Su
Santidad, Padres Sinodales, es al mismo tiempo
con humildad e inspiración haber sido
amablemente invitado por Su Santidad a dirigir,
con mis mejores auspicios, a esta XII Asamblea
General Ordinaria Sínodo de Obispos, un
encuentro histórico de los Obispos de la Iglesia
Católica Romana de todo el mundo, reunidos en
este lugar para meditar sobre la “Palabra de
Dios” y discutir sobre la experiencia y la
expresión de esta Palabra “en la vida y en la
misión de la Iglesia”.
Esta gentil invitación de Su Santidad hacia
quienes modestamente os hablamos, es un gesto
lleno de significado e importancia –oso deciros,
un evento histórico importantísimo. Es la
primera vez en la historia que se le ofrece a un
Patriarca Ecuménico la oportunidad de dirigirse
a un Sínodo de Obispos de la Iglesia Católica
Romana y, por eso, ser parte de la vida de su
Iglesia hermana al más alto nivel. Vemos esto
como una manifestación de la obra del Espíritu
Santo que guía nuestras Iglesias para que se
aproximen y profundicen sus relaciones
respectivamente, un paso importante hacia la
restauración de nuestra plena unidad.
Es bien sabido que la Iglesia Ortodoxa atribuye
al sistema sinodal una importancia eclesiológica
fundamental. Conjuntamente al primado de la
“sinodalidad” constituye la columna vertebral
del gobierno y organización de la Iglesia. Como
nuestra Comisión internacional para la Unidad
del Diálogo Teológico entre nuestras iglesias ha
expresado en el documento de Ravena, esta
interdependencia entre la entre el primado de la
“sinodalidad” incumbe todos los niveles de la
Iglesia: local, regional y universal. Por esto,
al tener el día de hoy el privilegio de
dirigirnos a Vuestro Sínodo, nuestras esperanzas
crecen para que llegue el día en el que ambas
Iglesias converjan totalmente sobre el papel de
dicho primado y de la “sinodalidad” en la vida
de la Iglesia, para lo cual nuestra Comisión
teológica dedica hoy sus estudios.
El tema al que este Sínodo de los Obispos dedica
sus trabajos tiene importancia crucial, no sólo
para la Iglesia Católica Romana sino para todos
aquellos que están llamados a testimoniar a
Cristo en nuestro tiempo. Misión y
evangelización siguen siendo un deber permanente
de la Iglesia de todos los tiempos y lugares, de
hecho éstas forman parte de la naturaleza de la
Iglesia, desde que se le llama “Apostólica”, en
el sentido de su fidelidad a la enseñanza
original de los apóstoles y, por ello, a la
proclamación de la Palabra de Dios, en todos los
tiempos y en todo contexto cultural. La Iglesia
necesita, por esto, volver a descubrir la
Palabra de Dios en cada generación y lo hace con
un renovado vigor y persuasión también en
nuestro mundo contemporáneo, y en el profundo de
en nuestros corazones tiene sed del mensaje de
paz, esperanza y caridad de Dios.
Este servicio para evangelizar debería, en
efecto, mejorar y reforzarse ampliamente, si
todos los cristianos tuvieran en la capacidad de
realizarlo con una sola voz y como una Iglesia
unida. En esta oración al hijo del Padre antes
de Su pasión, nuestro Señor ha dejado bien claro
que la unidad de la Iglesia es indestructible a
su misión “que ellos sean uno en nosotros” (Jn
17, 21). Es por esto más adecuado que el Sínodo
abra sus puertas a los delegados de la
fraternidad ecuménica para que todos seamos
conscientes de nuestra común servicio para
evangelizar, así como conocer las dificultades y
problemas en su ejecución en nuestro mundo
actual.
Indudablemente este Sínodo ha estudiado el tema
de la Palabra de Dios en profundidad y en sus
aspectos tanto teológicos como prácticos y
pastorales. En nuestro modesto discurso,
quisiera limitarlo a nosotros mismos para
compartir con vosotros algunos pensamientos
sobre el tema de este evento, delineando el modo
como la tradición ortodoxa lo ha enfocado a lo
largo de siglos y, en particular, siguiendo la
enseñanza patrística.
