San Simeón - Estilita
(+ 459)
Lo esencial de la santidad es el
seguimiento de Cristo, la imitación de Cristo. Pero el estilo y la
manera de entenderlo depende mucho de épocas, de lugares y de
temperamentos. San Simeón Estilita es más digno de admiración que de
imitación, sólo explicable por circunstancias de su ambiente. Gastó
todo su ingenio en discurrir cada día una nueva modalidad ascética,
siempre progresiva, para ofrecerse a Cristo en oblación constante.
Santo extraño. Y aun así, también él nos transmite su mensaje. Muy
pocos cumplieron tan perfectamente en su carne "lo que falta a la
pasión de Cristo", en frase de San Pablo. Cada uno de los santos nos
refleja un rayo del infinito arco iris de la santidad de Dios.
San Simeón es el fundador del movimiento
de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna, en
oración ininterrumpida. Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo
del Santo, nos ha contado su portentosa vida. Fue un milagro de
penitencia, de oración, de martirio voluntario.
Era un pastorcito de Sisán, entre Siria y
Cilicia. Una vez entró en una Iglesia en el momento en que leían las
Bienaventuranzas. Aquellas palabras le impresionaron vivamente. Un
anciano monje se las interpretó. Luego, instigado por una luz
interior, se retiró a un monasterio, donde asombró por su austeridad
a los mismos héroes del desierto. Se pasaba semanas sin probar
bocado, dormía sobre piedras, y se había incrustado en la cintura un
cilicio de mirto salvaje.
Más tarde se marchó por parajes
solitarios, buscando nuevas austeridades. Pasó un año en una
cisterna seca. Luego se empareda en una cueva. La fama de sus
heroicidades trasciende lejos. Acuden multitudes a contemplar aquel
milagro de penitencia. Deseando esconderse a los ojos del mundo,
huyó de nuevo a la cima de un monte, para dedicarse sin estorbos a
la oración. Pero pronto lo descubrieron y de todas partes acudían
para ver y hablar al hombre de Dios, prodigio de penitencia y
oración.
Entonces ideó un nuevo tipo de vida
ascética: vivir sobre una columna - stylos, estilita, en griego -
suspendido entre el cielo y la tierra, expuesto a los soles, los
fríos y los vientos, como una estatua viviente, sólo para Dios. Se
levantó primero una columna de piedras, de tres metros, más tarde de
seis metros, y por fin de dieciocho, para que desde allí nadie le
interrumpiera en su oración. Así ya no le podrían hablar.
Las gentes seguían acudiendo, incluso
desde España y de Francia, para contemplar aquel hombre admirable,
que permanecía imperturbable ante las inclemencias del tiempo,
siempre en lo alto de la columna. Allí estaba el hombre de Dios,
rezando al Señor día y noche, casi siempre puesto en pie. Unas veces
con los brazos en cruz, otras veces los dejaba caer sobre los
costados, como un gran cirio sobre el zócalo de la columna. Era "la
luz puesta sobre el monte", como cirio o como cruz. Así vivió
treinta años sobre la columna, como antorcha que orientaba los ojos
de todos hacia Dios.
Así se iba consumiendo Simeón, como
lámpara votiva en la presencia del Señor. Allí se estaba, en pura
alabanza divina. Y al ver llegar a las multitudes, ofrecía por todos
su oración. Allí estaba estilizándose en creciente levitación
consumiéndose como un cirio. Aquel mudo predicador les llegaba como
nadie al corazón, lloraban sus pecados y se convertían. Simeón,
despegado totalmente de la tierra, se consumió como un cirio ante su
Dios.
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