El consuelo de la Iglesia
(Vida de Marta, atribuida a San Máximo el Confesor, no. 95-99)

 

El nacimiento y la adolescencia de Aquella que concibió y dio a luz —¡suceso impensable, incomprensible, inefable!—al Hijo de Dios, el Verbo, Rey y Dios del Universo, ya habían sido más maravillosos que todo lo que puede verse en la naturaleza. Desde entonces, todos los días de su entera existencia, mostró un estilo de vida superior a la naturaleza (...). Luego, en el camino de su fatigosa tarea, sufrió y soportó muchas tribulaciones, pruebas, aflicciones y lamentos durante la Crucifixión del Señor consiguiendo una completa victoria y obteniendo coronas de 
triunfo, hasta el punto de ser constituida Reina de todas las criaturas. 

Después de ver al Hijo, al Verbo del Padre, verdadero Dios y Rey de lo creado, resucitar del sepulcro—suceso superior a cualquier otro—y subir al Cielo con aquella naturaleza humana que había tomado de Ella, después de toda esta gloria, no le fue ahorrada aquí abajo una vida de pruebas y fatigas, no estuvo privada de ansiedades y preocupaciones. Como si entonces comenzara su vida pública y su desvelo, no concedía sueño a sus ojos ni descanso a sus párpados, ni reposo a su cuerpo (Sal 131, 4): y cuando los Apóstoles se dispersaron por el mundo entero, la Santa Madre de Cristo, como Reina de todos, vivía en el centro del mundo, en Jerusalén, en Sión, con el Apóstol predilecto, que le había sido dado como hijo por Nuestro Señor Jesucristo (...). 

 

La Virgen no sólo animaba y enseñaba a los Santos Apóstoles y a los demás fieles a ser pacientes y a soportar las pruebas, sino que era solidaria con ellos en sus fatigas, les sostenía en la predicación, estaba en unión espiritual con los discípulos del Señor en sus privaciones y suplicios, en sus prisiones. Así como había tomado parte con el corazón traspasado en la Pasión de Cristo, así sufría con ellos. Además, consolaba a estos dignos discípulos con sus acciones, les confortaba con sus palabras, poniéndoles como modelo la Pasión de su Hijo Rey. Les recordaba la recompensa y la corona del Reino de los Cielos, la bienaventuranza y las delicias 
por los siglos de los siglos. Cuando Herodes capturó a Pedro, el jefe de los Apóstoles, teniéndolo encadenado hasta el alba, también Ella estuvo espiritualmente prisionera con él: la santa y bendita Madre de Cristo participaba en sus cadenas, rezaba por él y mandaba a la Iglesia que rezase. Y antes, cuando los malos judíos lapidaron a Esteban, cuando Herodes hizo ajusticiar a Santiago, el hermano de Juan, las persecuciones, sufrimientos y suplicios traspasaron el corazón de la santa Madre de Dios: en el dolor de su corazón y con las lágrimas de su llanto, era martirizada con él (...). 


Tras la partida de Juan evangelista, Santiago, el hijo de José, llamado también «hermano del Señor», tomó a su cuidado a la santa Madre de Cristo (...). De este modo, también el regreso de la santa Madre de Dios a Jerusalén fue un bien: era Ella, en efecto, la seguridad, el puerto y el apoyo de los creyentes que allí ivían. Cualquier preocupación o dificultad de los cristianos era confiada a la Inmaculada, ya que habitaban en medio del rebelde pueblo de los judíos. Antes de los santos combates y de la muerte, desde todas partes los creyentes iban a verla, y Ella les consolaba a todos y los fortificaba. 


Ella era la santa esperanza de los cristianos de entonces y de los que vendrían después: hasta el fin del mundo será mediadora y fortaleza de los creyentes. Pero, entonces, su preocupación y su empeño eran más intensos, para corregir, para consolidar la nueva ley del cristianismo, para que fuese glorificado el nombre de Cristo. 
Las persecuciones que descargaban sobre la Iglesia, la violación de los domicilios de los fieles, las ejecuciones capitales de numerosos cristianos, las prisiones y tribulaciones de todo tipo, las persecuciones, las fatigas y vejaciones de los Apóstoles, expulsados de lugar en lugar: todo esto repercutía en Ella, que sufría por todos y de todos se cuidaba con la palabra y con las obras. Era Ella el modelo del bien y la mejor enseñanza en el lugar del Señor, su Hijo, y en vistas de Él. Era Ella la intercesora y abogada de todos los creyentes. Suplicaba a su Hijo que derramase sobre todos su misericordia y su ayuda. 

