San Serafín de Sarov
Su vida y enseñanzas
Obispo Alejandro (Mileant).
Traducido por Dra. Elena
Ancibor
La vida del Santo
San Serafín nació en el
año 1759, con el nombre de Prójor Moshnin en la ciudad Kursk en una
familia de comerciantes. Cuando tenia 10 años se enfermó gravemente
y en un sueño se le apareció la Madre de Dios, que prometió sanarlo.
Pocos días después en Kursk se hizo una procesión con el icono
milagroso de Nuestra Señora de Kursk. Debido al mal tiempo la
procesión tomó un camino más corto que pasaba cerca de la casa de
los Moshnin. Después de que la madre de Prójor haya apoyado el icono
sobre la cabeza de su hijo enfermo, éste se empezó a curar
rápidamente. Durante su adolescencia, el muchacho tenía que ayudar a
sus padres en el negocio, pero el comercio no lo atraía. El joven
gustaba leer vidas de santos, ir a la iglesia y orar en soledad.
A 18 años Prójor decidió
hacerse monje. Su madre lo bendijo con un gran crucifijo de bronce,
que el santo empezó a llevar siempre sobre su hábito. San Serafín
entró en el convento de Sarov como novicio.
Desde su primer día en el
convento, su vida se destacó por una extraordinaria moderación en la
comida y en el sueño. Esto constituyó una característica de toda su
vida. Comía poco y sólo una vez por día. Los miércoles y los viernes
directamente se abstenía de comer. Después de pedirle la bendición a
su starez, empezó a irse a menudo al bosque para orar y pensar en
Dios. Poco después se enfermó gravemente de nuevo y por tres años
tuvo que permanecer acostado la mayor parte del tiempo.
Y de nuevo lo sanó la
Santísima Virgen María, Quien se le apareció, acompañada de algunos
santos. Luego Ella señaló al enfermo y le dijo al apóstol Juan el
Teólogo: "Este es de nuestra especie." Luego toco con Su cetro el
costado del enfermo y lo sanó.
Su consagración monástica,
con el nombre de Serafín, tuvo lugar en el año 1786 (a los 27 años).
El nombre Serafín en hebreo significa "ardiente, lleno de fuego."
Poco después fue consagrado como hierodiácono (diácono monje). Él
justificaba su nombre con sus ardientes oraciones y pasaba todo el
tiempo (salvo mínimos descansos) en el templo. Durante estos
esfuerzos de oraciones y servicios religiosos, san Serafín fue
honrado de ver a ángeles, que cantaban y cooficiaban en el templo.
Un Jueves Santo, durante la Liturgia él contempló al Mismo Señor
Jesucristo en la forma de Hijo de Hombre, Quien entraba en el templo
junto con huestes celestiales y bendecía a los fieles que oraban.
Paralizado por esta visión el santo no pudo hablar por mucho tiempo.
En el año 1793, san
Serafín fue consagrado hieromonje (monje sacerdote) y por el
transcurso de un año ofició Misa y tomó la Comunión todos los días.
Luego san Serafín comenzó a alejarse a su "lejano desierto," en la
profundidad del bosque, a 5 kilómetros del monasterio de Sarov.
Llego ahí a un gran perfeccionamiento espiritual. Animales salvajes
como osos, liebres, lobos, zorros y otros venían a la morada del
ermitaño. Una monja anciana, Matrona Pleshcheev del monasterio de
Diveevo, vio personalmente como san Serafín alimentaba con sus manos
a un oso que se le acercó. "El rostro del starez en aquel momento
era luminoso y radiante como el de un Ángel" - contaba ella.
Mientras vivía en su ermita del bosque, san Serafín fue duramente
atacado por unos ladrones. Siendo físicamente fuerte y con un hacha
en las manos, san Serafín no se defendió. Ellos reclamaban dinero,
pero él puso su hacha en la tierra, cruzó los brazos sobre su pecho
y se entregó mansamente. Ellos lo empezaron a golpear en la cabeza
con la madera de su propia hacha hasta que la sangre empezó a correr
de su boca y oídos y cayó desmayado. Ellos continuaron golpeándolo
con un tronco, lo pisaban y lo arrastraban por el suelo. Recién al
creerlo muerto lo dejaron. El único tesoro que los bandidos
encontraron en su celda era el icono de Nuestra Señora del
Enternecimiento (Umilenie), ante el cual él siempre oraba. Cuando
estos malhechores fueron prendidos y juzgados, el santo intercedió
por ellos ante el juez. Después de los golpes recibidos, san Serafín
quedo encorvado para toda su vida.
Poco después san Serafín
comenzó un periodo en el que empezó a pasar los días rezando sobre
una piedra cerca de su ermita y las noches en lo espeso del bosque.
Él rezaba casi sin interrupción con los brazos levantados hacia el
cielo. Esta hazaña espiritual la llevó a cabo por mil días.
