Los Oficios de la Semana Santa
Padre
Tomás Hopko

EL SÁBADO DE LÁZARO Y DOMINGO DE RAMOS
Lunes, Martes, Miércoles
JUEVES SANTO
VIERNES SANTO
SÁBADO SANTO
DOMINGO DE RESURRECCIÓN:
LA PASCUA SANTA Y GLORIOSA
EL SÁBADO DE LÁZARO Y DOMINGO DE RAMOS
La semana
después del Domingo de María de Egipto se llama la Semana de los
Ramos, o de las Palmas. En los oficios del día martes de esta
semana, la Iglesia recuerda que Lázaro, el amigo de Jesús, ha muerto
y que el Señor lo resucitará de entre los muertos. (Juan 11) A
medida que los días progresan hasta llegar al sábado, la Iglesia, en
sus diversos himnos y oraciones, sigue a Cristo en su camino hacia
Betania, al sepulcro de Lázaro. El día viernes en la tarde, en la
víspera de la celebración de la resurrección de Lázaro, concluyen
los cuarenta días del “Santo Ayuno” de la Gran Cuaresma:
Habiendo logrado los cuarenta días por el beneficio de
nuestras almas, Te rogamos, Tú que amas a la Humanidad, que seamos
dignos de ver la santa semana de Tu Pasión, glorificando en ella
Tus grandezas y Tu plan inefable de salvación para nosotros,
cantando con una sola voz: Señor, gloria a Ti. (Himno de las
Vísperas)
El Sábado
de Lázaro es una celebración pascual.
En este día, la Iglesia glorifica a Cristo como “la
Resurrección y la Vida” quien, resucitando a Lázaro, ha confirmado
la resurrección universal de toda la humanidad aun antes de Su
propia Pasión, Muerte y Resurrección.
Oh Cristo
Dios, cuando resucitaste a Lázaro de entre los muertos, aseguraste
la resurrección universal. Por lo tanto, nosotros, como los niños,
llevamos los símbolos de la victoria, y clamamos a Ti, Hosanna en
las Alturas, Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. (Tropario
de ese día)
Cristo,
la alegría, la verdad y la luz de todos, la vida del mundo y su
resurrección, ha aparecido en su bondad a los que están en la
tierra. El se ha hecho la Imagen de nuestra Resurrección, otorgando
el perdón divino a todos. (Kontakion)
Durante
la Divina Liturgia en el Sábado de Lázaro, en lugar del Trisagion
(Santo Dios), se canta el versículo bautismal de la carta a los
Gálatas : Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os
revestisteis. Aleluya. (Gálatas 3,27) Este himno expresa el carácter
de resurrección que tiene esta celebración. Además, recuerda que el
Sábado de Lázaro antiguamente era uno de los grandes días del
calendario litúrgico en que se administraba el bautismo en la
Iglesia.
Después
de la resurrección de Lázaro, Cristo fue saludado por las multitudes
como el Mesías-Rey de Israel que tanto habían esperado. Entonces, en
cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, Jesús entró a
Jerusalén, montado en un pollino de asno. (Zacarías 9,9; Juan 12,12)
Las multitudes lo recibieron con ramos en sus manos y exclamaron a
Él con gritos de alabanza: ¡Hosanna! ¡Bendito es Él que viene en el
Nombre del Señor! ¡El Hijo de David! ¡El Rey de Israel! Debido a
esta glorificación por el pueblo, los sacerdotes y escribas
finalmente se decidieron a “destruirle, a condenarlo a la muerte.”
(Lucas 19,47; Juan 11,53; 12,10)
La fiesta
de la Entrada Triunfal de Jesucristo a Jerusalén, el Domingo de
Ramos, es una de las doce fiestas mayores de la Iglesia. Los oficios
de este día siguen en el mismo espíritu que los del Sábado de
Lázaro. El templo guarda su
esplendor de resurrección, y los himnos continuamente repiten el
Hosanna ofrecido a Cristo como el Rey-Mesías que viene en el Nombre
de Dios Padre para la salvación del mundo.