  

Los Santos Apóstoles la habían escogido como guía y maestra. 
Le notificaban cualquier problema que se les presentase y de Ella recibían propuestas y consejos sobre lo que debían hacer, hasta el punto de que los que se encontraban próximos a Jerusalén iban a verla. De vez en cuando, se acercaban a Ella y le informaban de lo que habían hecho y de cómo habían predicado. Ellos después hacían todo según sus orientaciones. Después de haber marchado a países lejanos, procuraban volver cada año a Jerusalén por la Pascua, para celebrar con la Santa Madre de Dios la fiesta de la Resurrección de Cristo. Cada uno daba a conocer su predicación a los gentiles y las persecuciones que habían encontrado por parte de los judíos y de los paganos; luego, reconfortados con su oración y con su doctrina, regresaban a su apostolado. Así se comportaban todos de año en año—al menos que no se presentase algún grave impedimento—, excepto Tomás. El no podía acudir, a causa de la enorme distancia y de la dificultad de venir desde la India. Todos los demás acudían cada año para visitar a la Santa Reina; después, fortificados con su oración, volvían a anunciar la buena nueva.

 

Máximo el Confesor

ACERCA DE LA ORACIÓN ININTERRUMPIDA

 

Fragmento extraido de "La Filocalia en la oración de Jesús", Salamanca (España), Ed. Sígueme, 1994.

 

El Hermano dijo: Padre mío, enséñame, os lo ruego, de qué manera la oración extirpa los conceptos en el espíritu.  

El anciano respondió: Los conceptos son conceptos de objetos. Entre tales objetos algunos se dirigen a los sentidos, otros al espíritu. El espíritu que se demora entre ellos queda enredado en esos conceptos, pero la gracia de la oración une al espíritu a Dios y, mediante esa unión, lo separa de todos los conceptos. El espíritu, así desnudo, se hace familiar y semejante a Dios. Como tal, le pide lo que necesita y tal demanda jamás es frustrada. Por ello el apóstol prescribe "orar sin interrupción" para que uniendo asiduamente nuestro espíritu a Dios, lo liberemos poco a poco de las ataduras con los objetos materiales. 

El hermano le dijo: ¿Cómo puede el espíritu "orar sin interrupción" puesto que, salmodiando, leyendo, conversando, consagrándonos a nuestros oficios, lo desviamos hacia numerosos pensamientos y consideraciones?. 

El anciano respondió: La divina Escritura no ordena nada imposible. El apóstol también salmodiaba, leía, servía y, sin embargo, oraba sin interrupción. La oración ininterrumpida consiste en mantener el espíritu sometido a Dios con una gran reverencia y un gran amor, sostenerlo en la esperanza de Dios; realizar en Dios todas nuestras acciones y vivir en él todo lo que nos sucede. El apóstol, puesto que se encontraba en tal disposición, oraba sin tregua.

 

Máximo el Confesor -

ACERCA DE LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

 

Fragmento extraído de "La Filocalia en la oración de Jesús", Salamanca (España), Ed. Sígueme, 1994.

 

Cuando hayáis triunfado animosamente sobre las pasiones del cuerpo, cuando hayáis guerreado lo suficiente contra los espíritus impuros y arrojado sus pensamientos fuera del dominio del alma, rogad entonces para que os sea dado un corazón puro y para que el espíritu de rectitud sea restaurado en vuestras entrañas (cf. Sal 51, 12), es decir, que, vaciados de los pensamientos corruptos, la gracia os llene de pensamientos divinos. Y que sea el mundo espiritual de Dios, inmenso y resplandeciente, compuesto de contemplaciones morales (vida activa), naturales (primeras contemplaciones) y teológicas (contemplación de Dios). 

