Gran Mártir Santiago, el Persa

27 de Noviembre

La segunda gran persecución persa comenzó hacia el año 420, a causa del celo indiscreto del obispo Abdías. La principal víctima de aquella persecución fue Santiago. Gozaba éste de gran favor ante el rey Yezdigerdo I. Cuando dicho príncipe emprendió la persecución de los cristianos, Santiago no tuvo valor para renunciar a su amistad, de suerte que abandonó o disimuló la fe en el verdadero Dios, que había profesado hasta entonces, lo que afligió mucho a su madre y a su esposa. Cuando murió el rey Yezdigerdo, ambas escribieron a Santiago, echándole en cara la cobardía de su conducta. Impresionado por esa carta, Santiago empezó a comprender su falta. Desde entonces, dejó de ir a la corte, renunció a todos los honores que su cobardía le había procurado y se arrepintió públicamente. El nuevo rey, Bahram le mandó llamar. Santiago confesó que era cristiano. Bahram le reprochó su ingratitud, recordándole todos los honores que su padre le había conferido. Santiago replicó serenamente: “¿Dónde está ahora? ¿Qué ha sido de él?” Tal respuesta molestó mucho a Bahram, quien amenazó a Santiago con someterlo a una muerte lenta. “El santo respondió: “Cualquier género de muerte no pasa de ser un sueño, quiera Dios que muera yo como los justos.” Bahram replicó: “La muerte no es un sueño, es el terror de los reyes.” Santiago le dijo: “La muerte aterra a los reyes y a cuantos no conocen a Dios, porque la esperanza de los malvados es efímera.” El rey replicó: “¿De modo que tú, que no adoras al sol, ni a la luna, ni al fuego, ni al agua, que son emanaciones de Dios, nos llamas a nosotros malvados?” Santiago repuso: “Yo no te acuso, pero afirmo que das el nombre de Dios a las criaturas.”
El consejo del rey resolvió que, si Santiago no renunciaba a Cristo, debía ser colgado y destrozado su cuerpo, miembro a miembro. Toda la ciudad acudió a presenciar esa nueva forma de tortura. Los cristianos se dedicaron a orar para que Dios concediese al mártir la perseverancia. Los verdugos tiraron violentamente al mártir por los brazos como para descoyuntárselos. En esa postura le explicaron el género de muerte que le esperaba y le exhortaron a abjurar para obedecer al rey y evitar el castigo. Más aún, le dijeron que bastaba con que fingiese abjurar momentáneamente y que después se le dejaría en libertad de practicar su religión. Santiago respondió: “Esta muerte que parece tan terrible es un precio muy bajo para comprar la vida eterna.” En seguida, volviéndose hacia los verdugos, les dijo: “¿Qué esperáis? Empezad vuestra tarea.” Cuando los verdugos le cortaron el primer dedo del pie derecho, el mártir dijo en voz alta: “Salvador de los cristianos, recibe la primera rama del árbol. El árbol se pudrirá; pero volverá a echar retoños y a cubrirse de gloria. La vid muere durante el invierno, pero resucita en la primavera. También el cuerpo reflorecerá después de ser podado.” Cuando le cortaron el primer dedo de la mano, el mártir exclamó: “Mi corazón se regocija en el Señor, y mi alma se llena de gozo en Dios, mi Salvador.” Y así siguió alabando a Dios según le iban cortando los dedos. Cuando ya no le quedaba ningún dedo en las manos ni en los pies, dijo alegremente al verdugo: “Ya acabaste con los retoños. Corta ahora las ramas.” En seguida le cortaron los miembros, trozo a trozo. Cuando ya no le quedaba a Santiago más que el tronco, aún alababa a Dios, hasta que un soldado le cortó la cabeza

 
 

 

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