El
tropario principal de esta fiesta es el mismo que se canta para el
Sábado de Lázaro. Se canta en todos los oficios de este día, y en la
Divina Liturgia se canta también como Tercera Antífona. El segundo
tropario de este día, así como el kontakion y los
otros himnos, glorifican la manifestación triunfal de
Cristo “seis días antes de la Pascua” cuando se entregará en la Cena
y en la Cruz por la vida de este mundo.
Hoy la
gracia del Espíritu Santo nos ha reunido. Elevando Tu Cruz, digamos:
Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. ¡Hosanna en las
Alturas! (1° verso de las Vísperas)
Cuando
fuimos sepultados contigo en el bautismo, oh Cristo Dios, nos
hiciste dignos de la vida eterna por Tu Resurrección. Ahora Te
alabamos cantando: ¡Hosanna en las Alturas! Bendito sea El que
viene en el Nombre del Señor. (Segundo Tropario del Domingo de
Ramos)
Sentado
en Tu trono en los cielos, y llevado en un pollino de asno
en la tierra, oh Cristo Dios, aceptando la alabanza de
los ángeles y el canto de los niños quienes proclaman: Bendito eres
Tú que vienes a restaurar a Adán nuevamente. (Kontakion del Domingo
de Ramos)
En la
vigilia de la fiesta de Domingo de Ramos, se leen las profecías del
Antiguo Testamento acerca del Mesías-Rey, junto al relato del
Evangelio que cuenta acerca de la entrada triunfal de Cristo a
Jerusalén. En el oficio de Matutinos, se bendice ramos que los
fieles llevan durante la celebración litúrgica como signo de su
propia glorificación a Jesucristo como Salvador y Rey. Estos ramos
generalmente son palmas, u otra clase de ramo disponible según la
costumbre local.
Los
fieles que llevan sus ramos y cantan sus himnos al Señor en el
Domingo de Ramos, son juzgados de la misma manera que la multitud de
Jerusalén. Fueron las mismas voces que exclamaron ¡Hosanna! a Cristo
que, pocos días después, gritaron ¡Crucifícale! Así, los fieles,
mientras glorifican a Cristo con los “ramos de la victoria”, son
sometidos a su juicio y entran junto con Él a los días de Su pasión
voluntaria.
LA SEMANA SANTA
La última
semana de la vida terrenal de Cristo se llama la Semana de la Pasión
o, en términos populares, la Semana Santa. En los libros litúrgicos,
se refiere a los días de esta semana como “Grande” y “Santo” (por
ejemplo, el Gran Lunes Santo, el Gran Martes Santo, etc.) Se
celebran oficios especiales cada día de esta semana, mañana y tarde.
Los fieles suspenden su vida puramente cotidiana mientras “suben a
Jerusalén junto al Señor.” (Matutinos del Gran Lunes Santo)
Cada día de esta semana tiene su tema propio. El tema del
día lunes es el de la higuera estéril que al no dar fruto, es
condenada. El acento del martes cae en la vigilia de las vírgenes
sabias quienes, al contrario de sus hermanas necias, se
encontraban preparadas cuando llegó el Señor a medianoche. El
enfoque del miércoles está en el arrepentimiento de la
mujer pecadora. Se hace un gran énfasis en los oficios
litúrgicos para comparar a esta mujer, una pecadora que se salva,
con Judas, el apóstol elegido que se pierde. Ella da todos sus
bienes a Cristo y le besa sus pies; Judas, con un beso traiciona a
Cristo por dinero.
En cada
uno de estos tres días, se lee el Evangelio en el oficio de las
Horas, así como en las Vísperas cuando se celebra la Liturgia de los
Dones Presantificados. Las lecturas del Antiguo Testamento son
tomadas de los libros del Éxodo, de Job y del Profeta Ezequiel.
También se lee el evangelio en Matutinos, oficio que
tradicionalmente se conoce como el Oficio del Esposo, pues el tema
general de cada uno de esos días es el fin del mundo y el juicio
final. Es costumbre celebrar el Oficio del Esposo en la noche.