Quisiéramos concentrarnos, más concretamente, en
tres aspectos de este tema: la escucha y la
proclamación de la Palabra de Dios de las
Sagradas Escrituras, la visión de la Palabra de
Dios en la naturaleza y por encima de la belleza
de los iconos y, finalmente, compartirla en
relación con la Palabra de Dios en comunión con
los santos y vida sacramental de la Iglesia.
Pensamos que todo esto es crucial para la vida y
la misión de la Iglesia.
Para conseguirlo, hacemos uso de la rica
tradición Patrística, elaborada al principio del
tercer siglo y exponemos la doctrina de los
cinco sentidos espirituales. Para escuchar de la
Palabra de Dios, contemplar la Palabra de Dios,
tocar la Palabra de Dios que son modos
espirituales de percibir el único misterio
divino. En base a los Proverbios 2, 5 sobre la
“divina facultad de la percepción (áisthesis),
Origen de Alejandría, afirmó: los sentidos
revelan como miradas para contemplar las formas
inmateriales, escucha para discernir las voces,
gusto para saborear el pan viviente, olfato para
gustar la fragancia espiritual, y tacto para
palapar la Palabra de Dios que es aprovechada
por cada facultad de nuestra alma.
Los sentidos espirituales se describen de varias
maneras como los “cinco sentidos del alma”, lo
“divino” o las “facultades interiores”, así
también las “facultades del corazón” o de la
“mente”. Esta doctrina inspiró la teología de
los Capadocianos (especialmente la de Basil el
Grande y Gregorio de Nissa), así como lo
hicieron para la teología los Padres del
Desierto (especialmente Evagrius de Pontus y
Macarius el Grande).

1. La escucha y la proclamación de la Palabra de
Dios de las Sagradas Escrituras
En cada celebración de la Divina liturgia de san
Juan Crisóstomo, el celebrante que preside la
Eucaristía reza “podríamos haber sido hechos
dignamente para escuchar el Espíritu santo”.
Para “oír, ver y tocar la Palabra de vida” (1 Jn
1, 1) no son ni los primeros, ni es el primer
lugar para nuestros títulos o herencia como
seres humanos, más bien, son nuestros
privilegios y el don como criaturas del Dios
viviente. La Iglesia católica es, por encima de
todo, una Iglesia bíblica. Aunque los métodos de
interpretación puedan haber variado de un Padre
de la Iglesia a otro, de “escuela” a “escuela” y
del este al oeste; la Escritura siempre ha sido
acogida como realidad viviente y jamás como
libro muerto.
Por lo tanto, en el contexto de la fe viviente
la Escritura es el testimonio vivo de la
historia vivida de la relación del Dios viviente
con los pueblos vivientes. La Palabra “quien
habló con los profetas “ (Credo Nicene-Constantinopoli),
se dice para ser escuchada y tener efecto. Es,
antes que nada, una comunicación oral y directa
planeada para los seres humanos. El texto
escrito es, por lo tanto, derivado y secundario
y sirve siempre al lenguaje hablado. No se
transmite mecánicamente, sino que es comunicado
de generación en generación como un mundo
viviente. A través del profeta Isaías, el Señor
había prometido:
“Como descienden la lluvia y la nieve de los
cielos y no vuelven allá, sino que empapan la
tierra... Así será mi palabra, la que salga de
mi boca [...] y haya cumplido aquello a que la
envié” (55, 10-11).
