Oriundo de Sofa, en Palestina, vivió en el
siglo V antes de Cristo.
Perteneció a la tribu de Zabulón y fue el último de los doce
profetas menores.
Desarrolló su actividad entre los años 450 y 455 antes de Cristo,
después del destierro de Babilonia, anunció el gran día del Señor y
su venida en el templo, y la oblación pura que siempre y en todo
lugar se le ofrecería.
Los Padres de la Iglesia ven en las profesías de Malaquías el
preanuncio del sacrificio de la misa y la llegada del precursor de
Jesús: “He aquí que yo envío a mi mensajero para que prepare el
camino delante de mí”.
San Gordio, M
ártir
(304 d.C.).
(3 de enero).
Gordio o Gordius
nació en Cesárea, en Capadocia. Entró al servicio de las armas del imperio
romano y llegó al grado de centurión. Estaba en su villa natal,
cuando el impío Diocleciano volvió a encender el fuego de la
persecución. Indignado al ver los crueles tratos infligidos a los
cristianos, abandonó voluntariamente el servicio de las armas y se
retiró al desierto. Aprendió a conocer los divinos misterios
del cristianismo; bajo la influencia de la gracia y el ejercicio
de la contemplación, comprendió la vanidad de los bienes de la
presente vida y se entregó a las prácticas
del ayuno y de la oración.
Un día en que los paganos habían organizado juegos
en honor del dios Marte,
Gordio se mostró de nuevo en la ciudad y, presentándose en medio de
los espectadores, pronunció en alta voz estas palabras del profeta:
"Los que no me buscan me han
encontrado; yo me presento en el gran día a los que no me pedían"
(Isaías 65:2 y Romanos 10:20). Con esto quiso hacer comprender
a todos que venía por sí mismo a declararse cristiano. Entonces se
apoderaron de su persona y lo condujeron delante del
gobernador. Gordio dio a conocer su
nombre, su país, su categoría de centurión, el motivo de su retiro
y el de su regreso a la ciudad: "No me preocupo de todos vuestros
edictos, creo en Jesucristo, mi
esperanza y mi sostén; sé que sobrepasáis en crueldad a
los otros representantes del emperador;
he aprovechado la ocasión de obtener lo que es el objeto de
mis deseos." El gobernador le hizo comprender que
se exponía a los tormentos más horribles, si perseveraba en esta
actitud, pero Gordio levantó sus
ojos al cielo y cantó estos versículos del salmo: "El Señor es mi
apoyo, no temo lo que los hombres me pueden hacer; ¡Señor, yo no
temo ningún mal porque Tú estás conmigo!" (Salmo 117 y 22).
Y repitió estas expresiones de confianza,
muy a propósito para fortificar su alma.
Entonces se abatieron sobre él los tormentos. Sus
parientes y sus amigos se le acercaron compadecidos por su suerte:
"Guardad vuestras lágrimas y vuestros lamentos para los enemigos del
verdadero Dios, —les dijo— porque yo estoy preparado para dar mil
veces mi vida, si fuera posible, para glorificar el nombre del
Señor. Tengo presente en mi memoria al primer centurión que asistió
sobre el Calvario a la muerte de mi Salvador y que proclamó su
divinidad en presencia de los
judíos, cuya cólera aún no se había calmado."
Esas fueron sus últimas palabras. Protegido con
la señal de la cruz, marchó intrépidamente al suplicio, como si las
alas de los ángeles le llevaran. Fue decapitado.
San Basilio que pronunció el panegírico de Gordio,
asegura que muchos de sus oyentes habían sido testigos del suplicio
de este centurión.
Se encuentra el elogio en
las obras del santo doctor.
Patrología Griega,
vol. XXXI, col. 489. Dom Ruinart la reprodujo
en Acta sincera de
los mártires, París 1689, p. 567.