Domingo de la Ortodoxía

La visión de Dios
“Tu rostro, Señor, estoy buscando”
Homilía de Monseñor Pablo Yazigi, Arzobispo de Alepo

El texto bíblico narra un diálogo entre Felipe y Natanael. Tema y epicentro de este diálogo es Cristo. Felipe anuncia a Natanael que “hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas”, es decir a Jesús.

¿Qué relación hay entre este pasaje del Evangelio y la fiesta de la Veneración de los Íconos que celebramos hoy, el domingo de la ortodoxia? Reemplazando el tema del diálogo - “hemos encontrado a Jesús” - con otra expresión que se repite en el mismo texto - “hemos visto” -, nos damos cuenta entonces de dicha relación. El verbo que más encontramos en el texto se relaciona con la vista; expresiones tales como “vio”, “vi”, “verán” y sus derivados, se repiten siete veces. Es un texto evangélico que santifica los ojos.

“A Dios nadie lo ha visto jamás”, pero el deseo de ver a Dios siempre ha sido un muy ardiente anhelo humano en todo el Antiguo Testamento, pero anhelo incumplido al fin. La manifestación más clara de Dios a hombres del Antiguo Testamento fue aquella que sucedió con Moisés y Elías. A la petición de Moisés:“Te ruego que me muestres tu gloria”, Dios respondió: “Te cubriré con mi mano hasta que haya pasado… mas mi cara no la verás” (Ex 33:18-23), mientras que Elías oyó sólo una voz (I Re 19:13). Así, empezó Dios a manifestarse más y más a gente de diferentes maneras, hasta que llegó la plenitud de los tiempos y un ser humano como Felipe pudo decir a Natanael:“Ven y ve” a (Dios) Jesús. Por ello, Jesús bendijo los ojos de los discípulos que han visto de cerca a quien “muchos profetas y justos desearon ver… y no lo vieron” (Mt 13:16-17); y dijo de Abraham que “se gozó por ver mi día”, y que el anhelo humano de ver a Dios se ha cumplido, porque Abraham “lo vio, y se gozó” (Jn 8:56).

En el Antiguo Testamento, Dios no se apareció a la vista de nadie; aparecía a la gente por medio de sus proezas, intervenciones y conducción de la historia de la salvación. Por ello, los diez mandamientos prohibieron hacer todo tipo de dibujo o escultura de Dios por miedo a caer en la idolatría y el paganismo. El paganismo no es sino el hacer un ídolo y deificar a las pasiones de los seres humanos, de tal modo que al adorar a los ídolos, uno ofrece el culto a sus propias pasiones o idealismos. El paganismo es la adoración de un Dios creado por nosotros, por lo que le corresponde la expresión de Sartre que Dios es el engaño más grande en la vida humana, sin que dicha acusación sea válida con respecto al cristianismo. El Dios de la Biblia es el Dios que se revela a sí mismo tal como es y no como lo pensamos o queremos. Así es que, después de la encarnación de Cristo, Dios el Señor se nos apareció en la carne, y se hizo posible escribir Su ícono, porque lo hemos visto y “encontrado” (Jn 1:45). Por esta razón, la iconografía no escribe un ícono del Padre, mientras que al Espíritu lo vemos solamente en forma de paloma (en el bautismo) o en forma de lenguas de fuego (en Pentecostés).

El ícono es una mediación, es decir una herramienta que nos comunica con Dios, el Dios cuya presencia eclipsamos la mayor parte de nuestro día; entonces el ícono viene para acercarnos a la presencia de Dios y hacernos recordar Su llamado: “Yo estoy a la puerta y llamo” (Ap 3:20). El ícono está también en el “medio”, es decir el centro, lo ponemos en el centro de nuestro trabajo, de nuestra casa, en las paredes de las habitaciones y en las salas de estar, en la billetera y el libro, etc., de tal modo que dondequiera que nos encontremos, el ícono está siempre en el centro. Dios se vuelve gradualmente, y por medio de él, el centro de nuestra vida.

Este es el vínculo de la victoria de la ortodoxia en elevar triunfalmente los íconos. Ortodoxia significa “la opinión recta”. Aquí no se trata de informaciones, sino de una “postura” en la vida. Pues la rectitud es de la conducta. Está en discernir y reconocer la verdad mientras “nos movemos” y Lo buscamos.

El cristiano ortodoxo, a partir de su “postura”, a partir de su “vida”, deja aparece su rectitud y veracidad. Esta “postura” veraz no es sino “pedir ver el rostro de Jesús”.

A Cristo buscamos y anhelamos verlo. Esta es la postura del cristiano en la vida. Cuando elevaron los íconos de Cristo y de sus santos en el VII Concilio Ecuménico en 842, también se elevó con ellos esta meta claramente. Así los íconos elevados en hogares y templos no son sino la puesta de esta meta en el sendero correcto y recto.

Ver el ícono, ver a Cristo, debe estar asociado con la “pureza de corazón”, porque “bienaventurados son los de limpio corazón porque verán a Dios”. Por lo tanto, la pureza de nuestra conducta nos hace realmente ver el ícono. Además ver el ícono purifica nuestro comportamiento y lo poda. Esta es la verdadera veneración de los íconos y la postración delante de ellos.

Por Tu ícono nos postramos ante Ti. oh Bondadoso, pues “al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás” (Mt 4:10). Amén.