El
nacimiento de este santo el año 377, fue el fruto de las
oraciones de sus padres, Pablo y Dionisia, y de la
intercesión del mártir Polyeucto. El padre de Eutimio
era un rico ciudadano de Melitene de Armenia. Ahí se
inició Eutimio en las ciencias sagradas, bajo la
dirección del obispo, quien le ordenó sacerdote y le
encargó la supervisión de los monasterios. Eutimio
visitaba con frecuencia el monasterio de San Polyeucto,
y pasaba noches enteras orando en el monte vecino.
Asimismo, se retiraba a orar todos los años, desde la
octava de la Epifanía hasta el fin de la Cuaresma. Como
su deseo de soledad no se satisfacía con esto, Eutimio
abandonó secretamente su ciudad natal, a los veintinueve
años de edad. Después de orar en los santos lugares de
Jerusalén, se refugió en una celda, a diez kilómetros de
la ciudad, cerca de la "laura" de Farán. Tejiendo
canastas, ganaba lo suficiente para vivir y aun repartía
algunas limosnas entre los pobres. Cinco años más tarde,
se retiró con un tal Teoctisto a una cueva situada a
unos quince kilómetros de su celda anterior, en el
camino a Jericó. Ahí empezó a reunir algunos discípulos
hacia el año 411. Confiando a Teoctisto el cuidado de la
comunidad, el santo volvió a retirarse a una remota
ermita. Sólo los sábados y domingos recibía a quienes
iban en busca de consejo. Eutimio exhortaba a sus monjes
a no comer nunca más de lo necesario para satisfacer el
hambre, y les prohibía toda especie de singularidad en
el ayuno y otras austeridades, porque tales cosas
favorecen la vanidad y desarrollan la voluntad propia.
Siguiendo el ejemplo de su maestro, todos los monjes se
retiraban a la soledad desde la Epifanía hasta el
Domingo de Ramos, fecha en que se reunían en el
monasterio para celebrar los oficios de la Semana Santa.
Eutimio recomendaba el silencio y el trabajo manual, con
suerte sus monjes ganaban para comer, y un poco más para
ayudar a los pobres.
Con la señal de la cruz y una corta oración, San Autimio
curó de una parálisis de medio cuerpo a un joven árabe.
El padre de éste, que había recurrido en vano a las
famosas artes físicas y mágicas de los persas, se
convirtió al cristianismo. Esto desató una oleada de
conversiones entre los árabes, debido a esto el
patriarca de Jerusalén, Juvenal, consagró obispo a
Eutimio para que atendiese a las necesidades
espirituales de los convertidos. El santo estuvo
presente en el Concilio de Efeso, en 431. Juvenal
construyó a San Aufimio una "laura" en el camino de
Jerusalén a Jericó. No por ello abandonó el santo su
regla de estricta soledad, sino que gobernó a sus monjes
por medio de vicarios a quienes daba sus instrucciones
los domingos. La humildad y caridad de Eutimio le
permitía ganar los corazones de cuantos se le acercaban.
Su don de lágrimas parece haber sido todavía más notable
que el del gran Arsenio. San Cirilo de Escitópolis
relata muchos de los milagros obrados por el santo con
sólo hacer la señal de la cruz. En un periodo de sequía,
Eutimio exhortó al pueblo a la penitencia para apartar
esa plaga, las multitudes acudían en procesión a su
celda llevando cruces, cantando el "Kirie eleison," y
suplicándole que ofreciere a Dios sus oraciones por
ellos. Eutimio respondía: "Yo soy un pecador. ¿Cómo
queréis que me presente ante Dios, que está airado por
nuestras culpas? Postrémonos todos juntos en su
presencia, y Él nos escuchará." La multitud obedeció, y
el santo, dirigiéndose a su capilla, se postró también
en oración. El cielo se oscureció repentinamente, la
lluvia cayó en abundancia, y las cosechas fueron
notablemente buenas.
Cuando la emperatriz Eudoxia, viuda de Teodosio II,
consultó a San Simeón el Estilista sobre las penas que
afligían a su familia, dicho santo remitió a la hereje a
San Eutimio. Este no recibía a ninguna mujer en su
"laura." La emperatriz se construyó un refugio a cierta
distancia y le rogó que fuese a verla ahí. San Autimio
le aconsejó renunciar a la herejía de Eutiques y
suscribir el credo del Concilio de Calcedonia. Eudoxia
siguió el consejo, como si fuera la voz de Dios, y volcó
su fe a la ortodoxia. Gran parte del pueblo siguió su
ejemplo. El año 459, la emperatriz pidió de nuevo al
santo que fuese a verla a su refugio, pues tenía el plan
de dotar la "laura" con rentas suficientes para su
manutención. Eutimio le mandó decir que no pensara en la
dotación y que se preparara a morir. La emperatriz
admiró el desinterés de Eutimio, volvió a Jerusalén, y
murió poco después. Uno de los últimos discípulos de San
Eutimio fue el joven San Sabas, a quien el primero amó
tiernamente. El 13 de enero del año 473, Martirio y
Elías, a quienes el santo había predicho que llegarían a
ser patriarcas de Jerusalén, fueron con algunos otros a
acompañar a Eutemio a su retiro cuaresmal; pero éste les
dijo que iba a quedarse con ellos toda la semana, hasta
el sábado siguiente, dándoles a entender que su muerte
estaba próxima. Tres días después, ordenó que se
observase una vigilia general, la víspera de la fiesta
de San Antonio, y en tal ocasión hizo a sus hijos
espirituales una exhortación a la humildad y la caridad.
Nombró a Elías por sucesor suyo y predijo a Domiciano,
uno de sus discípulos predilectos, que le seguiría al
sepulcro a los ocho días de su muerte como sucedió en
efecto. Eutimio murió el sábado 20 de enero, a los
noventa y cinco años, después de haber pasado sesenta y
ocho en el desierto. Cirilo cuenta que apareció varias
veces después de su muerte, y habla de los milagros
obrados por su intersección, de uno de los cuales él
mismo fue testigo ocular. El nombre de San Eutimio
aparece en la preparación de la misa bizantina.