Domingo de la Ortodoxía

Dar testimonio de Cristo

“Ven y lo verás…”

Homilía de Monseñor Siluan, Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina

Juan nos relata en este texto, los enfoques con relación al llamado de Jesús a Felipe y a Natanael. En él se revelan distintos testimonios acerca de Jesús. El primer testimonio viene por parte de Felipe, cuando encuentra a Natanael, le notifica que han encontrado (es decir él, Pedro y Andrés) a Aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas. Felipe afirma el testimonio de la Antigua Alianza acerca de la persona de Jesús. Es el testimonio del Libro Sagrado y la Tradición Profética que acompaña al pueblo hebreo. Por esto llama a Natanael a patrocinar su veracidad en la persona de Jesús diciéndole: “Ven y lo verás”. El segundo testimonio vino del mismo Natanael, cuando confesó al final de su diálogo con Jesús, que Jesús “Es el Hijo de Dios, el Rey de Is­rael”. Es el testimonio de un veraz fiel judío, que palpitó la realización de las profecías. Este es el testimonio personal. El tercer testimonio es el de los Ángeles acerca de Jesús, y es aquel expresado por Jesús al final de Su diálogo con Natanael, cuando le dijo: “Has de ver cosas mayores,… -Desde ahora- veréis el cielo abierto y a los Ángeles de Dios subir y bajar so­bre el Hijo del Hombre”.

Así, en el texto, se reúne la Creación entera alrededor de Jesús, y la Iglesia eligió la lectura de este texto en el primer domingo de la Cuaresma, conocido como Domingo de la Ortodoxia, porque la Iglesia no ha cesado, a través de la historia, de expresar su testimonio vivo acerca de Jesús. El “Domingo de la Ortodoxia” no es sino una de estas etapas sucedido en el siglo VIII de la era cristiana, cuando se confesó la veracidad de la veneración a los íconos santos, con todo lo que significa esto al confirmar la fe en la Encarnación del Verbo y también la afirmación de su Tradición viva. Es un testimonio por la palabra, el icono y la sangre del martirio.

Hoy celebramos la fiesta y hacemos la procesión de los íconos en el Templo. Es una celebración que hoy nos concierne en forma particular, nos pone ante la crítica y nos pregunta, a nosotros también, con relación a nuestro testimonio y manera de nuestra vida. Los Evangelios de los domingos en el período de la preparación para el Triódion, los que hemos escuchado en los domingos anteriores, nos ayudan a mejorar este testimonio.

En el Domingo del Fariseo y el Publicano, hemos aprendido cómo orar con contrición y en cómo será con humildad nuestra oración en la Iglesia. En el Domingo del Hijo Pródigo hemos visto cómo hemos de regresar a nosotros mismos, arrepentirnos y regresar a Dios con corazón reverente; y en cómo Él nos espera, a nosotros pecadores, con todo el amor paterno que devuelve al hombre su verdadero honor. En el Domingo del Juicio nos hemos despertado a cómo hemos de practicar el amor fraterno en todos los niveles. Y por último, en el Domingo del Perdón, recordamos perdonar a los que nos hicieron el mal, para entrar al Gran Ayuno con la conciencia tranquila, buscando adquirir el amor de la mejor forma.

El tema es extremadamente simple y no necesita sino de buena intención y fe. Si procuramos, todos los días, con buena intención, aunque sea de a poco, el resultado con el pasar de los días sería bueno. La buena intención se manifiesta en que yo me adelanto al otro en reconciliarme con él; pienso en el necesitado aunque mis potenciales son humildes; que yo me sacrifique a pesar de que otros no lo hacen; que pienso y hago las cosas buenas aunque el ámbito externo viva lo contrario a ello; que yo vaya a la iglesia para santificar mi vida y también para orar por los demás, quienes, como yo, necesitan de la Gracia de Dios y de su Misericordia. Lo más simple de las cosas es el amor, pero su práctica necesita de la voluntad, el sacrificio y la fe. El amor es la señal que Cristo ha puesto para que la gente conozca a Sus discípulos. Vivir el Gran Ayuno renueva en nosotros la energía del amor y nos hace testigos vivos de Cristo en el mundo. Vengan, demos testimonio del nombre que llevamos, -el de Cristianos- y si alguno nos pregunta acerca de nuestra fe, no nos avergoncemos en decirle, con toda fe y orgullo: “Ven y lo verás”, pues estamos seguros que entre nosotros conocerá a Jesús, amén.  

+ Metropolita Siluan

Arzobispo de Buenos Aires y toda Argentina