Además, como san Juan Crisóstomo explica, la
Palabra divina demuestra profunda consideración
(sunkatábasis) a la diversidad personal y
contextos culturales de quienes escuchan y
acogen. La adecuación de la Palabra a la
específica realidad `personal y al contexto
cultural particular define la dimensión
misionera de la Iglesia, que es llamada a
transformar la simple palabra a través de la
Palabra. En el silencio como en una declaración
o en la oración como en la acción, la Palabra
divina se orienta al mundo entero, “haced
discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19) sin
privilegio ni prejuicio de raza, cultura, género
y clase. Cuando tratamos de llevar a cabo la
misión divina, estamos confiados porque “Yo
estoy con vosotros todos los días” (Mt 28, 20).
Estamos llamados a proclamar la Palabra divina
en todas las lenguas, “Me he hecho todo a todos
para salvar a toda costa a algunos” (1 Cor 9,
22).
Como discípulos de la Palabra de Dios, por esto,
hoy en día es más que nunca necesario que
ofrezcamos una única perspectiva – más allá de
lo social, político y económico – en la medida
de la necesidad de erradicar la pobreza,
proporcionar equilibrio en el mundo global,
combatir el fundamentalismo y el racismo, y
desarrollar la tolerancia religiosa en el mundo
de conflicto. Como respuesta a las necesidades
de pobreza del mundo, frágil y marginado, la
Iglesia puede probar a generar una digno
distintivo del espacio y del carácter de la
comunidad global. Mientras que el lenguaje
teológico de la religión y la espiritualidad
difiera del vocabulario técnico de la economía y
de la política, las barreras que, en una primera
instancia, aparecen separar los asuntos
religiosos (tales como el pecado, la salvación y
la espiritualidad) del interés pragmático (tales
como el comercio, el intercambio y la política)
no sean impenetrables, no se quebrarán los
múltiples desafíos de la justicia social y de la
globalización.
Sea que hayamos tratado sobre el ambiente y la
paz, la pobreza y el hambre, la educación y la
salud, actualmente aumenta un marcado sentido de
la preocupación general y de responsabilidad
común, que es percibida como una fuerza de la
gente que tiene fe, tanto como entre quienes
tienen una mirada expresamente secular. De
ninguna manera. nuestro compromiso con estos
asuntos socaba o suprime las diferencias
existentes entre las varias disciplinas o está
en desacuerdo con quienes ven el mundo de
diferente manera. A pesar de esto, hoy se
favorece una responsabilidad creciente y común
para conseguir el bienestar de la humanidad. Es
un encuentro entre individuos e instituciones
que actúa como una buena señal para el mundo. Es
un compromiso que destaca la suprema vocación y
misión de los discípulos y seguidores de la
Palabra de Dios que trasciende las diferencias
políticas y religiosas para transformar el
entero mundo visible para la gloria del Dios
invisible.
2. Ver la Palabra de Dios – La belleza de los
iconos y de la naturaleza
En ninguna otra parte lo invisible se hace más
visible que en la belleza de la iconografía y en
la maravilla de la creación. En las palabras del
defensor de las imágenes sagradas, San Juan
Damasceno: “En cuanto creador del cielo y la
tierra, Dios, la Palabra, fue el primero que
pintó y retrató los iconos”. Cada pincelada del
pincel de un iconógrafo – como cada palabra de
una definición teológica, cada nota musical
cantada en salmodia y cada piedra esculpida de
una diminuta capilla o de una magnífica catedral
– articula la divina Palabra en la creación, que
alaba a Dios en cada ser y en cada cosa que vive
(cfr. Sal 150,6).
Cuando afirmó las imágenes sagradas, el Séptimo
Concilio Ecuménico de Nicea no se estaba
ocupando del arte religioso; estaba continuando
y confirmando las primeras definiciones sobre la
plenitud de la humanidad de la Palabra de Dios.
Los iconos nos recuerdan visiblemente nuestra
vocación divina; nos invitan a elevarnos más
allá de nuestras triviales preocupaciones e
ínfimas reducciones del mundo. Nos alienta a
buscar lo extraordinario en lo realmente
ordinario, a estar llenos del mismo asombro que
caracterizó la maravilla divina en el Génesis:
“Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy
bien” (Gn 1, 31). La palabra griega para decir
“bondad” es "kállos", que implica –
etimológicamente y simbólicamente – un sentido
de “llamada”. Los iconos subrayan la misión
fundamental de la Iglesia de reconocer que todas
las personas y todas las cosas son creadas para
ser, y están llamadas a ser, “buenas” y
“bellas”.