Al final de su vida, tras
una visión especial de la Madre de Dios, san Serafín asumió la tarea
de ser starez y empezó a atender a todos los que venían buscando su
consejo y dirección espiritual. Miles de visitantes de diferentes
clases sociales venían a verlo y él los enriquecía con sus tesoros
espirituales adquiridos durante muchos años de trabajo. Todos lo
veían alegre, manso, cordial, meditabundo y con el alma abierta. A
la gente le decía, a modo de saludo, "Alegría mía." A muchos
aconsejaba: "Busca lograr tener el espíritu en paz y miles se
salvaran a tu alrededor." Saludaba a todos sus visitantes,
inclinándose hasta el suelo, los bendecía y les besaba las manos. No
hacia falta contarle las preocupaciones pues el starez sabía lo que
cada persona tenia en su alma. También decía: "Ser alegre no es un
pecado, pues la alegría aleja el cansancio, que causa el desaliento,
y esto es lo peor."
A un monje le decía una
vez: "Si tú supieras que alegría, que dulzura espera al alma del
justo en el cielo, aceptarías todas las penas, las persecuciones y
las calumnias agradecido. Hasta si esta misma celda estuviera llena
de gusanos y estos comieran nuestro cuerpo durante toda la vida, uno
debería aceptar todo esto con ganas, para no ser privado de la
alegría celestial que preparó Dios para los que Lo aman."
Motovilov, un discípulo
cercano y venerador de san Serafín, fue testigo de la milagrosa
transfiguración de su rostro. Esto paso en el bosque durante el
sombrío invierno. Era un día nublado, Motovilov estaba sentado sobre
un tronco y san Serafín se encontraba frente a él en cuclillas y
hablaba sobre el sentido de la vida cristiana y explicaba para que
vivimos nosotros, los cristianos, en la tierra:
"Es necesario, que el
Espíritu Santo entre en el corazón. Todo lo bueno que hacemos por
Cristo nos da al Espíritu Santo, pero sobre todo la oración, que
está siempre a nuestro alcance."
"Padre - le contestó
Motovilov - ¿cómo puedo ver yo la Gracia del Espíritu Santo y saber
si esta conmigo o no?" San Serafín le dio ejemplos de la vida de
santos y apóstoles, pero Motovilov seguía sin entender. Entonces el
starez lo tomó fuerte del hombro y le dijo: "Ambos estamos ahora en
el Espíritu de Dios." Motovilov sintió como que se le abrieron los
ojos y vio que el rostro del santo era más luminoso que el sol. En
su corazón Motovilov sentía alegría y la silencio, su cuerpo
percibía un calor como si fuera verano y alrededor de ambos se
sentía un perfume agradable. Motovilov se asustó por este cambio
milagroso, principalmente por la luminosidad del rostro del Santo
Pero san Serafín le dijo: "No tema, padre, Usted no podría ni
siquiera verme, de no estar también en la plenitud del Espíritu
Santo. Agradézcale al Señor por Su benevolencia hacia nosotros."
Así Motovilov entendió con
su mente y corazón lo que significa el descenso del Espíritu Santo y
como trasforma Él a un hombre.
La Iglesia recuerda a San
Serafín el primero de agosto y el 15 de enero (19 de julio y 2 de
enero según el calendario eclesiástico, el juliano).
Las
enseñanzas de San Serafín
Contenido:
Sobre Dios
Dios es el fuego que
calienta e inflama a los corazones y las entrañas. Por eso si
sentimos frío en nuestros corazones, éste proviene del diablo
(porque él es frío); llamemos al Señor y Él vendrá y calentará
nuestro corazón con un amor perfecto, no solo hacia Él, sino también
hacia nuestros prójimos. Y por el calor de Su rostro huirá el frío
del que odia el bien.
Donde está Dios no hay
mal. Todo lo que proviene de Dios es útil, trae paz y lleva al
hombre a condenar sus defectos y a ser humilde.
Dios demuestra Su amor a
los hombres no solo cuando hacemos el bien, sino también cuando Lo
ofendemos con nuestros pecados. ¡Con qué enorme paciencia soporta Él
nuestras faltas! Y cuando nos castiga, ¡con qué misericordia lo
hace! El beato Isaac dice: "No llames Justo a Dios, porque en tus
hechos no se ve Su justicia. Es verdad que David Lo llamaba justo y
derecho, pero el Hijo de Dios nos hizo ver que Dios es aún más
benigno y misericordioso. ¿Dónde esta Su justicia? Fuimos pecadores
y Cristo murió por nosotros" (san Isaac el Sirio, discurso 90).
Las causas de la
venida de Cristo:
-
el amor de Dios al
género humano "De tal manera amó Dios al mundo, que ha
dado a Su Hijo Unigénito" (Jn. 3:16).
-
Restablecimiento
en el hombre caído de la imagen y semejanza Divinas.
