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Una de las diferencias entre la Iglesia Ortodoxa y la Romana es que estos aceptan la idea de que la Madre de Dios fue concebida exenta del pecado original, careciendo esta idea de fundamento en la tradición de la Iglesia. Menos aún se puede admitir esta idea como un dogma tal y como fue proclamado por el papa Pío IX en 1854 (Bula Ineffabilis Deus). ¿Por qué no se puede admitir? Porque este supuesto privilegio, que incluso fue rechazado durante siglos por los mismos católico-romanos y que se ha impuesto más por un sentimiento piadoso y por la tenacidad de algunos reyes y ordenes religiosas como los franciscanos (los dominicos rechazaron siempre este error) que por auténtico convencimiento teológico, corta a María de sus raíces humanas, disminuye su grandeza natural, su libertad personal, su papel en la salvación del hombre, y debilita la acción salvadora del Verbo. Sólo Cristo es el único sin pecado. María es elegida pero no predeterminada como lo recuerda san Juan Damasceno. No es un robot programado para decir "sí" en el momento de la Encarnación del Verbo. Ella es Hija del pueblo elegido y no está ella desligada de la humanidad caída; criatura humana, santificada en el momento de la Anunciación por el Espíritu Santo que la cubrió con su sombra y magnificada bajo la mirada de Dios, no está exenta de pecado. Con la Madre de Dios, se abre una nueva era, la de la reconciliación. María deviene la Madre de todos los vivos, Eva perfeccionada. Ella es el icono de la Iglesia que recibe el Verbo de Dios por el arrepentimiento. En María, la Iglesia tiene su hipóstasis propia y creada, su perfección se ha realizado ya en una persona humana plenamente unida a Dios, encontrándose más allá de la Resurrección y del Juicio.
El Pecado Original Santa Ana El protoevangelio de Santiago cuenta que los vecinos de Joaquín, espóso de Santa Ana, se burlaban de él porque no tenía hijos. Entonces, el santo se retiró cuarenta días al desierto a orar y ayunar, en tanto que Ana (cuyo nombre significa Gracia) se quejaba en dos quejas y se lamentaba en dos lamentaciones. Cuando Ana se hallaba sentada orando bajo un laurel, un ángel se le apareció y le dijo: “Ana, el Señor ha escuchado tu oración: concebirás y darás a luz. Del fruto de tu vientre se hablará en todo el mundo.” Ana respondió: “Vive Dios que consagraré el fruto de mi vientre, hombre o mujer, a Dios mi Señor y que le servirá todos los días de su vida.” El ángel se apareció también a San Joaquín. A su debido tiempo, nació María, quien sería un día la Madre de Dios. La mejor prueba de la antigüedad del culto a Santa Ana en Constantinopla es que, a mediados del siglo VI, el emperador Justiniano le dedicó un santuario. |