En efecto, los iconos nos recuerdan otro modo de
ver las cosas, otro modo de experimentar
realidades, otro modo de resolver conflictos.
Estamos llamados a asumir lo que la himnología
del domingo de Pascua llama “otro modo de vida”,
puesto que nos hemos comportado de manera
arrogante y desdeñosa con la creación. Hemos
rehusado contemplar la Palabra de Dios en los
océanos de nuestro planeta, en los árboles de
nuestros continentes y en los animales de
nuestra tierra. Hemos renegado de nuestra
verdadera naturaleza, que nos invita a
rebajarnos lo suficiente para escuchar la
Palabra de Dios en la creación, si deseamos ser
“partícipes de la naturaleza divina” (2 P 1,4).
¿Cómo ignorar las amplias implicaciones de la
Palabra divina hecha carne? ¿Por qué no logramos
percibir la naturaleza creada como la extensión
del Cuerpo de Cristo?
Los teólogos cristianos de Oriente siempre
resaltaban las proporciones cósmicas de la
encarnación divina. La Palabra encarnada es
intrínseca a la creación, que vino a la vida a
través de las palabras divinas. San Máximo el
Confesor insiste en la presencia de la Palabra
de Dios en todas las cosas (cfr. Col 3,11); el
Logos divino está en el centro del mundo,
revelando misteriosamente su principio original
y su finalidad última (cfr. 1 P 1,20). Éste es
el misterio que describe san Atanasio de
Alejandría: "El Logos – escribe – no está
contenido en ninguna cosa y, sin embargo,
contiene cada cosa; está en cada cosa pero fuera
de cada cosa... el primogénito de todo el mundo
en cada uno de sus aspectos".
El mundo entero es un prólogo al Evangelio de
San Juan. Y cuando la Iglesia no reconoce las
dimensiones más vastas, cósmicas, de la Palabra
de Dios, restringiendo sus preocupaciones a
problemas puramente espirituales, desatiende su
misión de implorar a Dios para que transforme
–siempre y en todo lugar, “en todas partes en Su
dominio”- el entero cosmos contaminado. No hay
que maravillarse si el Domingo de Pascua, cuando
la celebración pascual alcanza su culmen, los
cristianos ortodoxos cantan: "Ahora cada cosa se
llena de luz divina: el cielo y la tierra, y
todas las cosas bajo la tierra. Regocíjese toda
la creación".
Toda genuina “ecología profunda” está, por
consiguiente, inextricablemente unida a la
teología profunda: Incluso una piedra, escribe
Basilio el Grande, lleva la huella de la Palabra
de Dios. Ésta es la verdad de una hormiga, de
una abeja y de un mosquito, las más pequeñas de
las criaturas. Pues Él se extiende en los
amplios cielos y yace en los inmensos mares; y
Él creó el minúsculo hueco del aguijón de la
abeja. Recordar nuestra pequeñez en la vasta y
maravillosa creación de Dios subraya únicamente
nuestro papel central en el designio de Dios
para la salvación del mundo entero.
3. Tocar y compartir la Palabra de Dios – La
comunión de los santos y los sacramentos de la
vida
La Palabra de Dios se “mueve hacia fuera de sí
misma en éxtasis” (Dionisio el Areopagita) de
modo persistente, buscando apasionadamente
“poner su Morada entre nosotros” (Jn 1,14), que
el mundo pueda tener vida en abundancia (Jn
10,10). La misericordia compasiva de Dios es
derramada y compartida “para que multiplique los
objetos de Su beneficencia” (Gregorio el
Teólogo). Dios asume todo lo que es nuestro, “ha
sido probado en todo como nosotros, excepto en
el pecado” (Hb 4,15), para ofrecernos todo lo
que es de Dios y convertirnos en dioses por la
gracia. “Siendo rico, por vosotros se hizo pobre
a fin de enriqueceros con su pobreza”, escribe
el gran Apóstol Pablo (2 Co 8,9), al cual tan
acertadamente está dedicado este año. Esto es la
Palabra de Dios; le debemos gratitud y gloria.
