
17 Nuestro venerable y Teóforo Padre, Antonio el Grande, Abad.
San Antonio nació en Egipto, cerca del año 250, en una rica y noble
familia y fue criado en la Fe Cristiana. A los 18 años se quedó sin
padres con una hermana bajo su protección. Un día iba a la Iglesia
pensando en los Santos Apóstoles, sobre sus vidas y como ellos
habían dejado todo en este mundo para seguirlo al Señor y servirle a
Él. Al entrar a la Iglesia escucha las palabras del Evangelio: "Si
quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los
pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y sígueme" (Mateo 19:21).
Estas palabras impresionaron a Antonio, como si fueron dichas por El
Señor personalmente a él. Poco tiempo después Antonio renunció a la
herencia a favor de los pobres ciudadanos de su pueblo, pero no
sabía a quien dejar a su hermana. Preocupado por esto, él va a la
Iglesia y ahí otra vez escucha las palabras del Salvador, como si
fueran dichas a él: "Así que, no os afanéis por el día de mañana,
porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio
mal" (Mateo 6:34). Antonio confió a su hermana a unas conocidas
vírgenes cristianas y dejó la ciudad y la casa para vivir en soledad
y solamente servir a Dios.

El alejamiento de San Antonio del mundo no sucedió súbitamente, sino
poco a poco. Al principio él vivía en la cercanía de la ciudad en la
vivienda de un devoto anciano quien vivía en soledad y trataba de
llevar la vida semejante a la de este anciano. San Antonio visitaba
también a otros ermitaños, que vivían en los alrededores de la
ciudad, y seguía a sus consejos. Ya en este tiempo él era tan
conocido por sus esfuerzos espirituales que lo llamaban: "el amigo
de Dios." Después, él decide alejarse más. Invita al anciano
ermitaño a acompañarlo. Cuando el ermitaño se niega, se despide de
él y se instala en una lejana cueva. De vez en cuando un amigo le
llevaba la comida. Finalmente, San Antonio se aleja de los lugares
habitados; cruza el Nilo y se instala en las ruinas de una
fortificación militar. Se lleva pan para 6 meses y después lo
recibía de sus amigos a través de una abertura en el techo.
Es imposible imaginarse cuantas tentaciones y cuantas luchas soportó
este gran ermitaño. Él sufría del hambre y de la sed, del frío y del
calor. Pero la más terrible tentación que sufre un ermitaño, según
las palabras del mismo Antonio, es la nostalgia por el mundo y el
desorden emocional. A todo esto se agregan las tentaciones y
horrores por parte de los demonios. A veces el Santo Devoto se
quedaba sin fuerzas y estaba por caer en el desaliento. Entonces se
le presentaba El mismo Señor o un ángel enviado por Él, para
fortalecerle. "¿Dónde estabas Sagrado Jesús? ¿Por qué no has venido
antes para terminar con mis sufrimientos?" Imploró Antonio al Señor
cuando después de una semejante prueba vino El Señor. "Yo estuve
aquí le dijo El Señor y esperaba ver tu esfuerzo espiritual."
Una vez durante una terrible lucha con sus pensamientos, Antonio
gritó: "Señor, me quiero salvar, pero mis pensamientos no me dejan
hacerlo." De repente ve, que alguien parecido a él trabaja sentado
sobre una silla. Después se levanta y reza, después continua
trabajando. "Haz lo mismo y te salvaras" le dijo el ángel del Señor.
Ya hace 20 años que Antonio vivía en su soledad, cuando algunos de
sus amigos supieron donde estaba y vinieron para instalarse ahí.
Durante mucho tiempo golpear a la puerta llamando y suplicando a
Antonio a salir de su encierro voluntario. Finalmente, cuando ellos
pensaban romper la puerta, Antonio la abrió y salió. Ellos quedaron
muy sorprendidos viéndolo sin rasgos de cansancio a pesar de que él
se sometía a durísimas pruebas. La paz celestial reinaba en su alma
y se reflejaba en su rostro. Tranquilo, moderado, muy amable con
todos, este anciano se convirtió muy pronto en el padre y preceptor
de muchos. El desierto tomó vida. Por todos lados en la montaña
aparecían los refugios de los monjes. Mucha gente cantaba, leía,
ayunaba, rezaba, trabajaba y ayudaba a los pobres. San Antonio no
les ponía a sus alumnos las reglas especiales para la vida
monástica. Él se preocupaba solamente en fortalecer en ellos un
devoto estado de ánimo, les inspiraba la fidelidad a la voluntad del
Dios, la oración, la renuncia a todo lo terrestre y el trabajo
incesante.
Pero la vida en el desierto entre la gente le pesaba a San Antonio y
él buscaba un nuevo aislamiento. "¿Adónde queréis escapar?" Le dijo
una voz del cielo cuando sobre la costa del Nilo él estaba esperando
el bote para alejarse de la gente. "Alta Tebaida" contestó Antonio.
Pero la misma voz le replicó: "Iras para arriba a Tebaida o para
abajo a Bucolia, no encontraras la tranquilidad en ninguna parte.