Aquel que haya vuelto puro su corazón conocerá no solamente las razones de los seres inferiores a Dios, sino que atraerá también, en una cierta medida, al mismo Dios y, cuando haya franqueado la sucesión de todos los seres, alcanzará la cumbre suprema de la felicidad. Dios, manifestándose en ese corazón se dignará grabar allí sus propias leyes por medio del Espíritu, como sobre nuevas tablas mosaicas. Esto en la medida en que el corazón haya progresado en la acción y la contemplación, según la intención mística del precepto: "Creced" (Gén 35, II).

 

Se puede llamar corazón puro a aquel que no tiene ningún movimiento natural hacia ninguna cosa, de cualquier tipo que sea. Sobre esta tabla perfectamente alisada por una absoluta simplicidad, Dios se manifiesta e inscribe sus propias leyes. 

Es un corazón puro el que presenta a Dios una memoria sin especies ni formas, dispuesta únicamente a recibir los caracteres por los que Dios acostumbra a manifestarse. 

El espíritu de Cristo que reciben los santos según las palabras: "nosotros poseemos el pensamiento de Cristo" (1 Cor 2, 16), no viene a nosotros mediante la privación de nuestro poder intelectual, ni como un complemento de nuestro intelecto, ni bajo la forma de un agregado sustancial a nuestro intelecto. No. Él hace brillar el poder de nuestro intelecto en su propia cualidad y lo conduce a su propio acto. Yo llamo "tener el espíritu de Cristo" a pensar según Cristo y pensar a Cristo en todas las cosas.

 

Máximo ´el confesor´

 

SAN MÁXIMO EL CONFESOR - Después de estas figuras menores del siglo VI, al inicio del siglo VII el firmamento teológico bizantino presenta nuevamente una estrella de primera magnitud, Máximo el Confesor. La visión del mundo que nos ha dejado Máximo el Confesor —dice H.U. von Balthasar— es, bajo varios aspectos, el complemento y la plena madurez del pensamiento griego místico, teológico y filosófico.

 

Después de haber recibido una óptima formación literaria y filosófica, desarrolló en poco tiempo una brillante carrera política hasta llegar a alcanzar la altísima dignidad de secretario del emperador. En 630 abandona este alto oficio estatal y se hace monje, entrando en el monasterio de Crisópolis (el actual Scutari). Más tarde lo encontramos en Cartago (645), empeñado en combatir las herejías que afligían la Iglesia en aquella región, particularmente la herejía cristológica del monotelismo, la cual enseñaba que, aún admitiendo que en Cristo hay dos naturalezas, sin embargo, él está dotado de una sola voluntad, la divina. Para obtener la condena de esta herejía, Máximo discute en varios sínodos africanos, y en el 649 toma parte en el Concilio Lateranense, que se cierra con la condena del monotelismo y de los obispos y patriarcas que lo habían sostenido. Esta condena desencadenó la ira del emperador Constante II que buscó hacer cambiar de opinión a Máximo con todos los medios. Habiendo resultado vanos todas las tentativas, el emperador le hizo cortar la lengua a él y a sus compañeros. Máximo murió el 13 de agosto de 662.

 

San Máximo tiene 11 obras escritas contra el monofisismo y 23 contra el monotelismo. Además tiene algunos comentarios a Dionisio Areopagita y a Gregorio Nacianceno. Las más importante son: Liber asceticus; 500 capita theologica; Capita gnostica; Ambigua. Fue, sobre todo, un especulativo y un grandísimo exponente de la filosofía cristiana de dirección neoplatónica.

 

En un capítulo de Ambigua (Teorías ambiguas) presenta unas síntesis de su cosmovisión.

—Bibliografía: Mondin I, 458-463.

 

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ORACIÓN DEL FIAT - San Máximo el Confesor

Santa María,
ayúdame a esforzarme
según el máximo de mi capacidad
y el máximo de mis posibilidades
para así responder al Plan de Dios
en todas las circunstancias
concretas de mi vida.
Amén.

 

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La misericordia de Dios para con los penitentes

 "Quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina; cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar en sus respectivos tiempos la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él.