La Palabra de Dios recibe su total encarnación
en la creación, sobre todo en el Sacramento de
la Santa Eucaristía. En ella la Palabra de Dios
se hace carne y nos permite, ya no simplemente
oírle o verle, sino tocarle con nuestras propias
manos, como declara san Juan (1 Jn 1,1), y nos
hace partícipes de su propio cuerpo y sangre (sússomoi
kai súnaimoi) en palabras de san Juan
Crisóstomo.
En la Sagrada Eucaristía oímos la Palabra y al
mismo tiempo la vemos y compartimos (koinonía).
No es una casualidad que en los primeros
documentos eucarísticos, como el libro de la
Revelación y la Didaché, la Eucaristía fuera
asociada a la profecía, y los obispos que la
presidían eran vistos como los sucesores de los
profetas (ej. Martyrion Polycarpi). La
Eucaristía ya fue descrita por san Pablo (1Co
11) como “proclamación” de la muerte de Cristo y
Su Segunda Venida. Puesto que la finalidad de
las Escrituras es esencialmente la proclamación
del Reino y el anuncio de realidades
escatológicas, la Eucaristía es un anticipo del
Reino y, en este sentido, la proclamación de la
Palabra por excelencia. En la Eucaristía,
Palabra y Sacramento se convierten en una única
realidad. La palabra deja de ser “palabras” y se
hace “Persona”, encarnándose en todos los seres
humanos y en toda la creación.
En la vida de la Iglesia, el vaciarse de sí
mismo de forma inconmensurable (kénosis) y el
compartir generoso (koinonía) del Logos divino
se refleja en la vida de los santos como
experiencia tangible y expresión humana de la
Palabra de Dios en nuestra comunidad. En este
sentido, la Palabra de Dios se convierte en
Cuerpo de Cristo, crucificado y glorificado al
mismo tiempo. Como consecuencia, el santo vive
una relación orgánica con el cielo y la tierra,
con Dios y toda la creación. En una lucha
ascética, el santo reconcilia la Palabra y el
mundo. Mediante el arrepentimiento y la
purificación, el santo se colma – como insiste
san Isaac el Sirio – de compasión por todas las
criaturas, que es la suprema humildad y
perfección.
Por eso el santo ama con fervor y amplitud,
ambas incondicionales e irresistibles. En los
santos, conocemos la verdadera Palabra de Dios,
puesto que – como afirma san Gregorio Palamas –
Dios y sus santos comparten la misma gloria y
esplendor. En la dulce presencia de un santo,
aprendemos que la teología y la acción
coinciden. En el amor compasivo del santo,
hacemos experiencia de Dios como “nuestro Padre”
y de la misericordia de Dios como “eterna” (Sal
135). El santo se consume con el fuego del amor
de Dios. Por esta razón los santos transmiten
gracia y no pueden tolerar la menor manipulación
o explotación de la sociedad o de la naturaleza.
El santo simplemente hace lo que es “justo y
necesario” (Divina Liturgia de San Juan
Crisóstomo), siempre dignificando la humanidad y
honorando la creación. “Sus palabras tienen la
fuerza de la acción y su silencio el poder del
discurso” (San Ignacio de Antioquía).
Y en la comunión de los santos, cada uno de
nosotros está llamado a “ser como fuego”
(Refranes de los Padres del Desierto), para
tocar el mundo con la fuerza mística de la
Palabra de Dios, para que – como extensión del
Cuerpo de Cristo – también el mundo pueda decir:
“Alguien me ha tocado” (cfr. Mt 9,20). El Mal se
puede erradicar sólo con la santidad, no con la
dureza. Y la santidad introduce en la sociedad
una semilla que la cura y la transforma.