-
La salvación de
las almas humanas: "Porque no envío Dios a Su Hijo al
mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea
salvado por Él" (Jn. 3:17).
Nosotros, en concordancia
con los objetivos de Nuestro Salvador, debemos vivir de acuerdo a Su
Divina enseñanza, para salvar con esto nuestras almas.
La
fe
Según dice San Antíoco, la
fe es el comienzo de nuestra unión con Dios: el creyente verdadero
es una piedra del templo Divino, preparado para el edificio de Dios
Padre, elevado a la altura con la fuerza de Jesucristo, o sea, con
Su cruz y con la ayuda de la Gracia del Espíritu Santo.
"La fe sin obras es
muerta" (Jac.
2:26). Obras de la fe son: el amor, la paz, la paciencia, la
benevolencia, la humildad, llevar la cruz y vivir espiritualmente.
La fe verdadera no puede quedar sin obras buenas. Quien cree
sinceramente, invariablemente hace también obras de bien.
La Esperanza
Todos, los que tienen una
firme esperanza en Dios, se elevan a Él y se iluminan con el
resplandor de la luz eterna.
Si el hombre no se ocupa
demasiado de sí mismo por el amor a Dios y para las obras de virtud
sabiendo que Dios se ocupa de él, entonces su esperanza es verdadera
y sabia. En cambio, si el hombre confía solamente en sí mismo y sus
actos y se dirige a Dios solo cuando tiene grandes e inesperadas
dificultades y solo cuando ve la insuficiencia de sus medios empieza
a confiar en la ayuda de Dios, entonces tal esperanza es vana y
falsa. La verdadera esperanza busca sólo al Reino de Dios y está
segura de que todo lo necesario para la vida temporal le será dado
siempre. El corazón no puede tener paz hasta que logre tal
esperanza. Ella es la que lo apacigua totalmente y le da alegría.
Sobre este tipo de esperanza dijo nuestro Salvador: "Venid a Mí
todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar"
(Mt. 11:28).
El amor a Dios
Aquel que logra un
perfecto amor a Dios vive esta existencia como si no perteneciera a
este mundo. Ya que él se siente extraño para lo visible y espera con
paciencia lo invisible. El se cambió por entero en el amor a Dios y
dejo todos sus vínculos mundanos.
El que ama realmente a
Dios con todo su ser, se considera como peregrino y extranjero en
esta tierra ya que ve sólo a Dios debido a su tendencia a buscarlo.
La preocupación por el
alma. El cuerpo del hombre se parece a una vela prendida. La vela
debe quemarse y el hombre debe morir. Pero su alma es inmortal y por
esto nuestra preocupación debe ser mayor por el alma que por el
cuerpo: "¿Qué aprovechara al hombre, si ganare todo el mundo, y
perdiera su alma? O ¿qué recompensa dará el hombre por su alma?"
(Mt. 16:26), por la cual nada en el mundo puede servir de
recompensa. Si un alma, por sí sola, es más preciosa que todo el
mundo y el reino terrenal, entonces, es sin duda más precioso el
Reino de los Cielos. Consideramos el alma como lo más valioso porque
- como dice san Macario el Grande - Dios no se dignó a comunicarse
ni a unirse con Su naturaleza espiritual a ninguna criatura visible,
a excepción del hombre, al cual ama más que a todas Sus criaturas.
Amor al prójimo
A los prójimos hay que
tratarlos amablemente, no hay que mostrar nunca ni siquiera
disgusto, aún si nos ofenden. Si nos alejamos de alguien o lo
ofendemos, sentimos como una piedra sobre nuestro corazón. Hay que
animar el espíritu de un hombre triste o abatido con palabras de
amor. Cuando vez a tu hermano pecando - cúbrelo, como aconseja san
Isaac el sirio: "Extiende tu capa sobre el pecador y cúbrelo."
Con respecto a nuestros
prójimos, debemos ser puros de palabra y pensamiento y tratarlos a
todos por igual; si no convertiremos nuestra vida en algo inútil.
Hay que saber amar al prójimo no menos, que a nosotros mismos, según
el mandamiento del Señor: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo"
(Lc. 10:27). Pero no de manera tal que el amor al prójimo exceda
los límites y nos aleje del cumplimiento del primer y más importante
mandamiento: el de amar a Dios. El mismo Señor nos enseña: "El
que ama a padre o madre mas que a mí, no es digno de Mí; el que ama
a hijo o hija mas que a mí, no es digno de Mí" (Mt. 10:37).
La misericordia
Hay que ser misericordioso
hacia los pobres y los peregrinos; sobre esto se preocupaban mucho
los Padres y las grandes luminarias de la Iglesia. Con respecto a
esta virtud tenemos tratar, por todos los medios, de cumplir los
siguientes mandamientos de Dios: "Sed misericordiosos, como
también vuestro Padre es misericordioso" y "Misericordia
quiero, y no sacrificio" (Lc. 6:36; Mt. 9:13). Los sabios
escuchan estas palabras salvadoras y los necios no las escuchan; por
eso la recompensa no será igual, como fue dicho: "El que siembra
escasamente, también segara escasamente; y el que siembra
generosamente, generosamente también segara" (2 Cor. 9:6).
