San Juan Clímaco

30 de Marzo

 

Web: Libro la Escalera Espiritual

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Durante el siglo VI, el monte Sinaí se encontraba lleno de monjes que vivían en monasterios y cuevas, siguiendo la regla de san Basilio y la legislación de Justiniano. Entre todos ellos brilló con luz propia el monje Juan, apodado "Clímaco" o "El Escolástico".

Son muy escasos los datos que tenemos sobre la vida de Juan, quien fue abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí (fundado por Justiniano) hacia fines del siglo VI y principios del VII. La fuente de información más valiosa es la breve biografía escrita por el monje Daniel, del Monasterio de Raitu.

Si bien Daniel afirma no saber con certeza dónde nació y creció, algunos sostienen que lo hizo en Antioquía, ciudad en la que habría vivido hasta la edad de dieciséis años (otros afirman que era oriundo de Palestina). Fue entonces cuando ingresó al monasterio ubicado sobre el monte Sinaí “pretendiendo con esto que hasta el mismo nombre y condición del lugar visible despertase su corazón, llevase sus ojos a la contemplación del Dios invisible y le convidase a ir hacia él”, según palabras del monje de Raitu.

A pesar de su juventud, Juan había recibido antes de ingresar al monasterio una importante formación “en las ciencias seculares”, por lo que fue llamado "El Escolástico". La formación del postulante estuvo a cargo del abad Martyrius, quien le confirió la tonsura monástica a los veinte años. Luego Juan continuó bajo la guía de su maestro durante quince años. Entonces, al morir el abad Martyrius, pasó a la vida solitaria en una gruta del propio monte Sinaí.

Daniel afirma que comía poco; que superó la lujuria gracias a la soledad; que venció la avaricia “porque contentándose con lo poco, no tenía necesidad de codiciar lo mucho”; y que con sus ejercicios de piedad y con la memoria de la muerte dejó atrás la pereza. Además, dice que había recibido el "don de las lágrimas". Se apartaba a un “refugio secreto, una cueva en la ladera de una montaña, donde nadie lo podía ver u oír, y allí elevaba su voz al cielo con tan grandes gemidos, suspiros y clamores como quien recibiera el cauterio del fuego y otras curas del mismo estilo".

Su primer discípulo fue un monje llamado Moisés, que deseaba imitarlo y pidió a otros padres le solicitaran a Juan que lo aceptase. Con el paso del tiempo muchos otros comenzaron a acercársele buscando en él un guía espiritual.

Siendo Juan muy mayor, los monjes del Sinaí le solicitaron que tomara a su cargo el monasterio. Él se resistió, pero era tal la determinación de los monjes que tuvo que ceder al pedido. Siendo abad del Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí redactó su Scala Paradisi ("Escalera al Paraíso"), en respuesta a una solicitud de su colega el abad Juan del Monasterio de Raitu. Esta obra, que alcanzaría gran trascendencia durante la Edad Media, le valió el apodo de "Clímaco" ("Klimax" en griego significa "escalera"). Además, proyectó la construcción de un hospedaje para los peregrinos que visitaban el monasterio, y contó para ello con la ayuda económica del papa san Gregorio Magno.

Al sentir que su muerte se acercaba, Juan dejó el cargo de abad a su hermano Jorge y volvió a su vida solitaria. La fecha de su muerte, al igual que la de su nacimiento, no se sabe con precisión. Hay quien afirma (Tatakis) que nació en el año 525 y murió en el 605, mientras otros sostienen que nació en el la segunda mitad del siglo VI y murió entre los años 650 y 680.

En su pensamiento ejercieron especial influencia Gregorio Nacianceno y el pseudo Dionisio. Pero su primera fuente es la experiencia como monje y asceta. Su Scala Paradisi es justamente una guía para recorrer el camino interior hacia Dios. El asceta reconoce que alcanzar su meta (desligarse del mundo y unirse a Dios) no depende sólo de él, por ello se educa en la humildad sometiendo su voluntad a la guía espiritual, al pastor.

La Scala Paradisi consta de treinta escalones. Los primeros veintitrés están referidos a la lucha contra los vicios, los siete restantes a la adquisición de las virtudes. El primer paso que debe dar el monje es renunciar al mundo, mediante el desprendimiento de las cosas materiales y el desasimiento interior, retirándose a una vida solitaria. De este modo, separado de todo, puede mantenerse unido a Dios a través de la meditación y alcanzar al ser que verdaderamente es. Así, habiendo vencido los vicios y debilidades de la carne y del alma, habiéndose aislado del mundo y elevado más allá de la Creación por el pensamiento y el amor, logra la impasibilidad, la paz del alma, “la muerte del alma y la muerte de la inteligencia antes que muera el cuerpo”, y se abre para recibir a aquel que lo sobrepasa, a Dios, muriendo para el mundo y resucitando en la vida contemplativa. Llegado a este punto, en el que ha logrado la perfecta obediencia —afligiéndose sólo cuando se sorprende haciendo su voluntad y no la de Dios—, al monje sólo le falta la oración para unirse con Dios.  