Vaya al desierto interior, así se llamaba el desierto ubicado cerca
del Mar Rojo. Hasta allí se dirigió Antonio, siguiendo una caravana.
Después de caminar 3 días, él encontró una montaña alta y desabitada
con un manantial y algunas palmeras en el valle. Aquí se instaló.
Aquí él cultivaba un pequeño campo, para que nadie tenga que venir a
traerle pan. De vez en cuando él visitaba a los ermitaños. Un
camello le llevaba el pan y el agua para mantener sus fuerzas
durante estos duros viajes en el desierto. Sin embargo, los
admiradores de San Antonio, también descubrieron este último
refugio. Empezó a llegar mucha gente que buscaba sus oraciones y
consejos. Traían a los enfermos y él los curaba con sus oraciones.
Ya pasaron cerca de 70 años desde que San Antonio empezó a vivir en
el desierto. Contra su voluntad, un pensamiento arrogante empezó a
turbarlo. Pensaba que él era el más antiguo ermitaño que vivía en el
desierto. Él pedía a Dios poder alejar este pensamiento y tuvo una
revelación que un ermitaño se había instalado en el desierto antes
que él y estaba sirviendo a Dios. A la mañana siguiente, bien
temprano se levantó Antonio y salió en busca de este desconocido
ermitaño. Caminó durante todo el día sin encontrar a nadie, salvo
algunos animales que viven en el desierto. Delante de él se extendía
la grandeza infinita del desierto, pero él no perdía las esperanzas.
A la mañana siguiente, bien temprano, él siguió su camino. De
repente vio a una loba que corría hacia un arroyo. San Antonio se
acercó al arroyo y vio una cueva al costado del mismo. Mientras él
se acercaba, la puerta de la cueva se cerró. Mediodía pasó San
Antonio frente a la puerta suplicando al anciano que le muestre su
rostro. Finalmente la puerta se abrió y salió un anciano canoso.
Este anciano era San Pablo de Tebaida. Él vivía en el desierto cerca
de 90 años. Después de un saludo fraternal, Pablo le preguntó a
Antonio cómo estaba la humanidad. ¿Quién estaba gobernando? ¿Si
todavía existían los idólatras? El fin de las persecuciones y el
triunfo del Cristianismo en el imperio romano fueron las noticias
muy gratas para Pablo. En cambio, la aparición del arrianismo fue
una noticia amarga. Mientras que ellos conversaban, llegó un cuervo
y dejó un pan. "¡Qué generoso y misericordioso es el Señor!" Exclamó
Pablo: "durante muchos años Él me manda la mitad de un pan y hoy,
gracias a tu visita, Él me mandó un pan entero." A la mañana
siguiente Pablo confesó a Antonio que muy pronto él se irá de este
mundo. Por eso pidió a Antonio traerle la túnica del obispo Atanasio
(el famoso luchador contra el arrianismo) para cubrir con ella sus
restos. Antonio se apuró a cumplir el deseo de este Santo anciano.
Él regresó a su desierto muy emocionado y cuando los hermanos —
monjes le preguntaban, la única contestación era: "soy un pecador y
yo me consideraba un monje! "¡Yo vi a Elías, yo vi a Juan, yo vi a
Pablo en el paraíso!" Cuando él estaba llegando al lugar donde
habitaba San Pablo, el vio como este estaba ascendiendo al cielo
entre muchos ángeles, profetas y apóstoles.
"¿Pablo, por qué no me esperaste?" Gritó Antonio. "¡Tan tarde te
conocí y tan temprano te vas!" Sin embargo, al entrar a la cueva él
encontró a Pablo arrodillado, rezando. Antonio también se arrodilló
y comenzó a rezar. Recién después de varias horas de rezar se dio
cuenta que Pablo no se movía porque estaba muerto. Entonces Antonio
lavó piadosamente el cuerpo y lo envolvió en la túnica de San
Atanasio. De repente aparecieron dos leones y excavaron con sus
garras una tumba bastante profunda, donde Antonio sepultó al Santo
ermitaño.
San Antonio falleció a una edad muy avanzada (106 años en el año
356) y por sus esfuerzos espirituales mereció llamarse El Grande.
San Antonio fundó vida eremítica, Consistía en que varios ermitaños
vivan en celdas separadas, lejos uno del otro, bajo la dirección de
un aba (aba en el hebreo significa el padre). La vida de los
ermitaños era la oración, ayuno y trabajo. Varios ermitaños,
reunidos bajo la dirección de un aba formaban una labra. Pero cuando
todavía San Antonio vivía apareció otro estilo de la vida de los
monjes. Ellos se unían en comunidades, trabajaban en conjunto, cada
uno según sus posibilidades. También compartían la comida y se
subordinaban a las mismas reglas. Estas comunidades se llamaban
comunidades monásticas o monasterios. Abas de estas comunidades
empezaron a llamarse archimandritas. El fundador de la vida comunal
de los monjes fue San Pacomio, El Grande.