Que el ejemplo de Pedro
Dador de pan, quien por un pedazo de pan ofrecido a un mendigo,
recibió el perdón de todos sus pecados (lo que le fue mostrado en
una visión), nos inspire a ser misericordiosos con los prójimos, ya
que incluso una pequeña limosna ayuda mucho a obtener el Reino de
Dios.
Hay que ofrecer la limosna
con buena disposición del alma; como dice san Isaac el Sirio: "Si
das algo a quien te lo pide, que la alegría de tu rostro preceda a
tu dádiva y con palabras benignas consuela su pena."
No juzgar y perdonar las
ofensas
No se debe juzgar a nadie,
incluso aunque hayas visto con tus propios ojos sus pecados y sus
transgresiones a los mandamientos de Dios. Como dice la palabra
Divina: "No juzguéis, para que no seáis juzgados" (Mt. 7:1).
"¿Tu quién eres, que juzgas al criado ajeno? Para su propio Señor
esta en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor
para hacerle estar firme" (Rom. 14:4). Es mucho mejor recordar
las palabras del Apóstol: "El que piensa estar firme, mire que no
caiga" (1 Cor. 10:12).
No hay que sentir ni odio
ni ira a una persona que está enemistada con nosotros, por el
contrario hay que amarlo y tratar de hacerle tanto bien como nos sea
posible, como Dios nos enseña: "Amad a vuestros enemigos... haced
bien a los que os aborrecen" (Mt. 5:44). Si tratamos con todas
nuestras fuerzas de cumplir este mandamiento podemos tener la
esperanza de que la luz Divina brille en nuestros corazones, que nos
ilumine el camino hacia el Jerusalén Celestial.
¿Por qué acusamos a
nuestros prójimos? Es porque no tratamos de conocernos a nosotros
mismos. Quien esta ocupado en conocerse a sí mismo no tiene tiempo
para criticar las faltas de los demás. Júzgate a ti mismo - y
dejaras a juzgar a los demás. Condena la mala acción, pero no a
aquel que la comete. Asimismo hay que considerarse como el peor de
los pecadores y perdonar cualquier acción mala del prójimo. Hay que
odiar únicamente al diablo pues éste fue quien lo sedujo. Además una
acción del prójimo puede parecernos mala pero ser en realidad una
buena obra por sus buenas intenciones. Por otro lado la puerta de la
penitencia está abierta para todos y no se puede saber quien entrará
primero por ella: si tú, quien acusa o el juzgado por ti.
La penitencia
El que desea salvarse,
debe tener su corazón siempre dispuesto al arrepentimiento y la
contrición: "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado;
al corazón contrito y humillado no despreciaras tu, oh Dios"
(Sal. 51:17). Con el espíritu humilde, el hombre puede evitar con
facilidad todas las trampas astutas del diablo, quien se esfuerza a
alterar el espíritu del hombre y sembrar sus cizañas, según las
palabras Evangélicas: "¿Señor, no sembraste buena semilla en tu
campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha
hecho esto" (Mt. 13:27-28). Cuando el hombre trata de tener el
corazón humilde y guarda paz en sus pensamientos, todas las
maquinaciones del enemigo son vanas. Ya que donde hay paz en los
pensamientos reposa el mismo Dios; se dijo: en la paz esta Su lugar
(Sal.76:2).
Nosotros, durante toda la
vida, ofendemos la grandeza Divina con nuestras caídas en pecado;
por eso debemos pedirle con humildad perdón al Señor por nuestros
pecados.
El ayuno
Nuestro Señor Jesucristo,
Jefe de las hazañas espirituales y Salvador Nuestro, antes de
empezar la hazaña de la redención del genero humano, se fortificó
con un prolongado ayuno. Todos los ascetas antes de comenzar a
trabajar para el Señor, se armaban con ayunos y sólo en ayuno
empezaban el camino de la cruz. Sus progresos en el ascetismo medían
con sus éxitos en el ayuno.
Con todo esto, los santos
ascetas sorprendían a todos al no conocer la debilidad, siempre
permanecían briosos, fuertes y listos para la acción. Las
enfermedades entre ellos eran muy raras y sus vidas eran muy
prolongadas.
Mientras el cuerpo del
ayunante se vuelve ligero y más delgado, la vida espiritual se
perfecciona y se muestra en fenómenos sobrenaturales. Entonces el
espíritu actúa como en un cuerpo incorpóreo. Los sentidos externos
se cierran y la mente, apartándose de lo terrenal, se eleva hacia el
cielo y se sumerge completamente en la contemplación del mundo
espiritual. Pero no todos pueden seguir esta regla muy severa de
contención en todo y de privación de todo lo que puede servir para
aliviar las dolencias. "El que sea capaz de recibir esto, que lo
reciba" (Mt. 19:12).