 

Y para manifestarlo de una manera más propia de Dios que todas las otras cosas, la Palabra divina de Dios Padre, el primero y único reflejo insigne de la bondad infinita, sin que haya palabras que puedan explicar su humillación y descenso hasta nuestra realidad, se dignó mediante su encarnación convivir con nosotros; y llevó a cabo, padeció y habló todo aquello que parecía conveniente para reconciliarnos con Dios Padre, a nosotros que éramos sus enemigos; de forma que, extraños como éramos a la vida eterna, de nuevo nos viéramos llamados a ella. 

Pues no solo sanó nuestras enfermedades con la fuerza de los milagros; sino que, habiendo aceptado las debilidades de nuestras pasiones y el suplicio de la muerte, como si él mismo fuera culpable, siendo así que se hallaba inmune de toda culpa, nos liberó, mediante el pago de nuestra deuda, de muchos y tremendos delitos, y en fin, nos aconsejó con múltiples enseñanzas que nos hiciéramos semejantes a él, imitándole con una calidad humana mejor dispuesta y una caridad más perfecta hacia los demás.

 

Por ello clamaba: «No vine a llamar a los justos a penitencia, sino a los pecadores». Y también: «No son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos». Por ello añadió aún que había venido a buscar la oveja que se había perdido, y que precisamente había sido enviado a las ovejas que habían perecido de la casa de Israel. Y, aunque no con tanta claridad, dio a entender lo mismo con la parábola de la dracma perdida: que había venido para recuperar la imagen empañada con la fealdad de los vicios. Y acaba: «En verdad os digo que hay alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta». 

Así también, alivió con vino, aceite y vendas al que había caído en manos de ladrones y, desprovisto de toda vestidura, había sido abandonado medio muerto a causa de los malos tratos; después de subirlo sobre su cabalgadura, le dejó en el mesón para que le cuidaran; y después de haber dejado lo que parecía suficiente para su cuidado, prometió dar a su vuelta lo que hubiera quedado pendiente.

 

Consideró como padre excelente a aquel hombre que esperaba el regreso de su hijo pródigo y le abrazó porque volvía con disposición de penitencia, y le agasajó a su vez con amor paterno y no pensó en reprocharle nada de todo lo que antes había cometido. 

Por la misma razón, después de haber encontrado la ovejilla alejada de las cien ovejas divinas, que erraba por montes y collados, no volvió a conducirla al redil con empujones.y amenazas, ni de malas maneras; sino que lleno de misericordia la devolvió al redil incólume y sobre sus hombros.

 

Por ello dijo también: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Y también: «Cargad con mi yugo»; es decir, llama yugo a los mandamientos o vida de acuerdo con el evangelio, y carga, a la penitencia que puede parecer a veces algo más pesada y molesta: «porque mi yugo es llevadero», dice, «y mi carga es ligera». 

Y de nuevo, al enseñarnos la justicia y la bondad divina, manda y dice: «Sed santos, sed perfectos, sed misericordiosos, como lo es vuestro Padre celestial». Y: «Perdonad y se os perdonará». Y: «Todo cuanto queráis que los hombres os hagan, hacédselo de la misma manera vosotros a ellos»."

 

De las Cartas del abad San Máximo, confesor (Epístola 11: PG 91, 454-455)

 

La misericordia de Dios, la gracia, la fe, la oración.

1. Recordando la grandeza y la inconmensurabilidad de Dios, no debemos desesperarnos y pensar que somos demasiado insignificantes para Su amor a los hombres. De igual manera, recordando la espantosa profundidad de nuestra caída, no debemos dudar de la posibilidad de restaurar en nosotros las virtudes muertas por el pecado. Tanto lo uno como lo otro son posibles para Dios: descender y alumbrar con la visión nuestra mente como así también restaurar en nosotros las virtudes (san Máximo).

1. Si te alcanza una tentación inesperada, no culpes a aquel a través del cual vino sino trata de entender con que finalidad llegó — y entonces alcanzarás la corrección. Porque sea que vino a través de él o que viniere de cualquier otro hombre, igualmente te era establecido beber la amargura de la copa de los destinos de Dios (san Máximo).

