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San Ignacio de Antioquía
20 de Diciembre
Discípulo de los Apóstoles, Padre
de los Obispos, vigoroso guerrero en la vanguardia
de los victoriosos Mártires, San Ignacio ha sido
tres veces coronado y brilla reluciente en el
firmamento de los Amigos de Dios. Atendiendo a su
nombre, que simboliza el fuego (ignis, en latín), el
amor de Cristo ardió tan fuertemente en su corazón
que fue llamado Teóforo,-Portador de Dios-,
calificativo que, sin jactancia, no titubeó en
aplicarse el mismo, en tanto que todos los
cristianos después del Bautizo se convierten en
Portadores de Cristo (Cristóforos) y son revestidos
en el Espíritu Santo.
Ignacio había conocido a los
Apóstoles en su juventud y, en compañía de
Policarpo, fue iniciado en los más profundos
misterios de la fe por San Juan el Evangelista.
Posteriormente, sucedió a Evodus como el segundo
Obispo de Antioquia, capital de Siria y loa mayor
ciudad del oriente, cuya sede episcopal fue fundada
por el Apóstol Pedro. Durante la persecución de
Domiciano (81-96), San Ignacio alentó a los muchos
confesos a sobrellevar sus tormentosas tribulaciones
con el deseo de ganar la vida eterna; consoló a los
prisioneros y compartió con todos su vehemente deseo
a Cristo en su muerte, a modo de llegar a unirse a
Él para siempre. Pero el temerario Obispo no fue
arrestado en este tiempo y cuando la persecución
menguó, él se sintió desilusionado de que Dios no le
llamara a la perfección de un verdadero discípulo.
En los años de paz que siguieron,
San Ignacio se ocupó de la organización de la
Iglesia, mostrando que la Gracia que vino sobre los
Apóstoles en Pentecostés persistía en el ministerio
episcopal, aún cuando los Doce se hubieran ido ya.
Exhortó a todas las iglesias a permanecer en unidad
y amor alrededor del Obispo, quien es la imagen
terrenal del único verdadero Obispo y Gran
Sacerdote, Jesucristo. Unidos por la fe
inquebrantable en el crucificado y resucitado
Salvador, y en la unidad del corazón nacida del amor
y la esperanza común, los fieles deben reunirse tan
frecuentemente como puedan, especialmente en el Día
del Señor, para celebrar la santa eucaristía con su
Obispo y la asamblea de sacerdotes y diáconos;
partiendo el mismo pan, que es la medicina de la
inmortalidad, el remedio contra la muerte y,
específicamente, la vida eterna en Cristo. Donde
está el Obispo, dijo, ahí está Jesucristo, ahí está
la Iglesia, la seguridad de la vida eterna, la
promesa de la comunión con Dios.
Cuando la persecución del
emperador Trajano (98-117) en Antioquia, San Ignacio
se presentó voluntariamente ante él y confesó su fe
en un solo Dios, creador y amigo del hombre y en su
Hijo Unigénito Jesucristo. Con disgusto el
gobernante le dijo: “Así que eres discípulo del
crucificado bajo Poncio Pilato, ¿lo eres?”. “Yo soy
el discípulo de Aquél que clavó mi pecado en la Cruz
y que ha derrotado al demonio y sus símbolos bajo
sus pies”, replicó el santo. –“¿Por qué te haces
llamar portador de Dios?”. –“Porque porto al Cristo
viviente dentro de mi”. –“Entonces que sea el
portador del Crucificado llevado en cadenas a Roma”,
ordenó el emperador, y “ahí que sea arrojado a los
leones para diversión de la gente”. Como San Pablo y
muchos otros gloriosos mártires, el siervo de Dios
se llenó de regocijo y fervientemente besó las
pesadas cadenas que le cargaron llamándolas “mis más
preciadas perlas espirituales”.
Durante su larguísimo camino a
Roma, se enteró de que los fieles de esa ciudad
pretendían evitar su sacrificio; les escribió
rogándoles que contuvieran su inoportuno entusiasmo
y que no intervinieran: “Ahora yo suplico ser un
discípulo...mi deseo terrenal ha sido crucificado, y
no hay más fuego en mi por amar las cosas
materiales, pero hay un agua viviente en mi que
murmura y dice en mi interior: ¡Ven al Padre!”. El
amor de Cristo obró tan fuertemente en él que le
inspiró con palabras de fuego: “Perdónenme hermanos,
no me persuadan de vivir, no deseen que yo no muera.
Permítanme ser un imitador de la Pasión de mi
Dios...déjenme ser alimento de las bestias, por lo
que me será posible encontrar a Dios. Soy trigo de
Dios y debo ser triturado por los dientes de las
bestias para convertirme en pan puro de Cristo. Para
hacerse, a semejanza de Cristo, verdadero pan
eucarístico, para servir a través de Él mismo en la
verdadera y perfecta liturgia.” Tal era el único
deseo del santo Obispo.
Cuando el momento de su prueba
final llegó, San Ignacio entró a la Arena como si se
aproximara al Santo Altar para servir su última
Liturgia en presencia de sus fieles. Ahora, pleno
obispo y discípulo del Sumo Sacerdote de nuestra
Salvación, Jesucristo –sacerdote y víctima a la vez-
se ofreció a sí mismo complacientemente a los
feroces leones que se abalanzaron sobre él y le
devoraron en breves momentos, sin dejar nada, tal
como él lo había deseado, excepto los huesos más
largos.
Estas preciosas reliquias fueron
devotamente reunidas por los fieles y llevadas de
vuelta a Antioquia con gran solemnidad; veneradas
por los cristianos a lo largo del camino como al
pastor, fueron devueltas vivas y triunfantes a su
rebaño. |