Se debe ingerir una
cantidad de comida para que el cuerpo se fortifique y sea un
ayudante y amigo del alma en hacer el bien; en caso contrario un
cuerpo debilitado puede debilitar el alma. Los días miércoles y
viernes, especialmente durante las cuatro abstinencias anuales,
sigue el ejemplo de los Padres y come una sola vez por día y el
Ángel del Señor estará siempre contigo.
La paciencia y la humildad
Siempre hay que soportar
todo lo que pasa y recibirlo como enviado por Dios y con
agradecimiento. Nuestra vida es un minuto en comparación con la
eternidad. Por esto, como dice el apóstol: "las aflicciones del
tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en
nosotros ha de manifestarse" (Rom. 8:18).
Soporta en silencio cuando
te ofende un enemigo y sólo al Señor abre en ese caso tu corazón. Al
que te humilla o denigra tu honor, trata por todos los medios de
perdonarlo con todo tu corazón, según la palabra Evangélica: "Al
que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva" (Luc.
6:30).
Cuando la gente nos
insulta, debemos considerarnos indignos de halagos y debemos pensar
que si fuéramos dignos, todos nos respetarían. Debemos siempre
portarnos humildemente con todos los hombres, como nos dice san
Isaac el Sirio: " Sé humilde y veras la Gloria de Dios en ti."
Las enfermedades
El cuerpo es el esclavo
del alma, que es la reina. Por eso, ocurre a menudo que por la
misericordia Divina nuestro cuerpo se debilita con enfermedades y
con ellas nuestros vicios pierden fuerza y el hombre vuelve en sí.
Además la misma enfermedad corporal puede ser consecuencia de
nuestras pasiones y nuestros vicios. A quien soporta la enfermedad
con paciencia y agradecimiento la enfermedad se le computa como una
hazaña espiritual o incluso más que esto.
Un monje anciano, que
sufría de hidropesía, decía a los hermanos, que lo venían a curar:
"Padres oren para que mi alma no sufra de semejante enfermedad.
Ruego a Dios que no me libere de mi actual dolencia de repente ya
que mientras mi persona externa se consume, el hombre interno se
renueva" (2Cor 4:16).
La paz del alma
La paz del alma se logra
sufriendo penas. Las Escrituras dicen: "Pasamos por el fuego y
por el agua, y nos sacaste a abundancia" (Sal. 66:12). Para los
que desean complacer a Dios, el camino transcurre a través de muchas
penas. ¿Cómo podemos alabar a los santos mártires por sus
sufrimientos que pasaron por Dios si no sabemos siquiera aguantar
una fiebre?
Para lograr la paz interna
nada es mejor a permanecer en silencio, preferentemente conversando
consigo mismo y muy poco con los demás. Es señal de vida espiritual
cuando una persona penetra en su mundo interior y trabaja
secretamente en su corazón.
Esta paz, como un tesoro
invaluable, dejo nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos antes de
Su muerte, diciendo: "La paz os dejo, Mi paz os doy" (Jn.
14:27). También el apóstol lo dice: "La paz de Dios, que
sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros
pensamientos en Cristo Jesús" (Filip. 4:7). "Seguid la paz
con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (Heb.
12:14).
Por ello debemos dirigir
todos nuestros pensamientos, deseos y actos para el recibimiento de
la paz Divina y siempre clamar con la Iglesia: "Señor Dios
nuestro, Tu nos darás paz" (Is. 26:12).
Es necesario, por todos
los medios, tratar de conservar la paz del alma y no indignarse por
las ofensas de otra gente. Para eso es menester evitar la ira y con
atención proteger la mente y el corazón de vacilaciones incorrectas.
Las ofensas hay que
soportarlas con indulgencia y aprender a tomarlas como si no nos
afectaran. Este ejercicio puede darle la calma a nuestro corazón y
hacerlo morada del Mismo Dios.
Vemos un ejemplo de tal
ausencia de ira en la vida de san Gregorio el Milagroso. Una ramera
le exigía públicamente que le pagara por un supuesto pecado cometido
con ella. Él no se enojó con ella y le dijo mansamente a su amigo:"
Dale enseguida el precio que ella exige." La mujer, tan pronto
recibió el pago injusto, se tornó poseída por un demonio. Entonces
el Santo, con oraciones, expulsó al demonio de ella.
Si es imposible evitar
indignarse, como mínimo hay que detener la lengua, según la palabra
del rey David: "Estaba yo quebrantado, y no hablaba" (Sal.
77:4).
