EL CLERO CASADO

 

El Nuevo Testamento incluye información real sobre el hecho de que por lo menos algunos de los apóstoles - incluyendo San Pedro - eran hombres casados; y el estar casado se consideró como normal para aquellos ordenados que seguían en el ministerio: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador,...que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad” (I Timoteo 3: 2-4).
La entrada de hombres casados al sacerdocio y al episcopado era, sin embargo, condicionado - en los primeros cánones - por el carácter totalmente Cristiano de su matrimonio: “el hombre que ha sido casado dos veces después del bautismo, o ha tenido una concubina, no puede llegar a ser obispo, presbítero, diácono, o miembro del clero” (Canon Apostólico 17). Hemos visto antes que un segundo matrimonio era sólo tolerado para laicos. El canon simplemente excluye al clero de esta tolerancia. Porque, desde luego, la ordenación implica predicar la Verdad Cristiana plena y, en particular, del concepto Cristiano del matrimonio único, de acuerdo con “Cristo y la Iglesia”. El requerimiento también se extiende a la mujer de un clérigo: “Aquel que se case con una viuda, o una mujer divorciada, o una ramera, o una esclava, o una actriz21 no puede ser obispo, presbítero, o diácono, como tampoco entrar en ninguna otra orden del clero” (Canon Apostólico 18). Pero esto de nuevo, es plenamente consistente con el ideal Cristiano de monogamia absoluta, que sólo puede ser sacramentalmente sellado por la Eucaristía, adquiriendo un significado completamente sacramental. Recordemos que los segundos matrimonios no eran bendecidos en la Iglesia.
Este requerimiento no cubre los casamientos civiles contraídos “antes del bautismo”, es decir, fuera de la Iglesia. Como hemos visto antes, éstos no son considerados como “matrimonios” y, por lo tanto, no pueden impedir la ordenación de un hombre que fue subsecuentemente casado de nuevo por la Iglesia.
Tempranamente, los cánones de la Iglesia estipularon que si bien los hombres casados eran admitidos en el clero, los clérigos de órdenes superiores no podían casarse después de su ordenación (Canon Apostólico 26). Sin embargo, en siglo IV, el Concilio de Ancyra permitió el matrimonio de diáconos, si, en su ordenación, declaraban su intención de hacer tal cosa (Canon 10). Esta práctica fue prohibida formalmente por el Emperador Justiniano en su novella 123; y en el Concilio Quinisext (o “Sexto Ecuménico”), como muchos otros ejemplos, confirmaba la legislación imperial: “Se declara en los cánones apostólicos que entre los que son promovidos solteros al clero, sólo los lectores y los cantores pueden casarse; nosotros también, manteniendo esto, determinamos que de aquí en adelante no existe ninguna ley conocida para que cualquier subdiácono, diácono o presbítero, contraiga matrimonio después de su ordenación, pero si él es osado y lo hace, será depuesto...” (Canon 6.)
Esta legislación canónica, que prohibía el matrimonio después de la ordenación, fue motivada por exactamente las mismas consideraciones que encontramos en los cánones que acentúan la madurez y estabilidad que son requerimientos esenciales para los miembros del clero. En la Iglesia temprana y medieval, la regla que prohibía la ordenación antes de los treinta años, (Sexto Concilio Ecuménico, canon 14) era aplicada estrictamente. Si, la Iglesia hoy, es mucho menos estricta sobre el problema de la “edad canónica” - la ordenación de hombres más jóvenes al sacerdocio es una práctica estándar - todavía se mantiene el requerimiento de la madurez. Desde luego, un hombre que desea casarse y que está buscando una esposa, necesariamente carece de estabilidad, cualquier sea su edad. Al estar de novio y preocupándose únicamente de aspectos externos legítimos e inevitables de ese comportamiento, no puede considerarse legítimo para un hombre a cargo de almas humanas, y quien se supone se va a dedicar únicamente a llevarlas al Reino de Dios. Así, solamente aquellos hombres que han tomado una decisión final y firme de su celibato o que han decidido llevar una vida de casados son admitidos al diaconado y al sacerdocio.
