San Gregorio el Milagroso
Obispo de Neocesarea
18 de Noviembre
Teodoro, quien más tarde cambió su
nombre, por el de Gregorio y recibió el sobrenombre de “el
Taumaturgo” por sus milagros, nació en Neocesarea del Ponto. Sus
padres pertenecían a la nobleza y eran paganos. Cuando Gregorio
tenía catorce años, murió su padre. El joven continuó su carrera
de leyes. La hermana de Gregorio hizo un viaje a Cesárea de
Palestina para ir a reunirse con su esposo, quien ocupaba ahí un
cargo oficial. En dicho viaje la acompañaron Gregorio y su
hermano Atenodoro, el cual fue más tarde obispo y sufrió mucho
por la fe.
Gregorio tenía la intención de practicar la abogacía en su
patria; pero poco después de su llegada fue elegido obispo de
Neocesarea, aunque en la ciudad sólo había diecisiete
cristianos. Neocesarea era por entonces una ciudad rica Y
populosa, en la que reinaban la idolatría y el vicio. San
Gregorio, consumido Por el celo y la caridad, se entregó
enérgicamente al cumplimiento de sus deberes pastorales, y Dios
le concedió un don extraordinario de milagros. San Basilio dice
que, “con la ayuda del Espíritu Santo, tenía un poder formidable
sobre los malos espíritus. En cierta ocasión, secó un lago que
era causa de pleitos entre dos hermanos. Su capacidad de
predecir el futuro le elevaba a la altura de los profetas. Los
milagros que obraba eran tan notables, que amigos y enemigos le
consideraban como un nuevo Moisés.”
Poco después de tomar posesión de la sede, San Gregorio fue a
alojarse en casa de Musonio, un personaje importante de la
ciudad, quien le había invitado a vivir con él. Ese mismo día,
empezó el santo a predicar y, antes de caer la noche, había
convertido ya a un número suficiente para formar una pequeña
iglesia. Al día siguiente, se apretujaban ante la puerta de la
casa de Musonio muchos enfermos, a los que Gregorio devolvió la
salud y convirtió al cristianismo. Pronto, los cristianos
llegaron a ser tan numerosos, que Gregorio pudo construir una
iglesia, ya que todos colaboraron en la empresa con sus limosnas
y su trabajo La prudencia y el tacto de San Gregorio movían a
las gentes a consultarle acerca de cuestiones civiles y
religiosas y, en ese sentido, fueron muy útiles al santo sus
estudios de leyes. San Gregorio de Nissa y su hermano San
Basilio, se enteraron por su abuela, Santa Macrina de lo que se
decía del Taumaturgo, ya que la santa había vivido cuando era
pequeña en Cesárea, más o menos en la época en que murió San
Gregorio. San Basilio afirma que la vida del Taumaturgo
reflejaba la sublimidad del fervor evangélico. En sus prácticas
de devoción mostraba gran reverencia, recogimiento y jamás oraba
con la cabeza cubierta. Amaba la sencillez y modestia en las
palabras: el “sí” y el “no”, constituían la médula de sus
conversaciones. Aborrecía la mentira y la falsedad; en sus
palabras, lo mismo que en su conducta, no había jamás la menor
sombra de cólera o de amargura.
Cuando estalló la persecución de Decio, el año 250, San Gregorio
aconsejó a los cristianos que se escondiesen para no exponerse
al peligro de perder la fe. El se retiró al desierto, en
compañía de un antiguo sacerdote pagano, a quien había
convertido y hecho diácono suyo. Los perseguidores se enteraron
de que se había refugiado en cierta montaña, enviaron a un
pelotón de soldados a buscarle, pero éstos volvieron sin la
presa y dijeron que sólo habían encontrado árboles. Entonces, el
hombre que había señalado el sitio en que se hallaba escondido
San Gregorio, se dirigió al bosque y encontró al santo con su
acompañante, entregados a la oración. A la vista de aquellos
hombres santos, comprendió que Dios debía protegerlos y que El
había hecho que los soldados los confundiesen con los árboles.
Así, el que había denunciado a los cristianos se convirtió al
cristianismo.
A la persecución siguió una epidemia, y a la epidemia una
invasión de los godos, por lo que no es de extrañar que San
Gregorio haya tenido poco tiempo para escribir si, en semejantes
circunstancias, debía dedicarse a sus tareas pastorales. El
mismo describe las dificultades de su ministerio en la “Carta
Canónica” que escribió con motivo de los problemas suscitados
por la invasión de los bárbaros. Se cuenta que el santo
organizaba entretenimientos en los días de las fiestas de los
mártires y que ello contribuyó a atraer a los paganos y a
popularizar las reuniones religiosas entre los cristianos. Por
lo demás, segura mente el santo estaba convencido de que también
las diversiones sanas, además de las prácticas religiosas,
constituían una manera de venerar a los mártires
En todo caso, San Gregorio es, a lo que sabemos, el único
misionero que empleó los mencionados métodos en los tres
primeros siglos y se debe advertir que era un griego muy culto.
Poco antes de su muerte, San Gregorio hizo investigaciones para
averiguar cuántos infieles quedaban todavía en la ciudad y al
enterarse de que sólo había diecisiete, exclamó lleno de gozo:
“¡Gracias sean dadas a Dios! Cuando llegué a esta ciudad no
había más que diecisiete cristianos.” Después de orar por la
conversión de los infieles y la santificación de los que ya
creían en el verdadero Dios, rogó a sus amigos que no le
sepultasen en un sitio distinguido, puesto que había vivido en
el mundo como peregrino sin buscarse a sí mismo y quería también
compartir la suerte de las gentes ordinarias después de la
muerte. El santo murió en paz fines del año 270.