
19 Nuestro Venerable Padre Macario, el egipcio.
Macario
nació en el alto Egipto, hacia el año 300, y pasó su
juventud como pastor. Movido por una intensa gracia, se
retiró del mundo a temprana edad, confinándose en una
estrecha celda, donde repartía su tiempo entre la
oración, las prácticas de penitencia y la fabricación de
esteras. Una mujer le acusó falsamente de que había
intentado atacarla violentamente. A raíz de ello,
Macario fue arrestado por las calles, apaleado y tratado
de hipócrita disfrazado de monje. Todo lo sufrió con
paciencia, y aun envió a la mujer el producto de su
trabajo, diciéndose: "Macario, ahora tienes que trabajar
más, pues tienes que sostener a otro." Pero Dios dio a
conocer su inocencia: la mujer que le había calumniado
no pudo dar a luz, hasta que reveló el nombre del
verdadero padre del niño. Con ello, el furor del pueblo
se tornó en admiración por la humildad y paciencia del
santo. Para huir de la estima de los hombres, Macario se
refugió en el vasto y melancólico desierto de Esqueta,
cuando tenía alrededor de treinta años. Ahí vivió
sesenta años y fue padre espiritual de innumerables
servidores de Dios que se confiaron a su dirección y
gobernaron sus vidas con las reglas que él les trazó.
Todos vivían en ermitas separadas. Sólo un discípulo de
Macario vivía con él y se encargaba de recibir a los
visitantes. Un obispo egipcio mandó a Macario que
recibiera la ordenación sacerdotal a fin de que pudiese
celebrar los divinos misterios para sus ermitaños. Más
tarde, cuando los ermitaños se multiplicaron, fueron
construidas cuatro iglesias, atendidas por otros tantos
sacerdotes.
Las austeridades de Macario eran increíbles. Sólo comía
una vez por semana. En una ocasión, su discípulo Evagrio,
al verle torturado por la sed, le rogó que tomase un
poco de agua; pero Macario se limitó a descansar
brevemente en la sombra, diciéndole: "En estos veinte
años, jamás he comido, bebido, ni dormido lo suficiente
para satisfacer a mi naturaleza." Su cuerpo estaba
debilitado y tembloroso; su rostro, pálido. Para
contradecir sus inclinaciones, no rehusaba beber un poco
de vino, cuando otros se lo pedían, pero después se
abstenía de toda bebida durante dos o tres días. En
vista de lo cual, sus discípulos decidieron impedir que
los visitantes le ofrecieran vino. Macario empleaba
pocas palabras en sus consejos, y recomendaba el
silencio, el retiro y la continua oración sobre todo
esta última a toda clase de personas. Acostumbraba
decir: "En la oración no hace falta decir muchas cosas
ni emplear palabras escogidas. Basta con repetir
sinceramente: Señor, dame las gracias que Tú sabes que
necesito. O bien: Dios mío, ayúdame." Su mansedumbre y
paciencia eran extraordinarias, y lograron la conversión
de un sacerdote pagano y de muchos otros.
Macario ordenó a un joven que le pedía consejos que
fuese a un cementerio a insultar a los muertos y a
alabarlos. Cuando volvió el joven, Macario le preguntó
que le habían respondido los difuntos. "Los muertos no
contestaron a mis insultos, ni a mis alabanzas," le dijo
el joven. "Pues bien, le aconsejó Macario, haz tú lo
mismo y no te dejes impresionar ni por los insultos, ni
por las alabanzas. Sólo muriendo para el mundo y para ti
mismo, podrás empezar a servir a Cristo." A otro le
aconsejó: "Pronto a recibirás de la mano de Dios la
pobreza, recíbela tan alegremente como la abundancia;
así dominarás tus pasiones y vencerás al demonio." Como
cierto monje que se quejaba de que en soledad sufría
grandes tentaciones para quebrantar el ayuno, en tanto
que en el monasterio lo soportaba gozosamente, Macario
le dijo: "El ayuno resulta agradable cuando otros lo
ven, pero es muy duro cuando está oculto a las miradas
de los hombres." Un ermitaño que sufría de fuertes
tentaciones de impureza, fue a consultar a Macario. El
santo, después de examinar el caso, llegó el
convencimiento de que las tentaciones se debían a la
indolencia del ermitaño; así pues, le aconsejó que no
comiera nunca antes de la caída del sol, que se
entregara a la contemplación durante el trabajo, y que
trabajara sin cesar. El ermitaño siguió estos consejos y
se vio libre de sus tentaciones. Dios reveló a Macario
que no era tan perfecto como dos mujeres casadas que
vivían en la ciudad. El santo fue a visitarlas para
averiguar los medios que empleaban para santificarse, y
descubrió que nunca decían palabras ociosas ni ásperas;
que vivían en humildad, paciencia y caridad,
acomodándose al humor de sus maridos, y que santificaban
todas sus acciones con la oración, consagrando a la
gloria de Dios todas sus fuerzas corporales y
espirituales.
Un hereje de la secta de los hieracitas, que negaban la
resurrección de los muertos, había inquietado en su fe a
varios cristianos. Sozomeno, Paladio y Rufino relatan
que San Macario resucitó a un muerto para confirmar a
esos cristianos en su fe. Según Casiano, el santo se
limitó a hacer hablar al muerto y le ordenó que esperase
la resurrección en el sepulcro. Lucio, obispo arriano
que había usurpado la sede de Alejandría, envió tropas
al desierto para que dispersaran a los piadosos monjes,
algunos de los cuales sellaron con su sangre el
testimonio de su fe. Los principales ascetas. Isidoro,
Pambo, los dos Macarios y algunos otros, fueron
desterrados a una pequeña isla del delta del Nilo,
rodeada de pantanos. El ejemplo y la predicación de los
hombres de Dios convirtieron a todos los habitantes de
la isla, que eran paganos. Lucio autorizó más tarde a
los monjes a retornar a sus celdas. Sintiendo que se
acercaba su fin, Macario hizo una visita a los monjes de
Nitria y les exhortó, con palabras tan sentidas, que
éstos se arrodillaron a sus pies llorando. "Sí, hermanos
les dijo Macario, dejemos que nuestros ojos derramen
ríos de lágrimas en esta vida, para que no vayamos al
sitio en que las lágrimas alimentan el fuego de la
tortura" Macario fue llamado por Dios a los noventa
años, después de haber pasado sesenta en el desierto de
Esqueta. Según el testimonio de Casiano, Macario fue el
primer anacoreta de ese vasto desierto. Algunos autores
sostienen que fue discípulo de San Antonio, pero es
imposible que haya vivido bajo la dirección de este
santo, antes de retirarse al desierto. Sin embargo,
parece que más tarde visitó una o varias veces a San
Antonio, quien vivía a unos quince días de viaje del
sitio donde habitaba San Macario.