1. El sensato, meditando acerca del provecho de los juicios de Dios, con agradecimiento soporta las penalidades que le han ocurrido, no culpando a nadie, sino sólo a sus pecados. El insensato cuando peca y soporta después el castigo por sus pecados, murmura contra Dios o contra los hombres, no comprendiendo la sabiduría de la providencia de Dios (san Máximo).

1. Así como los médicos, para tratar las distintas enfermedades físicas, no prescriben a todos siempre el mismo remedio, Dios, al sanar nuestras enfermedades espirituales no lo hace con un único remedio sino que sana cada alma con los remedios adecuados justamente para ella. Agradezcámosle por la curación, aun si los remedios nos produjeran sufrimientos (san Máximo).

2. Quien conoció la debilidad de su naturaleza, también conoció por experiencia la fuerza de la ayuda de Dios. Una persona así, que ya ha realizado con su ayuda algunas obras buenas y que trata de realizar otras, nunca va a humillar a otras persona. Porque sabe, que así como la gracia le ayudó y lo libró de muchas pasiones y penurias, por la voluntad de Dios esa gracia es poderosa para ayudar a todas las demás personas, especialmente a aquellos que se esfuerzan para Él. El Medico misericordioso y amante del hombre, aunque no libra de repente al hombre de todas sus pasiones, de todas maneras sana, a su tiempo, a cada uno de los que se acercan a Él (san Máximo).

3. Ciega es la fe de aquel que, teniendo fe, no cumple los mandamientos de Dios. Porque si los mandamientos de Dios — son luz, entonces es claro que permanece sin la luz divina aquel que no cumple Sus mandamientos, teniendo solo la palabra desnuda pero no el verdadero conocimiento Divino (san Máximo).

4. El temor a Dios es de doble acción. Uno nace de la amenaza del castigo. De este nacen en nosotros por orden: la abstinencia, la paciencia, la esperanza en Dios y el desapasionamiento, del cual nace el amor. El otro temor esta ligado con el mismo amor y produce en el alma devoción, para que ella por su atrevimiento en el amor no comience a despreciar a Dios. De esta manera, una faz del temor es limpio y puro y el otro impuro. El temor que surge por los pecados y los tormentos que nos esperan es impuro. Al tener como causa la conciencia de nuestro pecado no quedará para siempre, porque con el destierro del pecado a través del arrepentimiento también desaparecerá. Pero el temor puro, libre de la temerosa inquietud por los pecados, permanecerá para siempre en el alma y nunca se alejará, porque esta misteriosamente ligado con Dios y evidencia una natural devoción ante Su grandeza (san Máximo).

6. Existen dos estados elevados de oración pura. Uno es experimentado por la gente de vida activa y el otro por gente de vida contemplativa. El primer estado se presenta al que ora por el temor de Dios y la buena esperanza y el otro por el amor Divino y la gran limpieza del corazón. Señal del primer estado es que el que reza, aísla su mente de todo pensamiento mundano y ora sin distracción ni confusión, permaneciendo delante del Mismo Dios. Señal del segundo estado es cuando la mente del que ora se ilumina con la grandeza de la luz Divina. Entonces el hombre deja de sentirse completamente a si mismo y a cualquier otra cosa que lo rodea y sólo siente a Aquel Único, que lo ilumina de esa manera por Su amor. Encontrándose así iluminado, el hombre recibe puros y luminosos conocimientos acerca de Dios (san Máximo).

 

El conocimiento de Dios.

7. Deseando teologizar, no trates de percibir a Dios en Su ser, porque esto es inalcanzable tanto para el hombre como para cualquier otra mente. Medita según tus posibilidades sobre Sus propiedades: Su eternidad, Su inconmensurabilidad, Su incognoscibilidad, Su bondad, Su sabiduría y Su fuerza todopoderosa, que dirige todo y a todos juzga con justicia. Pues entre la gente es ya un gran teólogo el que llega a conocer, aunque sea un poco, estas propiedades de Dios (san Máximo).