He aquí
que viene el Esposo a medianoche; bienaventurado el siervo que
encuentre velando; mas el que está inadvertido, indigno es. Cuida
alma mía, de no caer en profundo sueño y ser arrojada fuera del
Reino y entregada a la muerte. Mas velad clamando: Santo, Santo,
Santo eres Tú, oh Dios; por las intercesiones de la Madre de Dios,
ten misericordia de nosotros. (Tropario de los primeros tres días de
la Semana Santa)
Durante
los primeros tres días de la Semana Santa, la Iglesia prescribe la
lectura de los cuatro evangelios completos, durante los oficios de
Las Horas, desde su comienzo, hasta que empieza el relato de la
Pasión de Cristo. Aunque esto normalmente no es posible en las
parroquias, por lo general se hace el intento de leer el texto de al
menos un evangelio completo, privadamente o en comunidad, antes del
Gran Jueves Santo.
JUEVES SANTO
La
vigilia del Gran Jueves Santo es exclusivamente dedicada a la Cena
Pascual que Cristo compartió con sus doce apóstoles. El tema
principal de este día es la Cena misma, en que Cristo exhortó que se
comiera la Pascua de la Nueva Alianza en memoria de Él, de Su Cuerpo
partido y de Su Sangre derramada para la remisión de los pecados. La
traición de Judas y el lavado de los pies de los discípulos por
Jesucristo también son centrales a la conmemoración litúrgica de
este día.
Durante la vigilia del Gran Jueves Santo, se lee el
relato acerca de la Ultima Cena tomado del Evangelio de San Lucas.
En la Divina Liturgia, la lectura del Evangelio está compuesta por
partes de los relatos de los cuatro evangelistas. Los otros himnos y
lecturas del día también hacen referencia al mismo misterio central.
Cuando
los gloriosos apóstoles eran iluminados mientras Jesús lavaba sus
pies, el impío Judas fue oscurecido por el amor al dinero. Y a
jueces inicuos Te entregó a Ti, oh Justo Juez. Mira, oh amante del
dinero, al que por su causa se ahorcó con una cuerda. Huye del alma
insaciable que se atrevió a tal extremo contra el Maestro. Oh
Señor, que trata a todos con justicia, gloria a Ti. (Troparion del
Jueves Santo)
Venid
todos los
creyentes, a participar en la invitación Real del Maestro, en la
Mesa de la Inmortalidad, en el lugar alto, con las mentes elevadas,
oh fieles, y comamos con regocijo, aprendiendo palabras sublimes del
Verbo, a Quien le agradecemos. (Novena Oda del Canon de Matutinos)
El Jueves
Santo se celebra la Divina Liturgia de San Basilio el Grande unida
al oficio de
vísperas.
El largo evangelio de la Ultima Cena es leído después de las
lecturas de Éxodo, Job, Isaías, y el capítulo once de la Primera
Carta de San Pablo a los Corintios. En lugar del Himno de los
Querubines en el ofertorio de la Divina Liturgia (la Gran Entrada),
se canta el siguiente himno, el cual también se canta durante y
después de la Comunión.
Acéptame
hoy, oh Hijo de Dios, como partícipe de Tu Mística Cena. Pues no
revelaré yo tu misterio a tus enemigos, ni te daré un beso traidor,
como Judas. Sino como
el Buen Ladrón te digo, Acuérdate de mí, Señor, en Tu Reino.
La
celebración litúrgica de la Cena del Señor, en el Jueves Santo, no
es un mero recordatorio anual de la “institución” del sacramento de
la Santa Comunión. De la misma manera, el acontecimiento de la Cena
Pascual no era un acto de última hora por parte de Jesús para
“instituir” el sacramento central de la Fe Cristiana antes de Su
pasión y muerte. Al contrario, toda la misión de Cristo, e incluso
el propio objetivo de la creación del mundo, es para que la criatura
bienamada de Dios, hecha en Su propia Imagen y Semejanza, pudiera
estar en la más íntima comunión con Él por toda la eternidad,
comiendo y bebiendo en Su mesa, en la eternidad del Reino. Es eso lo
que Cristo anuncia a sus apóstoles en la cena, y a todos aquellos
que entienden sus palabras y creen en
Él y en el Padre Quien lo ha enviado.
