de las ideas, que se
multiplicaban a cada paso. Mas
ahora que escalamos desde el
suelo más bajo hasta la cumbre,
cuanto más subimos más escasas
se hacen las palabras. Al
coronar la cima reina un
completo silencio. Estamos
unidos por completo al Inefable.
Te extrañas, quizá, de que
partiendo de lo más alto por vía
de afirmación comencemos ahora
desde lo más bajo por vía de
negación. La razón es ésta:
cuando afirmamos algo de aquel a
quien ninguna afirmación
alcanza, necesitamos que se
basen nuestros asertos en lo que
esté próximo de Él. Mas ahora al
hablar por vía de negación de
aquel que trasciende toda
negación se comienza por negarle
las cualidades que le sean más
lejanas. ¿No es cierto que es
más conforme a la realidad
afirmar que Dios es vida y bien
que no aire o piedra? ¿No es
verdad que Dios está más
distante de ser embriaguez y
enojo que de ser nombrado y
entendido? Y en tal sentido es
distinto decir que Dios no es
"embriaguez ni enojo" a decir
que Dios no es "palabra o
pensamiento" nuestros. Pero
fundamentalmente coinciden en el
"no" con respecto a Dios. Por lo
cual, éste es el camino más
directo y sencillo y seguro para
llegar a Dios o a la cima,
camino de proficientes o
perfectos, la Teología mística.

Decimos, pues, que la Causa
universal está por encima de
todo lo creado. No carece de
esencia, ni de vida, ni de
razón, ni de inteligencia. No
tiene cuerpo, ni figura, ni
cualidad, ni cantidad, ni peso.
No está en ningún lugar. Ni la
vista ni el tacto la perciben.
Ni siente ni la alcanzan los
sentidos. No sufre desorden ni
perturbación procedente de
pasiones terrenas. Que los
acontecimientos sensibles no la
esclavizan ni la reducen a la
impotencia. No necesita luz. No
experimenta mutación, ni
corrupción, ni decaimiento. No
se le añade ser, ni haber, ni
cosa alguna que caiga bajo el
dominio de los sentidos.

En escala ascendente ahora
añadimos que esta Causa no es
alma ni inteligencia; no tiene
imaginación, ni expresión, ni
razón ni inteligencia. No es
palabra por sí misma ni tampoco
entendimiento. No podemos hablar
de ella ni entenderla. No es
número ni orden, ni magnitud ni
pequeñez, ni igualdad ni
semejanza, ni desemejanza. No es
móvil ni inmóvil, ni descansa.
No tiene potencia ni es poder.
No es luz ni vive ni es vida. No
es sustancia ni eternidad ni
tiempo. No puede la inteligencia
comprenderla, pues no es
conocimiento ni verdad. No es
reino, ni sabiduría, ni uno, ni
unidad. No es divinidad, ni
bondad, ni espíritu en el
sentido que nosotros lo
entendemos. No es filiación ni
paternidad ni nada que nadie ni
nosotros conozcamos. No es
ninguna de las cosas que son ni
de las que no son. Nadie la
conoce tal cual es ni la Causa
conoce a nadie en cuanto ser. No
tiene razón, ni nombre, ni
conocimiento. No es tinieblas ni
luz, ni error ni verdad.
Absolutamente nada se puede
afirmar ni negar de ella.
Cuando negamos o afirmamos algo
de cosas inferiores a la Causa
suprema, nada le añadimos ni
quitamos. Porque toda afirmación
permanece más acá de la causa
única y perfecta de todas las
cosas, pues toda negación
permanece más acá de la
trascendencia de aquel que está
simplemente despojado de todo y
se sitúa más allá de todo.
Existen diversas versiones de
este tratado, entre ellas la de
Dionisio Areopagita.

Obras completas, Madrid, B. A.
C., 1990, edición a cargo de
Teodoro H. Martín.
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