7. La presunción cierra el camino al conocimiento. Si tu quieres ser verdaderamente sabio y no ser esclavo de tu propia presunción trata de conocer aquello, que todavía esta escondido de tu razón. Entonces al ver, cuantas muchas cosas te son completamente desconocidas e incomprensibles, te sorprenderás de tu negligencia y harás más humilde tu presunción. Si te convences de tu insignificancia podrás conocer muchas cosas grandes y maravillosas (san Máximo).

7. Hay muchos entre nosotros que hablan, pero pocos que hacen. No obstante nadie ose tergiversar la palabra de Dios en su provecho. Mejor es para el reconocer su debilidad y no ocultar la verdad Divina, que por el quebrantamiento del mandamiento convertirse en culpable de tergiversar la palabra de Dios (san Máximo).

7. Los santos alcanzan aquello que es inalcanzable para la naturaleza, porque la naturaleza no posee la propiedad de conocer aquello que la supera. Verdaderamente, no hay estado de divinificación que sea alcanzable para la naturaleza, porque ella no puede conocer a Dios. Sólo la gracia Divina posee la capacidad de transmitir la divinificación a los seres por medios alcanzables para ellos. Entonces la naturaleza brilla con luz sobrenatural y se eleva por encima de sus limites naturales con sobreabundancia de gloria (san Máximo).

 

La tendencia a la justicia, el amor propio.

11. El creyente teme a Dios, el temeroso de Dios se humilla, el que se humilla se vuelve manso y a través de esto se hace inalcanzable a los antinaturales movimientos del enojo y del deseo, el manso cumple los mandamientos, quien cumple los mandamiento se purifica, el limpio se ilumina, el iluminado se vuelve digno de estar con El Novio Verbo en el tesoro de los misterios (san Máximo).

11. Refrena la fuerza de la irritabilidad del alma con el amor, la fuerza de las pasiones mortifícala con la abstinencia y la de la mente — elévala con las alas de la oración. Entonces la luz nunca se diminuirá en tu alma (san Máximo).

11. "La imagen del perecible" (el hombre terrenal, Adán) — son los principales defectos, como: la falta de razón, la pusilanimidad, la incontinencia, la mentira. "La imagen del Celestial" son las principales virtudes: la sabiduría, la valentía, la castidad, la justicia. Y así como antes nosotros llevábamos los rasgos del viejo hombre, llevemos ahora los rasgos del Nuevo (1 Cor. 15:49; san Máximo).

11. Pienso que no es justo denominar muerte al final de esta vida, sino que más bien creo que ésta debería llamarse la liberación de la muerte, el alejamiento de la región de lo perecedero, la liberación de la esclavitud, la cesación de las inquietudes, el final de la lucha, la partida de la región de las tinieblas, el descanso de los trabajos, el cubrimiento de la vergüenza, la liberación de las pasiones, en pocas palabras: la terminación de todos los males. Habiéndolos soportado y habiéndose corregido por medio de la mortificación de la carne, los santos se hicieron a si mismos extraños para esta vida. Como hay simpatía de los sentidos con lo sensorial que genera tentaciones, ellos luchando valientemente contra el mundo, la carne y los levantamientos surgidas de ambos y habiéndolos vencido a los dos, conservaron en si mismos la dignidad del alma no doblegada (san Máximo).

20. Quien vence a la fuente de las pasiones, que es el amor propio, con ayuda de Dios fácilmente vencerá a las demás pasiones: la ira, la tristeza, el rencor y las demás. En cambio quien es vencido por el amor propio, aunque no lo quiera, se liga a las demás pasiones (san Máximo).

20. El comienzo de todas las pasiones es el amor propio y el final es la soberbia. El amor propio es el irracional amor al cuerpo. Cortado el amor propio, se cortan las demás pasiones, las cuales surgen de él (san Máximo).

 

Las pasiones, la purificación de la conciencia el desinterés hacia lo material.

21. Hay pasiones que son del cuerpo y las hay también espirituales. Las corporales son causadas por el cuerpo y las espirituales por las cosas exteriores. Pero el amor y la continencia eliminan a ambas: el amor a las espirituales y la continencia a las corporales (san Máximo).