Podemos seguir en este
caso los ejemplos de san Spiridón de Trimifun y de san Efremo el
Sirio. El primero soportó una ofensa así: una vez, tras ser llamado
por el rey de Grecia, quería entrar en el palacio y uno de los
servidores, tomándolo por un mendigo, no lo dejaba entrar, se reía
de él y hasta lo abofeteó. San Spiridón que era manso, le presentó
la otra mejilla, como indica el Evangelio (Mt. 5:39). San Efremo,
que vivía en el desierto, se quedó sin comida una vez cuando su
discípulo rompió sin querer por el camino la vasija que la contenía.
El santo, viéndolo muy triste, le dijo: "No te aflijas, hermano, si
la comida no quiso llegar a nosotros, iremos hacia ella." Y el santo
fue, se sentó al lado de la vasija rota y comió lo que se había
caído. ¡Hasta tal punto era su mansedumbre y su falta de ira!
Para mantener la paz del
alma, hay que apartar de uno la tristeza y tratar de tener el
espíritu alegre, según la palabra del sabio Sirah: "La tristeza
mató a muchos y no hay utilidad en ella" (Sir. 30:25).
Para conservar la paz del
alma hay que evitar también criticar a la gente. Con el silencio y
la condescendencia hacia el hermano se conserva la paz del alma.
Encontrándose en este estado es posible recibir revelaciones
Divinas.
Para no caer en la
condenación de los prójimos, no hay que aceptar malos comentarios de
nadie, estar como muerto para esos dichos y escuchar nuestro
interior.
Para la paz espiritual hay
que entrar en sí mismo más a menudo y preguntarse: ¿Dónde estoy?
Además hay que estar atento para que los sentidos corporales, sobre
todo la vista, sirvan al hombre interno y no lo distraigan con
objetos sensuales o sensoriales. Hay que recordar que los dones de
gracia lo reciben solamente aquellos que trabajan internamente y
cuidan sus almas.
Las hazañas espirituales
A los discípulos que
trataban de hacer hazañas excesivas, san Serafín les decía, que
soportar mansamente y sin quejas las ofensas son nuestras pesadas
cadenas y pesas y nuestra vestimenta pesada hecha de áspero material
(que algunos monjes usaban para dominar su cuerpo).
No hay que emprender
hazañas desmedidas y hay que tratar de que nuestro cuerpo nos sea
fiel y nos ayude en ser virtuosos. No hay que desviarse ni a la
derecha, ni a la izquierda, tomando el camino del medio (Sabid.
4:27), dándole al espíritu lo espiritual y al cuerpo lo corporal, lo
necesario para mantener nuestra vida temporal. Tampoco hay que
negarle a la vida social lo que ella exige, como dicen las Sagradas
Escrituras: "Dad al Cesar lo que es de Cesar, y a Dios lo que es
de Dios" (Mt. 22:21).
Hay que ser
condescendiente con nuestra alma por sus debilidades e
imperfecciones y soportar sus fallas, así como las de nuestros
prójimos; pero no podemos tornarnos perezosos y debemos obligarnos
permanentemente a mejorar.
Si comiste de más o
hiciste otra cosa por debilidad humana, no te turbes y no le
agregues mal al mal, sino con empeño trata de corregirte y guardar
la paz del alma, como dijo el apóstol: "Bienaventurada el que no
se condena a sí mismo en lo que aprueba" (Rom. 14:22). El mismo
sentido tienen las palabras del Salvador: "Si no os volvéis y os
hacéis como niños, no entrareis en el Reino de los Cielos" (Mt.
18:3).
Cualquier éxito lo debemos
atribuir al Señor y decir con el profeta: "No a nosotros, no a
nosotros Señor, si no a Tu nombre de la Gloria" (Sal. 115).
La pureza del corazón
Tenemos que proteger
siempre nuestro corazón de pensamientos e impresiones indecentes,
como dice el autor de las Parábolas: "Sobre toda cosa guardada,
guarda tu corazón; porque de él mana la vida" (Prov. 4:23).
De una larga protección
del corazón, nace en éste la pureza, para la cual es accesible ver
al Señor, según la afirmación de la Verdad eterna:
"Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios"
(Mt. 5:8).
Lo mejor que tenemos en el
corazón no lo debemos mostrar sin necesidad, ya que lo obtenido sólo
está a salvo de los enemigos visibles e invisibles cuando es
conservado como tesoro en el fondo del corazón. No le descubras a
todos los secretos de tu corazón.
Como reconocer
los movimientos del corazón
Cuando el hombre recibe
algo Divino se alegra en su corazón; en cambio cuando recibe algo
diabólico, se siente confundido y turbado.
Cuando el corazón del
cristiano recibe algo Divino no necesita confirmar por otro medio
que esto proviene del Señor; se convence solo de que proviene del
Señor ya que siente en sí los frutos espirituales: "amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"
(Gal. 5:22-23). En cambio el corazón por el diablo, aunque se
disfrace de Ángel de luz (2 Cor. 11:14) o presente pensamientos de
la mejor apariencia, siempre sentirá algo incierto, inquietud en los
pensamientos y confusión de los sentidos.
