
San Daniel el
Estilita
11 de Diciembre
Si se exceptúa al primero y
más grande de todos los estilitas, San Simeón, el más
famoso de ese grupo de santos es San Daniel. Sus padres,
que habían rogado a Dios que les concediese un hijo, le
consagraron a El desde antes de su nacimiento. Daniel
nació en Marata, cerca de Samosata. A los doce años,
ingresó en un monasterio de los alrededores y a los
trece tomó el hábito. El abad del monasterio llevó a
Daniel por compañero en un viaje a Antioquía. Al pasar
por Telenissae, visitaron a San Simeón en su columna.
Este ordenó a Daniel que se acercase, le dio su
bendición y le predijo que sufriría mucho por
Jesucristo. A la muerte del abad, ocurrida poco después,
Daniel fue elegido para sucederle, pero se negó a
aceptar el cargo y fue nuevamente a visitar a San
Simeón. Después de pasar dos semanas en el monasterio
próximo a la columna de San Simeón, Daniel emprendió una
peregrinación a Tierra Santa; pero, como la guerra le
impidiese proseguir, se dirigió a Constantinopla. Ahí
pasó una semana en la iglesia de San Miguel extra muros
y, después se construyó una ermita en un templo
abandonado de Filémpora, donde pasó nueve años, bajo la
protección del patriarca San Anatolio.
Finalmente, Daniel se decidió a imitar el género de vida
de San Simeón, quien había muerto el año 459. San Simeón
había legado su túnica al emperador León I, pero como su
discípulo Sergio, encargado de hacer llegar la prenda a
su destinatario, no obtuvo audiencia del emperador,
regaló la túnica a San Daniel. Este eligió un sitio
sobre el Bosforo, a unos cuantos kilómetros de la
ciudad, y se instaló en una ancha columna que un amigo
le había mandado construir. Como el santo hubiese estado
a punto de perecer de frío una noche, el emperador le
construyó más tarde una columna más alta y mejor; en
realidad eran dos columnas unidas con varillas, y en la
plataforma superior rodeada por una balaustrada, había
una especie de refugio. Aunque en la región abundaban
los vientos helados, San Daniel vivió en su columna
hasta los ochenta y cuatro años. La ordenación
sacerdotal de Daniel tuvo lugar ahí mismo. En efecto,
San Genadio, patriarca de Constantinopla, leyó las
oraciones desde abajo; en seguida subió a la columna,
probablemente para imponerle las manos, aunque las
crónicas dicen simplemente que subió para darle la
comunión. San Daniel no quería recibir la ordenación y
por ello no bajó de la columna en esa ocasión. El año
465; un incendio destruyó ocho de los barrios de
Constantinopla. San Daniel había predicho la catástrofe
y había aconsejado al patriarca y al emperador que se
hiciesen oraciones públicas dos veces por semana; pero
éstos no habían creído la profecía. Al cumplirse el
vaticinio, todo el pueblo acudió a la columna de San
Daniel, quien extendió los brazos hacia el cielo y oró
por la multitud. El emperador León, que tenía gran
veneración por el santo, iba a visitarle con frecuencia.
Cuando el rey de los lazios de Cólquide llegó a renovar
su alianza con los romanos, León I le llevó a visitar a
San Daniel, a quien consideraba como una de las
maravillas del Imperio. Sin embargo, no todos respetaban
al santo. En efecto, algunos hombres “que solían
frecuentar a las prostitutas”, enviaron a una mujer de
mala vida llamada Basiana, para tentar a San Daniel. La
tentativa fracasó; pero Basiana afirmó que había tenido
éxito, hasta que enredada en sus propios embustes,
confesó públicamente la verdad y delató a los que la
habían enviado.
Las gentes acudían a escucharle en grandes multitudes.
El no predicaba a la manera de “los retóricos y los
filósofos”, sino que hablaba “del amor de Dios, el
cuidado de los pobres, la limosna, el amor fraternal y
la condenación eterna que espera a los pecadores.” En la
vida de San Daniel hay ciertos rasgos de agradable
ironía, como cuando profetizó que la expedición militar
de Zenón a Tracia se toparía con grandes dificultades.
El emperador León preguntó al santo: “¿Acaso crees que
es posible salir con vida de una guerra, sin grandes
fatigas y trabajos?” León I murió el año 474. Zenón, que
le sucedió en ese mismo año, tenía tanta confianza como
él en la prudencia y virtud de San Daniel. Basilisco,
hermano de la reina viuda Verina, usurpó el trono y se
declaró protector de los herejes eutiquianos. Acacio,
patriarca de Constantinopla, mandó informar a San Daniel
sobre la actitud del usurpador. Por su parte, Basilisco
se quejó ante el santo de que Acacio estaba tramando una
rebelión contra él. San Daniel replicó que Dios iba a
derribarle de su trono, y pronunció tales invectivas
contra el usurpador, que el mensajero no se atrevió a
comunicárselas de palabra y rogó al santo que las
escribiese y sellase la carta. El patriarca mandó pedir
en dos ocasiones a San Daniel que acudiese en auxilio de
la Iglesia. Finalmente, el santo descendió de su columna
“con dificultad, porque le dolían los pies”, y fue
acogido con gran gozo por el pueblo. Basilisco, asustado
ante la actitud de la muchedumbre, se retiró a un
palacio que tenía en el campo. San Daniel fue a verle
allá. Como apenas podía caminar por falta de práctica,
fue trasportado en una silla de manos, escoltado por el
pueblo. Alguien comentó, para burlarse del santo, que
parecía un cónsul. Los guardias de palacio impidieron la
entrada a San Daniel. Entonces éste sacudió sus
sandalias sobre el umbral, en señal de protesta contra
Basilisco, y regresó a la ciudad. Basilisco acudió a
visitar personalmente a San Daniel, alegó que él era
“simplemente un soldado”, y prometió que dejaría de
favorecer a los herejes. San Daniel le reprendió
ásperamente por los desórdenes que había provocado y
retornó a su columna. Ahí vivió todavía muchos años,
observando los acontecimientos del mundo que se extendía
a sus pies y ejerciendo gran influencia en la turbulenta
historia de Constantinopla. Zenón volvió de Isauria con
su ejército veinte meses más tarde, y Basilisco
emprendió la fuga. Una de las primeras cosas que hizo el
emperador fue ir a visitar a San Daniel, quien había
predicho su destierro y reencumbramiento.
A los ochenta y cuatro años, San Daniel comunicó su
testamento a sus amigos y discípulos. Se trataba de un
documento brevísimo, lleno de un amable espíritu de
caridad y cariño, en el que el santo exponía
sucintamente los deberes del hombre. Después de celebrar
por última vez los sagrados misterios a media noche en
su columna, San Daniel comprendió que Dios le llamaba a
Sí. Inmediatamente, mandó traer al patriarca Eufemio. La
muerte del santo ocurrió el año 493. Fue sepultado al
pie de la columna en que había vivido treinta y tres
años.