Alimentados con la vida de los Sacramentos y la
pureza de la oración, somos capaces de entrar en
el misterio más recóndito de la Palabra de Dios.
Es como en el caso de las placas tectónicas de
la corteza terrestre: los estratos más profundos
necesitan sólo moverse unos pocos milímetros
para hacer añicos la superficie del mundo. Sin
embargo, para que acontezca esta revolución
espiritual, necesitamos hacer la experiencia
radical de la metanoia – una conversión de
comportamientos, costumbres y prácticas – así
como hemos medido la Palabra de Dios, los dones
de Dios y la creación de Dios o abusado de
ellos.
Esta conversión es, por supuesto, imposible sin
la gracia divina; simplemente no podemos
conseguirla con el mayor de los esfuerzos o la
fuerza de voluntad humanos. “Para los hombres
eso es imposible, mas para Dios todo es posible”
(Mt 19,26). El cambio espiritual se da cuando
nuestros cuerpos y almas se injertan en la vida
de Palabra de Dios, cuando nuestras células
contienen el flujo de sangre vivificante de los
Sacramentos, cuando estamos abiertos a compartir
todas las cosas con todo el mundo. Como nos
recuerda san Juan Crisóstomo, el sacramento de
“nuestro vecino” no puede ser aislado del
sacramento “del altar”. Desgraciadamente, hemos
ignorado nuestra vocación y obligación de
compartir. La injusticia social y la
desigualdad, la pobreza global y la guerra, la
contaminación ecológica y la degradación son el
resultado de nuestra falta de habilidad o de
voluntad para compartir. Si reivindicamos
mantener el sacramento del altar, no podemos
olvidar el sacramento de nuestro vecino o
renunciar a él, es una condición fundamental
para el cumplimiento de la Palabra de Dios en el
mundo, dentro de la vida y la misión de la
Iglesia.
Queridos hermanos en Cristo,
hemos explorado la enseñanza patrística de los
significados espirituales, discerniendo el poder
de oír y hablar la Palabra de Dios en la
Escritura, ver la Palabra de Dios en los iconos
y la naturaleza, y asimismo, tocar y compartir
la Palabra de Dios en los santos y los
Sacramentos. Por consiguiente, para que la vida
y la misión de la Iglesia sean verdaderas,
tenemos que dejarnos cambiar personalmente por
la Palabra. La Iglesia tiene que parecerse a una
madre, que se sustenta y se nutre con el
alimento que toma. Nada de lo que no pueda
alimentar y nutrir a cada hombre podrá
sustentarle. Cuando el mundo no comparte el gozo
de la Resurrección de Cristo, ello supone una
acusación a nuestra propia integridad y a
nuestro compromiso de vivir la Palabra de Dios.
Antes de cada celebración de la Liturgia Divina,
los cristianos ortodoxos rezan para que la
Palabra sea “partida y consumida, distribuida y
compartida” en comunión. Y “nosotros sabemos que
hemos pasado de la muerte a la vida, porque
amamos a los hermanos” y hermanas (1Jn 3,14).
El desafío que tenemos delante es el
discernimiento de la Palabra de Dios frente al
Mal, la transfiguración de cada último detalle y
punto de este mundo a la luz de la Resurrección.
La victoria ya está presente en lo profundo de
la Iglesia, siempre que hagamos experiencia de
la gracia de la reconciliación y la comunión.