No se llega a Dios por los esfuerzos de la razón sino por la adhesión del alma enamorada. El hombre es imagen y semejanza de Dios y el amor constante a Dios es lo propio del alma. El alma que se reforma buscando recuperar su condición de imagen y semejanza de Dios, que se purifica, no necesita ya de la razón para mostrar a Dios, pues lo tiene dentro de sí. El "amor" así entendido no deja de tener fuertes resonancias platónicas y, en un sentido más amplio, griegas; Dios es visto más como un objeto amado que como un sujeto amante. 

El asceta medita diariamente sobre la muerte. Le produce horror la posibilidad de que ésta le llegue sin que él esté preparado. Además, teme la muerte de su contemplación, que lo llevaría a separarse de Dios y renacer para el mundo. Meditando sobre la muerte, el asceta se une más a Dios y se prepara para la eternidad.  

Al pastor dedica Juan la parte final de su obra, titulada Carta al pastor. Allí afirma que el verdadero pastor no guía por conocimientos recibidos desde afuera sino en base a una iluminación interior por la que conoce a Dios. El verdadero pastor, que recibe su sabiduría de Dios, es capaz de guiar no sólo a las ovejas dóciles y obedientes sino también a las incultas y desobedientes. El prototipo del buen pastor no es otro que el propio Jesucristo.

 

 

SAN JUAN CLÍMACO
Monje
(525-605)

San Juan Clímaco vivió en la segunda mitad del VI y primera del VII. El monje Daniel nos cuenta que Juan era un joven antioqueno de mucho porvenir. Parece que llegó a ser abogado en Antioquía, por lo que fue llamado El Escolástico. Pero un buen día renuncia a todo, sube como Moisés y Elías a la cumbre del Sinaí, entra en la nube de las divinas comunicaciones, que luego comunicaría en un hermoso libro, y allí se quedó.

El bíblico Sinaí estaba lleno de monasterios y de cuevas, habitadas por monjes, que se regían por la regla de San Basilio y la legislación de Justiniano. Así lo contempló Eteria, nuestra monja peregrina. Todavía queda el monasterio de los Cuarenta Mártires y el célebre de Santa Catalina, con su famosa biblioteca, donde se descubrió el Codice Sinaítico del siglo IV.

Tres años pasó Juan de noviciado con el santo monje Martirio. Muerto su maestro, se fue a vivir al extremo del monte, en una pequeña laura, como un anacoreta. Allí pasó cuarenta años, dado al estudio y al trabajo, silencio y soledad, largas oraciones y corto sueño, parco en comer y prolongadas vigilias, como un serafín, embebido en las divinas alabanzas. Su deseo era vivir completamente aislado. "¡Oh beata solitudo, sola beatitudo!" Pero pronto corrió la fama de sus virtudes y su sabiduría y acudían muchos a pedirle consejo. Juan les atendía, pues entendía que no debía "ocultar la luz bajo el celemín". El demonio le tentó con fuerza - lo hace en especial con los anacoretas - pero el Señor le ayudó.

Cuando murió el abad de Monte Sinaí, los monjes, conocedores de la virtud y discreción del anacoreta, le rogaron que aceptara sucederle. Juan se oponía. Pero fue tal la insistencia que aceptó. Y acertaron, pues el nuevo abad obró siempre con sabiduría y fue un ejemplo para todos.

San Juan Clímaco es el más popular de los escritores ascéticos de aquellos siglos, debido a su única obra Escala del paraíso. Escala es Clímax en griego, y de ahí viene a nuestro Santo el apellido Clímaco. La Escala se compone de treinta grados, que son otros tantos capítulos en los que se explican las virtudes y los vicios del monje con aforismos y sentencias.

Se sirve de ejemplos prácticos. Viendo a un cocinero muy recogido, le pregunta el autor cómo puede conseguirlo. El cocinero le responde: "Cuando sirvo a los monjes me imagino que sirvo al mismo Dios en la persona de sus servidores, y el fuego de la cocina me recuerda las llamas que abrasarán a los pecadores". (También entre los pucheros anda el Señor: Sta. Teresa).

En los primeros grados de la Escala habla de la renuncia al mundo y a los afectos terrenos, la penitencia, el pensamiento de la muerte, y el don de lágrimas. Los grados siguientes hablan de la dulzura, perdón, huir de la maledicencia, de la mentira y de la pereza, amor al silencio, a la templanza y a la castidad. "La castidad, dice, es un don de Dios, y para obtenerlo conviene recurrir a él, pues a la naturaleza no la podemos vencer con sólo nuestras fuerzas". En los últimos grados habla de la pobreza, del sueño, del canto de los salmos, de la paz, de la oración, de la humildad. El último grado del libro está dedicado a las virtudes teologales.

El santo abad, tan engolfado en las cosas de Dios, hizo edificar una hospedería cerca del monasterio, para atender a los peregrinos. Enterado de ello el papa San Gregorio Magno, le envió una buena cantidad de dinero para ayudarle en la construcción y manutención. San Juan Clímaco, cumplida su misión, subió raudo por la escala de sus buenas obras al paraíso.