5° Domingo de Lucas
De pronto, parecería que el tema de la lectura
evangélica de hoy, fuera la condena de la riqueza y la
exaltación de la pobreza. El evangelista Lucas
nos da a entender que el marco social no es indiferente
para Cristo, pero tampoco es su objetivo central. El
pobre no gana el favor de Dios porque es pobre, sino
porque basa sus esperanzas en Dios y vive de acuerdo con
Su mandamiento. A su vez, el rico no está condenado tan
sólo porque posee bienes materiales, sino porque corre
el peligro de caer en la trampa de la riqueza y así
perder el sentido de la vida.
La búsqueda del sentido de la vida no es asunto
exclusivo de la filosofía, sino también una necesidad
diaria elemental. Apenas el niño adquiere consciencia de
sí mismo, se pregunta acerca del sentido de su vida.
Entonces, con la respuesta que da a este interrogante,
anticipa su postura frente a los problemas particulares
cotidianos, como la supervivencia, la pobreza y la
riqueza.
Muchas personas encuentran una gran dificultad para
hallar el sentido de la vida. Parece mayor esa
dificultad hoy, cuando la humanidad realiza
espectaculares progresos en el campo de las ciencias y
de la tecnología, extiende su dominio más allá del
planeta que habita y logra hacer el mapa de su genoma.
En este escenario, esta dificultad se presenta como una
ironía trágica.
Entonces, sucede que la humanidad que anota tantos
éxitos en las ciencias y en la tecnología, y dispone de
bienes materiales y comodidades, más que en cualquier
otra época, falla en la búsqueda del sentido de la vida.
Sin embargo, desde el punto de vista cristiano, ello no
es extraño, sino perfectamente natural y esperado. La
humanidad no puede hallar el sentido de la vida por su
apego al mundo material, sino en su referencia a Dios.
Cuando más se circunscribe en el mundo material, se
somete a la necesidad natural. Pero con su referencia a
Dios, se libera de esta necesidad y se realiza como
persona. Entonces, el apego a la materia y a los bienes
materiales, tal como se presenta en la lectura
evangélica de hoy, y tal como caracteriza a la humanidad
de nuestra época, obstaculiza la aproximación al sentido
de la vida.
En consecuencia, el sentido de la vida se encuentra
relacionado con la causa de su existencia, que es Dios.
La fe en Dios y el reconocimiento de Su amor al ser
humano, le dan sentido a la vida humana.
La verdadera vida proviene de la fuente de la vida, que
es Dios. Quien se desliga de Dios, está en esencia
muerto, aunque se presente con vida. La verdadera vida
se encuentra más allá de la corrupción y de la muerte.
El ser humano es corruptible y mortal, mientras Dios es
incorruptible e inmortal. El ser humano corruptible y
mortal encuentra la vida eterna e incorruptible en su
participación en la gracia de Dios. De esta manera vence
a la corrupción y a la muerte.
Bajo estos presupuestos, las palabras “rico” y “pobre”
que emplea hoy el evangelista Lucas, tienen un contenido
más religioso que social. Apuntan a señalar al peligro
real. El peligro de la autarquía y de la convicción de
que el bienestar es infinito; del peligro del
alejamiento de la verdad de que los bienes materiales
son efímeros y corruptibles.
La parábola trata de dirigir nuestra atención al hecho
de que la vida presente está ligada orgánicamente a la
futura. La comunión con Dios, en el transcurso de la
vida presente, es el presupuesto para su mantenimiento
en la futura. Esta visión de la vida humana introduce un
vuelco radical a la visión del mundo. Nada puede ser
caracterizado como bien, cuando se limita al mundo y no
se liga con la vida eterna. Las riquezas, los honores,
los títulos, la salud y hasta la vida misma, no son, en
último análisis, bienes por sí mismos. Algo les falta,
cuando no se enmarcan dentro de la relación más general
del ser humano con Dios.