San Esteban el
joven, uno de los más famosos mártires
de la persecución iconoclasta, nació en
Constantinopla. Cuando tenía quince
años, sus padres, le confiaron a los
monjes del antiguo monasterio de San
Auxencio, no lejos de Calcedonia. El
oficio del joven consistía en comprar
las provisiones. Con motivo de la muerte
de su padre, Esteban tuvo que ir a
Constantinopla. Aprovechó la ocasión
para vender sus posesiones y repartir el
producto entre los pobres. Una de sus
dos hermanas era ya religiosa; la otra
partió a Bitinia con su madre, y ambas
se retiraron también a un monasterio.
Cuando murió el abad Juan, Esteban fue
elegido para sucederle, a pesar de que
sólo tenía treinta años. El monasterio
consistía en una serie de celdas
aisladas, desperdigadas en la montaña.
El nuevo abad se estableció en una cueva
de la cumbre. Ahí unió el trabajo a la
oración: se ocupaba en copiar libros y
en fabricar redes. Algunos años más
tarde, Esteban renunció al cargo y en un
sitio más retirado aún se construyó una
celda tan estrecha, que el santo no
podía estar de pie ni recostarse, sin
chocar con los muros. En esa especie de
sepulcro se encerró a los cuarenta y dos
años de edad.
El emperador Constantino Coprónimo
continuó la guerra que su padre, Leo,
había declarado a las imágenes. Como era
de esperar, encontró entre los monjes la
oposición más fuerte y contra ellos tomó
las medidas más rigurosas, Como estaba
al tanto de la gran influencia de
Esteban, el emperador se esforzaba para
que suscribiese el decreto promulgado
por los obispos iconoclastas en el
sínodo del año 754. El patricio Calixto
hizo el intento de convencer al santo
para que lo firmase, pero fracasó en la
empresa. Constantino, furioso al ver la
firma de San Esteban, envió a Calixto
con un grupo de soldados para que
sacasen a rastras al santo de su celda.
Esteban se hallaba ya tan extenuado, que
los soldados tuvieron que llevarle
cargado hasta la cumbre de la montaña.
Algunos testigos venales acusaron a San
Esteban de haber convivido con su hija
espiritual, la santa viuda Ana. Esta
protestó de su inocencia y, al negarse a
dar testimonio contra el santo, como lo
pedía el emperador, fue encarcelada en
un monasterio donde murió poco después,
a consecuencia de los malos tratos.
El emperador, que buscaba un nuevo
pretexto para condenar a muerte a
Esteban, le sorprendió cuando confería
el hábito a un novicio, cosa que estaba
prohibida. Inmediatamente, los soldados
dispersaron a los monjes e incendiaron
el monasterio y la iglesia. Esteban fue
llevado preso en un navío a un
monasterio de Crisópolis, donde se
reunieron para juzgarle Calixto y
algunos obispos. Al principio, le
trataron cortésmente, pero después
empezaron a maltratarle con brutalidad.
El santo les preguntó cómo se atrevían a
calificar de ecuménico un concilio que
no había sido aprobado por los otros
patriarcas, y defendió tenazmente la
veneración de las sagradas imágenes. Por
ello, fue desterrado a la isla de
Proconeso de Propóntide. Dos años más
tarde, Constantino Coprónimo mandó que
fuese trasladado a una prisión de
Constantinopla. Unos cuantos días
después, el santo compareció ante el
emperador. Este le preguntó si creía que
pisotear una imagen era lo mismo que
pisotear a Cristo. Esteban replicó:
“Ciertamente que no.” Pero en seguida,
tomando una moneda, preguntó qué castigo
merecía el que pisoteara la imagen del
emperador que había en ella. La sola
idea de ese crimen provocó gran
indignación. Entonces Esteban preguntó:
“¿De modo que es un crimen enorme
insultar la imagen del rey de la tierra
y no lo es arrojar al fuego las imágenes
del Rey del cielo?” El emperador le
mandó azotar, cosa que los verdugos
hicieron con extremada violencia. Cuando
Constantino se enteró de que el santo no
había muerto en el suplicio, exclamó:
“¿No hay nadie capaz de librarme de ese
monje?” Inmediatamente, uno de los
presentes corrió a la cárcel y arrastró
al mártir por las calles de la ciudad,
donde la multitud le golpeó con piedras
y palos, hasta que un hombre le destrozó
la cabeza con un mazo.