San Ioaniquio
4 - Noviembre
San Ioaniquio, que había tenido una
juventud muy disoluta, alcanzó después, por la penitencia, tal
grado de santidad, que fue llamado “el grande” y le veneran como
a uno de sus monjes más ilustres. Ioaniquio era originario de
Bitinia, donde ejerció de niño el oficio de pastor. A los
diecinueve años, pasó a formar parte de la guardia militar de
Constantino” Coprónimo. Se dejó llevar por la tendencia de la
época y, el futuro santo apoyó a los perseguidores de las
sagradas imágenes, pero un monje de gran santidad le apartó de
los errores de su vida disoluta, y Ioaniquio llevó una
existencia ejemplar durante seis años. A los cuarenta de edad,
abandonó el ejército y se retiró al Monte Olimpo, en Bitinia.
Ahí se instruyó en los rudimentos de la vida monástica, aprendió
a leer, a rezar de memoria el salterio y se ejercitó en los
deberes de su nuevo estado. El santo llamaba a ese proceso “la
maduración del corazón.” Más tarde, se retiró a la vida
eremítica y llegó a ser famoso por sus dones de profecía y
milagros, así como por su prudencia en la dirección de las
almas. Por uno de sus milagros, devolvió la libertad a cierto
número de hombres que habían caído prisioneros de los búlgaros
y, con otro prodigio, expulsó a un mal espíritu que atormentaba
a San Daniel de Tasión.
San Ioaniquio ingresó después en el monasterio de Eraste, cerca
de Brusa, donde defendió celosamente la ortodoxia contra el
emperador León V y otros iconoclastas. Ahí estuvo en estrecha
relación con los famosos santos Teodoro el Estudita y Metodio de
Constantinopla. Este último, por consejos de San Ioaniquio,
calmó a aquellos de sus discípulos que se habían dejado llevar
por un celo indiscreto y exigían que se invalidasen las órdenes
conferidas por los obispos iconoclastas. Ioaniquio le dijo a
Metodio: “Son hermanos nuestros que han caído en el error.
Trátalos como tales en tanto que persisten en sus faltas, pero
devuélveles sus antiguas dignidades cuando se arrepientan, a no
ser que se trate claramente de herejes o perseguidores.” San
Ioaniquio se encaró con gran valentía, con el emperador Teófilo,
el cual, además de prohibir las sagradas imágenes, había
decretado que no se honrase a los santos con ese nombre. San
Ioaniquio profetizó que se acabaría por restaurar las imágenes
en las iglesias, y tal vaticinio se cumplió en el reinado de
Teodora, la viuda del emperador, la cual nunca había traicionado
la ortodoxia. Uno de los discípulos que tuvo San Ioaniquio en su
ancianidad, fue San Eutimio de Tesalónica. Después de muchos
años de conservar la reputación del más distinguido de los
ascetas y profetas de su tiempo, San Ioaniquio se retiró a una
ermita, donde murió a los noventa y dos años y había visto
triunfar por dos veces a la ortodoxia sobre la herejía
iconoclasta que él había practicado en su juventud y a la cual
se había opuesto después tan vigorosamente.