Puesto que luchamos – dentro de nosotros mismos
y en el mundo – para reconocer el poder de la
Cruz, también empezamos a apreciar como cada
acto de justicia, cada chispa de belleza, cada
palabra de verdad puede eliminar gradualmente la
presencia del Mal. Sin embargo, por encima de
nuestros frágiles esfuerzos tenemos la garantía
del Espíritu, que “viene en ayuda de nuestra
flaqueza” (Rm 8,26) y está a nuestro lado como
nuestro defensor y “Paráclito” (Jn 14,6),
penetrando en todas las cosas y
“transformándonos – como dice san Simeón el
Nuevo Teólogo – en cada cosa que la Palabra de
Dios dice sobre su reino celestial: perla,
semilla de mostaza, levadura, agua, fuego, pan,
vida y sala del banquete místico”. Éste es el
poder y la gracia del Espíritu Santo, que
invocamos como conclusión de nuestro discurso,
extendiendo a Su Santidad nuestra gratitud y a
cada uno de vosotros nuestra bendición:
Rey celestial, Consolador, Espíritu de Verdad
Presente en todas partes y que colma todas las
cosas;
Tesoro de bondad y dador de vida:
Ven, y habita entre nosotros.
Límpianos de toda impureza;
Y salva nuestras almas.
Porque tú eres bueno y amas a la humanidad.
¡Amén!
El patriarca ecuménico de Constantinopla,
Bartolomeo I, dirigió su discurso a los padres
sinodales en la tarde del sábado 18 de octubre
de 2008, en la Capilla Sixtina, al término de
las primeras vísperas del domingo XXIX del
tiempo ordinario, presididas conjuntamente por
Benedicto XVI y por él, y luego que ambos habían
impartido la bendición, uno en latín y otro en
griego.
Al dar la palabra al patriarca, el Papa se
expresó de este modo:
"Señores cardenales, venerados hermanos en el
episcopado y en el sacerdocio, queridos hermanos
y hermanas, con la celebración de las vísperas
nos hemos dirigido a Dios utilizando sus mismas
palabras: los salmos. La meditación de la
Palabra de Dios es la luz que guía nuestros
pasos. Hemos tenido la alegría de tener con
nosotros en esta ocasión de intenso recogimiento
al patriarca ecuménico, Su Santidad Bartolomeo
I, a quien saludo cordialmente en vuestro
nombre. Os invito ahora a escuchar las
reflexiones que él nos presentará sobre el tema
de la Palabra de Dios, tema del sínodo de los
obispos que se está celebrando en estos días en
el Vaticano”.
Bartolomeo I ha pronunciado su discurso en
lengua inglesa. Al término del mismo, Benedicto
XVI lo agradeció de esta manera:
"Santidad, de todo corazón quiero decirle
´Gracias´ por Sus palabras. El aplauso de los
Padres era mucho más que una expresión de
cortesía, era verdaderamente la expresión de una
profunda alegría espiritual y de una experiencia
viva de nuestra comunión. En este momento hemos
vivido realmente el ´Sínodo´: Hemos estado
´juntos en marcha´ en la tierra de la Palabra
divina bajo la guía de Vuestra Santidad y hemos
gustado de la belleza, con la gran alegría de
ser oyentes de la Palabra de Dios, de habernos
confrontado con este don de su Palabra.
"Todo lo que Usted dijo estaba nutrido
profundamente con el espíritu de los Padres, de
la Sagrada Liturgia, y precisamente por esta
razón estaba también intensamente
contextualizado en nuestro tiempo, con un gran
realismo cristiano que nos hace ver los
desafíos. Hemos visto que ir al corazón de la
Sagrada Escritura, encontrar realmente la
Palabra en las palabras, penetrar en la palabra
de Dios, abre también los ojos hacia nuestro
mundo, hacia la realidad de nuestros días.
"Y ésta fue además una experiencia gozosa – una
experiencia de unidad ,no perfecta tal vez ,
pero sí verdadera y profunda. He pensado:
vuestros Padres, que Usted ha citado
ampliamente, son también nuestros Padres, y los
nuestros son también los vuestros: si tenemos
Padres comunes, ¿cómo podríamos no ser sino
hermanos entre nosotros? Gracias Santidad. Sus
palabras nos acompañarán en el trabajo de la
próxima semana, nos iluminarán y estaremos aún
durante la próxima semana – y más allá de ella –
en camino junto a Usted. Gracias, Santidad".