El diablo, que "como un
león, se esconde en su cueva" (Sal. 10:9), en secreto pone sus
redes de pensamientos sucios e indecentes. Apenas los notamos,
debemos destruirlos con la oración y pensamientos piadosos.
Necesitamos una gran
atención y esfuerzos para que durante el canto de los salmos,
nuestra mente este de acuerdo con el corazón y la boca y para que en
nuestra oración no se mezclen malos olores con el incienso. Dios
rechaza al corazón con pensamientos impuros.
Durante día y noche,
siempre, con lagrimas, acudamos a la misericordia Divina, para que
Él purifique nuestros corazones de cualquier pensamiento malo, para
poder ofrecerle dignamente los dones de nuestro servicio. Hacemos
bien cuando no aceptamos pensamientos malos inducidos por el diablo.
El espíritu impuro tiene
influencia fuerte solo sobre los apasionados, a los purificados de
pasiones los toca solo en forma parcial o externa. Una persona joven
no puede no turbarse por pensamientos corporales. Pero él debe rezar
al Señor Dios para que se apague el fuego de pasiones viciosas desde
el principio. Entonces la llama no se fortalecerá.
La excesiva
preocupación por lo mundano
La preocupación excesiva
por las cosas de la vida es característica para un hombre no
creyente y pusilánime. ¡Y pobre de nosotros, si pensando en nosotros
mismos, no depositamos la esperanza en Dios, que se preocupa de
nosotros! Si los bienes visibles que usamos en el presente no se lo
atribuimos a Él, ¿cómo podemos esperar de Él los bienes prometidos
para el futuro? No seamos así poco creyentes y busquemos mejor en
primer término al Reino de Dios y todas estas cosas nos serán
añadidas, según la palabra del Salvador (Mt. 6:33).
La tristeza
Cuando el espíritu malo de
la tristeza se apodera del alma, la llena de amargura y desagrado,
no le deja orar con la dedicación necesaria, dificulta la lectura de
escritos espirituales, la priva de bondad, mansedumbre y buen humor
en las relaciones con la gente y rechaza toda conversación. Porque
el alma, llena de tristeza, se vuelve como alienada y exaltada, no
puede recibir con tranquilidad ningún consejo bueno, ni contestar
mansamente a las preguntas. Ella huye de la gente, como si fueron
ellos los causantes de su estado y no entiende que su enfermedad es
interna. La tristeza es un gusano en el corazón, que roe a su propia
madre.
Quien venció a sus
pasiones también venció a la tristeza. En cambio, el vencido por las
pasiones no evitara la tristeza. Como un enfermo se distingue por el
color de su rostro, el poseído por una pasión se manifiesta por la
tristeza. Quien ama al mundo no puede evitar la tristeza. El que
desprecia el mundo está alegre siempre. Así como el fuego purifica
al oro, la tristeza por Dios (el arrepentimiento) purifica al
corazón pecador.
La vida activa y la
contemplativa
El hombre consta de alma y
cuerpo y por eso su camino de vida debe comprender las acciones
corporales y las del alma, de vidas activa y contemplativa.
La vida activa está
compuesta por el ayuno, la contención, la vigilia, la oración, el
arrodillamiento y otros esfuerzos corporales, que constituyen un
camino estrecho y penoso de sacrificios, que lleva a la vida eterna,
según el Evangelio (Mt. 7:14).
La vida contemplativa
incluye el direccionamiento de la mente hacia Dios, el corazón
atento, la oración concentrada, con lo que se llega a la
contemplación de objetos espirituales.
El que desea tener una
vida espiritual, debe empezar por la vida activa, porque sin la vida
activa no podrá entrar en la vida contemplativa.
La vida activa sirve para
purificarnos de las pasiones viciosas y nos eleva a un escalón de
una perfección de acción, que nos abre el camino a la vida
contemplativa. Solamente los purificados de pasiones y perfectos
pueden acercarse a esta otra vida(la contemplativa), como se ve de
la Sagrada Escritura: "Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios" (Mt. 5:8) y de las palabras de san
Gregorio el Teólogo: "Hacia la contemplación pueden acercarse, sin
peligro, solo los perfectos, por su experiencia."
Si no tenemos un maestro
para dirigirnos a la vida contemplativa, hay que guiarse por las
Sagradas Escrituras, ya que el mismo Señor Jesucristo nos ordena
aprender de Ellas: "Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros
les parece que en ellas tenéis la vida eterna" (Jn. 5:39).
No se debe dejar la vida
activa ni siquiera después de haber tenido tanto éxito y haber
llegado a la contemplativa porque ésta es ayudada y enaltecida por
la vida activa.
