Mensaje del Patriarca Ecuménico Bartolomé I,
por el día de la protección del medioambiente.

Constantinopla, Turquía, 08 de septiembre de
2008
Prot. N° 1091 † BARTOLOMÉ POR LA GRACIA DE DIOS ARZOBISPO DE
CONSTANTINOPLA, NUEVA ROMA Y PATRIARCA ECUMÉNICO A TODA LA GREY DE
LA IGLESIA, LA GRACIA Y LA PAZ DEL CREADOR DE TODO EL UNIVERSO
NUESTRO SEÑOR DIOS Y SALVADOR JESUCRISTO
Pues la creación fue
sometida a la vanidad, no por su propia voluntad, sino por quien la
sometió… pues hemos sabido que toda la creación gime y sufre de
dolor hasta ahora (Rom 8,20-22)
Queridos hermanos e hijos en el
Señor, Una vez más, al comienzo del nuevo año eclesiástico, estamos
llamados a reflexionar, con nuevas fuerzas espirituales en Cristo y
particular sensibilidad, sobre el estado de nuestro fértil planeta y
elevar oraciones particulares para la protección de todo el mundo.
Muchas cosas han cambiado desde que nuestro bien recordado
predecesor, el Patriarca Demetrio, hace más de dos décadas, decidió
que el 1º de septiembre fuera dedicado como el día de oración por la
preservación de la creación bien creada por Dios. Al asumir aquella
iniciativa, nuestro bien recordado predecesor apuntaba a enviar un
mensaje de advertencia sobre las consecuencias devastadoras del
abuso del medio ambiente.
Señalaba que, contrariamente a la mayoría
de las demás formas de comportamiento humano trasgresor en el uso,
la polución del ambiente natural puede provocar un daño monstruoso e
irreversible, destruyendo casi toda forma de vida en el planeta.
En
aquel momento, seguramente, esta advertencia habrá parecido
exagerada quizás, a los oídos de ciertos escépticos, pero, a la luz
de lo que hoy verificamos, se torna por demás evidente que sus
palabras eran proféticas.
Hoy, los científicos que se ocupan del
ambiente natural, enfatizan sin rodeos que el observado cambio
climático puede perturbar y destruir todo el sistema ecológico, que
sostiene no sólo la especie humana sino también todo el maravilloso,
interdependiente a modo de una cadena, mundo de animales y plantas.
Las opciones y las acciones del hombre contemporáneo civilizado, en
otros órdenes, han conducido a esta situación triste que constituye
esencialmente un problema moral y espiritual, que había expuesto
elocuentemente, exaltando principalmente su dimensión ontológica, el
subido al cielo Apóstol Pablo, en su Carta a los Romanos, hace
diecinueve siglos, diciendo. “Pues la creación fue sometida a la
vanidad, no por su propia voluntad, sino por quien la sometió… pues
hemos sabido que toda la creación gime y sufre de dolor hasta ahora
(Rom 8,20-22).
En este punto, sin embargo, debemos decir, que la
dimensión espiritual y moral del problema ecológico que se presenta
hoy, constituye, quizás mucho más que antes jamás, la conciencia
común de toda la gente, y particularmente de los jóvenes, que además
toman conciencia de que toda la humanidad tiene un destino común.
Un
número de gente, cada vez mayor, comprende que su comportamiento
consumista, la contribución personal de cada uno en la producción de
ciertos productos o el rechazo de otros, roza parámetros más
amplios, que tienen una dimensión no sólo moral sino también
escatológica. Un número de personas cada vez mayor, percibe que el
uso irracional de los recursos naturales, el consumo desmedido de la
energía contribuye al cambio climático, que afecta la vida y la
existencia del semejante, del prójimo, de la imagen de Dios, y por
ello es pecado.
Un número de personas cada vez mayor, caracteriza
como virtuosos o falsos, respectivamente, a quienes tratan las cosas
de la naturaleza de manera racional o irracional. Sin embargo,
inversamente proporcional a la sensibilización de la gente sobre el
problema ecológico, se muestra, desgraciadamente, la imagen que
presenta hoy nuestro planeta.
Es particularmente inquietante el
hecho de que los miembros más pobres y vulnerables de la sociedad
humana soportan las consecuencias de los problemas ambientales que
no han provocado. De Australia hasta el Cuerno de África llegan
noticias sobre la prolongada sequía, que trae como consecuencia la
desertización de zonas otrora fértiles y productivas y sobre la
amenaza de ésta, sobre las poblaciones que habitan allí por el
espectro del hambre y de la sed. De América Latina hasta el corazón
de Eurasia, recibimos informes sobre el derretimiento de glaciares
de los cuales dependen millones de personas por el suministro de
agua.
Nuestra Santa Gran Iglesia de Cristo siguiendo el ejemplo de
nuestro bien recordado predecesor Patriarca Demetrio, trabaja
incansablemente para la sensibilización no sólo de la opinión
pública, sino además de los gobernantes de la tierra, organizando
Simposios Ecológicos que tratan principalmente el cambio climático y
la administración de los recursos de agua.
El propósito último de
este esfuerzo es el estudio de la interconexión de los ecosistemas
de la tierra y de la forma en que el fenómeno del calentamiento
global se manifiesta y su repercusión antropogénica. A través de
estas reuniones científicas, en las que participan representantes de
diferentes iglesias cristianas y religiones, así como diferentes
ramas del conocimiento humano, el Patriarcado Ecuménico desea
establecer una alianza estable e innovadora entre la religión y la
ciencia, basada en el principio fundamental de que, para lograr el
objetivo –la preservación del ambiente natural- ambas partes deben
mostrar una disposición de respeto mutuo y cooperación.
Por medio de
la colaboración entre la religión y la ciencia en Simposios
organizados en diferentes regiones del mundo, desea contribuir al
desarrollo de una ética ambiental, que deberá señalar que el uso del
mundo y el aprovechamiento de bienes materiales debe ser
eucarístico, acompañado de la glorificación a Dios, mientras el
abuso del mundo y la participación en él sin referencia a Dios es
pecaminosa, pecaminosa tanto ante el Creador y Dios, como ante la
creación y el semejante.
Queridos Hermanos e hijos en el Señor,
sabemos que la creación, como cayó junto al humano caído de la
belleza original, gime y sufre de dolor al mismo tiempo.
Sabemos,
además, que el abuso, la desviación, el comportamiento trasgresor y
egoísta del ser humano contribuye a la destrucción de la naturaleza
creada que sufre y se encuentra sometida a la corrupción de lo
creado.
Sabemos que esta destrucción es en los hechos una
autodestrucción. Por ello, invitamos a todos, de cualquier condición
a permanecer al uso natural de toda la creación, “dando gracias a
Dios, que creó al mundo y nos concedió todo”.
A quien se debe la
gloria y el poder por los siglos de los siglos.
1° de septiembre de
2008 † BARTOLOMÉ de Constantinopla Querido hermano en Cristo y
ferviente suplicante ante Dios.
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