21. La vanidad y la codicia hacen nacer mutuamente la una a la otra. Porque algunos se enriquecen por vanidad y otros al enriquecerse se envanecen (san Máximo).

23. No desprecies a tu conciencia, que siempre te aconseja lo mejor. Porque ella te ofrece consejo Divino y Angelical, te libera de las secretas inmundicias del corazón y ante la partida del mundo te dará osadía ante Dios (san Máximo).

26. Existen tres causas para la codicia: el amor al lujo, la vanidad y la falta de fe, entre las cuales la falta de fe es la más fuerte de todas. El que ama el lujo ama las riquezas para gozar con su ayuda; el vanidoso para glorificarse; y el incrédulo para guardarla para el "día negro." Temiendo el hambre, la vejez, la enfermedad, el exilio y cosas semejantes, confía más en lo que ha guardado, que en Dios, Quien creó a todos y de todos se ocupa, hasta de las mas pequeñas criaturas (san Máximo).

La mansedumbre, la falta de ira, las congojas, las tentaciones.

27. Si tú sientes rencor hacia alguien, ora por él para detener dentro tuyo el accionar del rencor con la oración y alejar la congoja por el mal que te causó. Habiéndote vuelto amistoso y amante del prójimo, echarás completamente esta pasión de tu alma. Cuando es otro el que se enoja contra ti, sé cariñoso con él y humilde y trátalo amistosamente y de esta manera le ayudaras a librarse del rencor (san Máximo).

27 De la manera que tú ores por quien te calumnió, Dios le abrirá la verdad a aquel que se equivocó contigo (san Máximo).

27 Cuando estás ofendido por alguien, cuídate de los pensamientos iracundos, para que ellos, apartándote del amor, no te trasladen a las regiones del odio (san Máximo).

28. Cuando los demonios ven que nosotros despreciamos las cosas de este mundo y no deseamos por ellas odiar a otros y alejarnos del amor, levantan en contra nuestra difamaciones, para que nosotros, al no soportar la amargura, odiemos a los difamadores (san Máximo).

28. Glorifica a Dios no aquel, que Lo honra piadosamente sólo con palabras, sino aquel que por Dios y Sus mandamientos soporta con paciencia los sufrimientos y los trabajos, aquel que Lo glorifica con su vida. Un hombre así se glorifica asimismo con la gloria Divina, recibiendo la gracia del desapasionamiento en recompensa por la comunión con las virtudes del Salvador, quien sufrió por nosotros. Porque todo aquel, que glorifica dentro suyo a Dios con sus sufrimientos por causa de las virtudes, se glorifica también en Dios con la iluminación desapasionada de Sus rayos en un estado de contemplación. Por eso el Señor, al ir a los sufrimientos voluntarios, decía: "Ahora se ha glorificado el Hijo del Hombre, y Dios se ha glorificado en Él. Si Dios se glorifica en Él, entonces también Dios lo glorificara en Si Mismo" (Juan 13:31-32; san Máximo).

La lucha con los pensamientos.

31. En la misma medida que es más fácil pecar con la mente que en los hechos, es también más difícil luchar con los pensamientos que con los hechos (san Máximo).

31. Gran acto es no apegarse a las cosas pero mucho mayor es permanecer desapasionado ante los pensamientos acerca de ellos, porque la guerra de los espíritus malignos contra nosotros a través de los pensamientos es mucho más pesada que la guerra a través de los objetos mismos (san Máximo).

31. No malgastes los pensamientos, para no malgastar por necesidad también los objetos; porque si primero no pecas con el pensamiento, nunca pecarás tampoco en los hechos (san Máximo).

31. A las cosas a las que alguna vez estuvimos apegados, son las que también pensamos apasionadamente. ¿Por qué el que venció los pensamientos pasionales desprecia también por supuesto las cosas imaginadas? Pues la lucha con los recuerdos de las cosas es tanto más difícil que la lucha con las mismas cosas, cuanto más cómodo es pecar con la mente que con el mismo hecho (san Máximo).