La luz de Cristo
Para recibir y sentir en
el corazón la luz de Cristo, hay que alejarse lo más posible de las
acciones visibles. Luego de purificar el alma con la penitencia y
obras de bien, y con una fe sincera en el Crucificado, cerrando los
ojos, hay que sumergir la mente en el interior del corazón, clamar y
llamar, sin cesar, el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Entonces,
en la medida del esfuerzo y del ardor del espíritu hacia el
Bienamado (Luc. 3:22), el hombre encuentra en el nombre invocado una
dulzura que provoca sed de conocimiento superior.
Cuando el hombre
internamente ve la luz eterna su mente se torna limpia y libre de
imágenes sensoriales. Estando todo concentrado en la admiración de
la belleza no creada, olvida todo lo sensorial, no se quiere ver
tampoco a sí mismo, quiere esconderse en el núcleo de la tierra,
solo para no perder a este verdadero Bien: a Dios.
La adquisición del
Espíritu Santo
(Extraído de las
conversaciones con Motovilov).
La verdadera finalidad de
nuestra vida cristiana consiste en la adquisición del Espíritu Santo
de Dios. El ayuno, la vigilia, la oración, la limosna y toda obra de
bien, hecha en nombre de Cristo, son medios para recibir el Divino
Espíritu Santo. Sólo las obras de bien hechas por Cristo nos traen
los frutos del Espíritu Santo.
Algunos dicen que la
escasez de aceite en las lámparas de las vírgenes insensatas hace
referencia a la escasez de virtudes (parábola de las diez vírgenes,
Mt. 25:1-12). Esta interpretación no es del todo correcta. ¿Tienen
ellas falta de virtudes si, a pesar de ser nominadas insensatas, son
llamadas vírgenes ? La virginidad es una virtud altísima, como un
estado similar al angelical y podría por sí sola suplir a otras
virtudes Yo pienso humildemente que les faltaba precisamente gracia
del Santísimo Espíritu Santo. Ellas obraban bien pero creían, por
errores espirituales, que en eso solo consiste el cristianismo.
Cuando hicieron una obra de bien creyeron que hicieron también una
obra Divina y no se preocuparon si recibieron la Gracia de Dios o si
la alcanzaron. Justamente era la gracia del Espíritu Santo,
simbolizada por el aceite, la que hacía falta a las Vírgenes necias.
Ellas son llamadas "necias" porque se olvidaron del fruto necesario
de la virtud, que es la gracia del Espíritu Santo, sin la cual nadie
puede ni podrá salvarse ya que "toda alma es vivificada por el
Espíritu Santo y elevada por la pureza y es iluminada por la Unidad
de la Trinidad de manera sagrada y misteriosa" (Antífona antes del
Evangelio en el servicio matutino). El Espíritu Santo Mismo viene a
habitar en nuestras almas; y esta residencia y la coexistencia en
nosotros del Todopoderoso, de su Unidad Trinitaria con nuestro
espíritu, no nos son dadas más que a condición de trabajar, por
todos los medios en nuestro poder, para la obtención del Espíritu
Santo y esto prepara en nuestro cuerpo y nuestra alma una morada
digna de este encuentro, un trono para la coexistencia del Dios que
todo creó con nuestro espíritu. Como dice la palabra inmutable de
Dios: "Habitaré y caminaré en medio de ellos; seré su Dios y
ellos serán mi pueblo" (2 Cor. 6:16; Lv. 26:11-12; Ez. 37:27).
Este es el aceite que las
prudentes tenían en sus lámparas, que fue capaz de alumbrar por
muchas horas y que les permitió a éstas vírgenes recibir la llegada
del Esposo a medianoche y entrar con Él al castillo del goce eterno.
Las Vírgenes necias, al ver que la luz de sus lámparas estaba por
extinguirse, fueron al mercado en busca de aceite, pero no tuvieron
tiempo de regresar pues la puerta se había cerrado. El mercado es
nuestra vida. La puerta del palacio, cerrada e impidiendo el acceso
al Esposo es nuestra muerte humana; las vírgenes prudentes y necias
son las almas cristianas. El aceite no simboliza nuestras acciones
buenas sino la gracia del Espíritu Santo que obtenemos por ellas,
gracia que transforma lo perecedero en imperecedero, la muerte del
alma en vida espiritual, las tinieblas en luz, el establo donde
están encadenadas como bestias y animales nuestras pasiones, en
templo de Dios, en un radiante castillo de alegría eterna por
Jesucristo, Nuestro Señor, Creador y Salvador.
Grande es la compasión que
Dios tiene por nuestra desgracia, es decir por nuestra negligencia
hacia Su solicitud cuando dijo: "Mira que estoy de pie junto a la
puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su
casa y cenaré con él y él conmigo" (Ap. 3:20); por "puerta"
debemos entender el curso de nuestra vida aún no detenido por la
muerte.
Panfleto Misionero # SA8 Copyright
© 2001 y Publicado por la Iglesia
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Editor: Obispo Alejandro (Mileant).