La prohibición de contraer matrimonio después de la ordenación es, por supuesto, de diferente naturaleza que la que requiere que un sacerdote sea casado una sola vez, y esa esposa no puede ser viuda, ni divorciada. En el primer caso se involucra la disciplina y el decoro pastoral únicamente, en el segundo caso la Iglesia, requiere de una monogamia absoluta del clero, que proteja la enseñanza bíblica, doctrinal y sacramental sobre el matrimonio. Así, la razón principal por qué un sacerdote viudo no puede volver a casarse - a pesar de la tragedia personal que esta prohibición pudiera involucrar - es que la Iglesia como norma reconoce sólo una unión eterna de esposo y esposa, y que ella formalmente puede requerir que sus sacerdotes mantengan en sus vidas la norma que ellos deben predicar a otros en virtud de su ministerio. La consistencia de la Iglesia Ortodoxa sobre este punto particular es el testigo más fuerte de que ella permanece fiel a la doctrina del matrimonio encontrada en el Nuevo Testamento, aún cuando su “economía” y la comprensión admiten un segundo o un tercer matrimonio para los laicos.
Un desarrollo posterior de la ley canónica reservó el rango episcopal a los hombres no-casados. Esta regla, fue establecida primero por una ley estatal del Emperador Justiniano, para luego ser confirmada por el Quinisext (el Sexto Concilio Ecuménico). Realmente, el Concilio no restringe el episcopado a célibes y admite la elección de hombres casados a este ministerio eclesiástico, proporcionándoles la separación de sus esposas: “La esposa de aquel que es promovido a la dignidad episcopal, se separará de su esposo por consentimiento mutuo, y después de su ordenación y la consagración al episcopado, ella entrará a un monasterio situado a una distancia prudente del domicilio del obispo, y allí disfrutará del cuidado y provisión del obispo” (canon 48). Hoy, los divorcios por consentimiento mutuo, en aras de la elevación del esposo al episcopado son, afortunadamente, muy raros, y la práctica general es seleccionar a los obispos entre los sacerdotes, sean célibes o viudos. La tradición temprana de la Iglesia conoció muchos obispos casados, mencionados en el Canon Apostólico 40, como San Gregorio, obispo de Nyssa, hermano de San Basilio el Grande (siglo IV) y muchos obispos contemporáneos que fueron hombres casados.
La legislación imperial en contra de la ordenación de obispos casados se emitió cuando había una gran provisión de candidatos célibes, y cuando un gran número de monjes constituía la elite de la sociedad Cristiana. Puede también haber influido la creencia que un obispo estaba casado místicamente con su diócesis y que su cargo requería total dedicación a la Iglesia.
Hoy, la aceptada legislación canónica sobre un episcopado célibe restringe mucho la elección de nuevos candidatos. No es seguro, sin embargo, que una reforma de la regla -intentada por el grupo cismático “Renovado” en Rusia (1922) - por sí misma garantice la promoción de los mejores hombres al episcopado. La práctica actual por lo menos previene que la dignidad episcopal llegue a ser simplemente una cúspide de honor eclesiástico abierta a todo el clero, y de algún modo conserva un principio carismático de elección. De todos modos, la posibilidad de volver a la práctica cristiana antigua y elegir hombres casados para el episcopado depende de la decisión de un nuevo concilio ecuménico de la Iglesia Ortodoxa, si alguna vez es realizado.
Cualquiera sean las restricciones pastorales y disciplinarias establecidas por la Iglesia contra el matrimonio después de la ordenación y en favor de un episcopado soltero, la intención general de la tradición Ortodoxa es clara. El matrimonio no es un estado inferior, sino que es bendecido por Dios. “Por lo tanto”, proclama el Sexto Concilio Ecuménico, “si alguien ha osado, en contradecir los Cánones Apostólicos, para privar a un sacerdote, diácono, o subdiácono, de cohabitación y relación sexual con su esposa legítima, será depuesto. Así como también si cualquier presbítero o diácono ha despedido a su esposa, simulando hacerlo por devoción, será depuesto” (canon 13; véase también Concilio de Gangra, canon 4). Los problemas que encara hoy la Iglesia Romana, donde, por muchos siglos y con la base Agustiniana del concepto de matrimonio, ampliamente rechazado hoy, en el que el celibato fue impuesto al clero, son impensables en la Ortodoxía. Hasta hace poco, en Rusia, los deberes parroquiales eran reservados formalmente para sacerdotes casados, mientras que los célibes, si no vivían en una comunidad monástica, podían ser nombrados únicamente en cargos educativos o administrativos en la Iglesia. La práctica contemporánea es generalmente más flexible, y muchos sacerdotes célibes tienen éxito como sacerdotes párrocos.
De todos modos, cualquier fluctuación en la práctica y la disciplina, la Iglesia Ortodoxa mantiene firmemente el sacerdocio casado por ser una norma positiva de la vida de la Iglesia, proveyendo que los principios absolutos de unicidad y sacramento del matrimonio se mantengan.