31. Cuando la mente comienza a triunfar en el amor a Dios, entonces el espíritu de calumnia comienza a tentarlo y le inspira pensamientos que ningún hombre sería capaz de crear, sino sólo el diablo, padre de esos pensamientos. Y esto lo hace el demonio por envidia al hombre que ama a Dios para que la persona reciba estos pensamientos como propios, caiga en la desesperanza y no ose más dirigirse a Dios en oración. Pero el maligno no recibe ninguna ganancia de sus astucias por cuanto nos hace más firmes. Porque al luchar con él nos hacemos más experimentados y amamos a Dios más sinceramente aún (san Máximo).

 

La paz del alma, la sabiduría.

35. No corrompas tu cuerpo con obras vergonzosas y no ensucies tu alma con malos pensamientos, Entonces la paz de Dios descenderá sobre ti, trayendo consigo el amor (san Máximo).

36. Muchas obras que son buenas por naturaleza pueden resultar malas ante ciertas circunstancias. Por ejemplo — el ayuno y el velar, la oración y el canto de los salmos, la limosna y la hospitalidad al viajero son, en sí, obras buenas, pero cuando se realizan por vanidad, se vuelven malas (san Máximo).

 

El amor a Dios y al prójimo.

40. El que ama a Dios vive sobre la tierra con vida angelical, ayunando y velando, cantando a Dios y orando y pensando lo bueno de cada persona (san Máximo).

40. Quien ama a Dios no amarga ni entristece a nadie, ni se ofende con nadie por causa de lo temporal. Sólo se amarga y entristece con aquella pesadumbre salvadora con la cual san Pablo apóstol se entristecía el mismo y apesadumbró a los corintios (2 Cor. 2:4; san Máximo).

40. El que ama algo desea conseguirlo de cualquier modo y aleja todo lo que se lo dificulta para no privarse de ello. Así el que ama a Dios se ocupa de la limpia oración y echa fuera de si toda pasión que le entorpezca en esto.(san Máximo).

40. Hay que amar con toda el alma a cada hombre; la esperanza nuestra hay que depositarla sólo en Dios y sólo a Él servir con todas nuestras fuerzas. Porque mientras Él nos proteja todos nuestros amigos nos favorecen y nuestros enemigos no nos pueden ocasionar ningún mal. Cuando Él nos deje todos nuestros amigos se darán vuelta y nuestros enemigos tomarán fuerzas sobre nosotros. Los amigos de Cristo aman a todos sinceramente pero no suelen ser amados por todos. Los amigos del mundo no aman a todos y no son amados por todos. Los amigos de Cristo conservan la unión del amor hasta el fin y los amigos del mundo hasta que no sucede entre ellos un enfrentamiento por alguna cosa mundana (san Máximo).

42. Si tú odias a algunas personas, con otras te comportas indiferentemente y amas muy fuertemente a otras, saca la conclusión de cuan alejado estás del amor perfecto, que incita a amar igualmente a todos los hombres (san Máximo).

42. El amor perfecto no distingue ninguna naturaleza humana según la costumbre de la gente sino que ama por igual a todos los hombres. A los buenos como amigos y a los malos como enemigos (según el mandamiento), haciéndoles el bien y soportando pacientemente todo lo que nos hagan, no solo sin devolver mal por mal, sino que llegando hasta a sufrir por ellos en caso de necesidad, para, dentro de lo posible, hacerlos nuestros amigos. Así nuestro Señor y Dios Jesucristo, revelando Su amor a nosotros, sufrió por toda la humanidad y le dio la misma esperanza de resurrección a todos. Entre tanto cada hombre se hace a sí mismo digno de la gloria o del tormento del infierno (san Máximo).

44. Quien curiosea acerca de los pecados ajenos o por sospecha juzga a su hermano, todavía no comenzó con el arrepentimiento y no trata de conocer sus propios pecados, que verdaderamente son más pesados que un lastre de plomo de muchas libras y no sabe por qué el hombre suele estar "de corazón pesado, amante de la vanidad y buscador de la mentira" (Sal. 4:3). Por eso él, como necio y perdido en las tinieblas y olvidando de sus propios pecados, se ocupa de los ajenos, sean estos reales o imaginados (san Máximo).

 

 

 

 

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