Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo
Homilía de la Natividad de San Juan Crisóstomo

¡Me sorprende un nuevo y maravilloso misterio! Mis oídos resuenan
ante el himno de los pastores que no entonan una melodía suave sino
un himno celestial ensordecedor.
¡Los
ángeles cantan!
¡Los
Arcángeles unen sus voces en armonía!
¡Los
Querubines entonan sus alabanzas llenas de gozo!
¡Los
Serafines exaltan Su gloria!
Todos se unen para alabar en esta santa festividad, sorprendiéndose
ante el mismo Dios aquí… en la tierra y el hombre en el cielo. Aquel
que está arriba, por nuestra salvación reposa aquí abajo; y
nosotros, que estábamos abajo somos exaltados por la divina
misericordia.
Hoy
Belén se asemeja a los cielos, escuchando desde las estrellas el
canto de las voces angélicas y, en lugar del sol, presencia la
aparición del Sol de la Justicia. No pregunten como es esto, porque
donde Dios desea, el orden de la naturaleza es cambiado. Porque Él
quiso, tuvo el poder para descender.
Él salvó. Todo se movió en obediencia a Dios. Hoy, Aquel que es,
nace. Y Aquel que es, se convierte en lo que no era. Porque cuando
era Dios, se hizo hombre sin dejar de ser Dios…
Y así los reyes llegaron, viendo al Rey celestial que vino a la
tierra, sin traer ángeles, ni arcángeles, ni tronos, ni
dominaciones, ni poderes, ni principados, sino iniciando un nuevo y
solitario camino desde un seno virginal. Y sin embargo no olvidó a
sus ángeles, no los privó de su cuidado, porque por su encarnación
no ha dejado de ser Dios.
Y, miren: los reyes han llegado, para servir al Jefe de los
ejércitos celestiales; las mujeres vienen a adorarlo, pues ha nacido
de una mujer, para que cambie las penas del alumbramiento en gozo;
las vírgenes, al hijo de la Virgen… Los niños vienen a adorarlo pues
se hizo niño, porque de la boca de los niños perfeccionará la
alabanza; los niños, al niño que levantó mártires por la matanza de
Herodes; Los hombres a Aquel que se hace hombre para curar las
miserias de sus siervos. Los pastores, al Buen Pastor que da la vida
por sus ovejas; los sacerdotes, a Aquel que se hace Sumo Sacerdote
según el orden de Melquisedec. Los siervos, a Aquel que tomó la
forma de siervo, para bendecir nuestro servicio con la recompensa de
la libertad (Fil 2:7); Los pescadores, al Pescador de la humanidad;
Los publicanos, a Aquel quien estando entre ellos los nombró
evangelistas; Las mujeres pecadoras a Aquel que entregó sus pies a
las lágrimas de la mujer arrepentida, y para que pueda abrazarlos
también yo; todos los pecadores han venido, para poder ver al
Cordero de Dios que carga con los pecados del mundo.
Por
eso todos se regocijan, y yo también deseo regocijarme. Deseo
participar de esta danza y de este coro, para celebrar esta fiesta.
Pero tomo mi lugar, no tocando el arpa ni llevando una antorcha,
sino abrazando la cuna de Cristo.
¡Porque ésta es mi esperanza!
¡Ésta es mi vida!
¡Ésta es mi salvación!
¡Éste es mi canto, mi arpa!
Y trayéndola en mis brazos, vengo ante ustedes habiendo recibido el
poder y el don de la palabra, y con los ángeles y los pastores
canto:
¡Gloria a Dios en las alturas, paz en la tierra y entre los hombres
buena voluntad!