6° Domingo de Lucas
En la lectura evangélica de hoy, Cristo se
presenta como libertador de las potestades demoníacas,
que retienen al ser humano cautivo y lo tienen
totalmente dominado. A este acto benéfico de
Dios observamos la respuesta del endemoniado que fue
liberado. Después de su encuentro con el libertador y
salvador Cristo, se transforma radicalmente, el desnudo
se viste, el hombre alocado se presenta ahora cuerdo. El
hombre antisocial, que vivía en los sepulcros y en los
desiertos, se encuentra ahora comunicado con sus
semejantes. En el lugar de la agresividad y de la manía
destructora que mostraba, se dirige a sus amigos y
conocidos y les cuenta de su milagrosa curación. De esta
manera se destaca la sociabilidad del ser humano y en
especial del cristiano.
La sociabilidad es una característica esencial de la
naturaleza humana. Es cierto que otros seres vivos
presentan cierta sociabilidad, pero esta se diferencia
cualitativamente de la sociabilidad humana. Es menos
perfecta y se manifiesta sólo en el plano horizontal, es
decir, en la comunicación entre seres vivos.
Contrariamente, la sociabilidad humana es más perfecta y
se desarrolla también en el plano vertical, como
religiosidad, es decir, como la comunicación de los
humanos con Dios. Entonces, la religiosidad, como
característica particular del ser humano, presenta una
nueva dimensión en su sociabilidad. “aquel que camina
por el sendero de la virtud, no se satisface hasta que
consiga compañeros”, decía un filósofo.
La sociabilidad del ser humano se manifiesta como
superación de su individualidad. La reclusión del ser
humano en sí mismo, impide el desarrollo de la
sociabilidad así como de la religiosidad. La superación
de la individualidad se realiza con el amor a Dios y al
prójimo. El amor traspasa los límites del individuo. El
individuo se transforma en persona que viene a encontrar
a la otra persona humana con respeto y amor.
El cristiano es el ser sociable por excelencia, pero
también es el ser antisocial por excelencia. Es
antisocial porque niega al mundo y las cosas del mundo,
para entregarse a Dios. Pero es sociable también, porque
en Dios y con Dios encuentra el verdadero amor y la
sociabilidad con todo el mundo. Así como Cristo, el
creyente se convierte en el prójimo para cada ser
humano, incluso para su enemigo. El creyente se
convierte en foco de salvación para su semejante. La fe
que no tiene las proyecciones que dicta el amor, es una
fe teórica y por ello, muerta. El cristiano no puede
sentirse contento cuando está encerrado en sí mismo y no
puede ver las necesidades de su hermano.
La auténtica sociedad humana se desarrolla sobre el
prototipo de la Santa Trinidad. Cada persona de la Santa
Trinidad, no tiene una parte de la naturaleza divina,
sino que es Dios perfecto y tiene toda la divinidad. Así
también, cada persona humana verdadera, no tiene una
parte de la naturaleza humana, sino que es un ser humano
perfecto que posee toda la humanidad. A pesar de la
insondable diferencia que existe entre Dios y el ser
humano, Dios Trinitario se proyecta en la Iglesia como
el modelo para toda la humanidad y para cada ser humano
en particular. El prototipo trinitario encuentra su
aplicación en la Iglesia.
La Iglesia, como escribe san Máximo Confesor, es modelo
e imagen de todo el mundo. Ello revela, no sólo el lugar
de los cristianos en la sociedad, sino también la misión
de la Iglesia en el mundo.
A pesar de ello, los seres humanos, incluso los
cristianos, mantienen enemistad y proyectan en sus
enemigos sus propias debilidades y maldades. De esta
manera justifican el odio que siente contra ellos,
mientras se consideran inocentes eximiéndose de toda
responsabilidad. La Iglesia llama al creyente a un
movimiento opuesto. Lo llama a que vea la maldad o la
debilidad del otro como propia y a que la combata dentro
de sí mismo. Es más, lo llama a combatir dentro de sí
mismo sus propias maldades y debilidades.
El creyente debe tener el corazón puro y debe ver a los
demás como personas buenas. Los pensamientos que cultiva
uno sobre los demás, revela su propio ser. Y, de la
forma en que se coloca frente a sus semejantes, se puede
conocer su propia situación espiritual.