No
temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha complacido
daros el Reino. (Lucas 12,32)
Vosotros
sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas. Yo, pues, os
asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y
bebáis a mi mesa en mi reino…” (Lucas 22,28-30)
Por lo
tanto podemos decir en verdad, que el Cuerpo partido y la Sangre
derramada de que Cristo habló en Su Última Cena con los discípulos
no fue meramente una anticipación de los acontecimientos históricos
que venían. Sino, que lo contrario: todo cuanto había de venir –
la cruz, la tumba, la resurrección al tercer día, la ascensión a los
cielos – sucedió precisamente para que el ser humano pudiera entrar
en comunión eterna con Dios.
Así la “Mística Cena del Hijo de Dios” que se celebra
continuamente en la Divina Liturgia de los domingos y días de
fiesta, es la esencia misma de lo que será la vida en el Reino de
Dios por toda la eternidad.
“Bienaventurado el que coma pan en el Reino de Dios.” (Lucas 14,15)
“Bienaventurados los que son llamados al Banquete de las Bodas del
Cordero.” (Apocalipsis 19,9)
VIERNES SANTO
Generalmente se celebra anticipadamente el oficio de Matutinos del
Viernes Santo el día Jueves Santo en la noche. La principal
característica de este oficio es la lectura de 12 textos
seleccionados de los Santos Evangelios, todas las cuales son relatos
de la pasión de Cristo. La primera de estas doce lecturas es Juan
13,31 al 18,1. Es el largo discurso de Jesucristo con sus discípulos
finalizándose con su llamada “oración sacerdotal”. La última
lectura de las doce relata cómo sellaron la tumba de Cristo y
colocaron una guardia. (Mateo 27, 62-66)
Se leen estas doce lecturas de los Evangelios acerca de
la pasión de Cristo durante el oficio de Matutinos, con la
entonación de distintos himnos y salmos entremedio. Toda la
himnología está relacionada con el sufrimiento de Cristo y basada en
gran parte en textos de los evangelios y en las escrituras y salmos
proféticos. Después de la lectura del quinto evangelio, el sacerdote
lleva la Cruz
en una solemne procesión alrededor del templo, mientras canta el
himno:
“Hoy fue elevado sobre un madero Aquel que levantó la tierra sobre
las aguas…”
Esta cruz es entonces colocada en medio del templo,
adornada con una corona de flores y velas, para que los fieles la
veneren. Es un momento de especial solemnidad, y la cruz permanece
allí hasta la celebración de Vísperas anticipada
el Viernes Santo en la mañana.
Después de la lectura del sexto evangelio, se canta las
Bienaventuranzas (tomadas de Mateo 5), en que se da especial énfasis
a la salvación otorgada al buen ladrón quien fue reconocido en el
Reino de Cristo.
El día Viernes Santo en la mañana, se celebra las Horas
Reales (Primera, Tercera, Sexta y
Novena), en que se vuelven a leer los relatos de los Evangelios
acerca de la pasión de Cristo, además de lecturas de profecías del
Antiguo Testamento acerca de la redención del ser humano, y de las
cartas de San Pablo acerca de salvación del ser humano por los
sufrimientos de Cristo. Los salmos que se leen en esta oportunidad
también son de carácter profético (por ejemplo, los Salmos 2, 5, 22,
109, 139, etc.)
No se celebra la Divina Liturgia en el Viernes Santo por
la misma razón que se prohíbe la celebración eucarística en los días
de ayuno eucarístico de
la Gran Cuaresma. (ver explicación anterior)
SÁBADO SANTO
El día
Sábado Santo en la iglesia recibe el nombre del Sábado Bendito, y el
primer oficio de este día, que se celebra después de la lectura de
las Horas o bien el Viernes Santo en la tarde, es el oficio de las
Vísperas del Viernes Santo. Conmemora la sepultura de Cristo.
Antes del
comienzo del oficio, se coloca un ícono pintado en tela sobre el
altar, el cual representa el Cristo yaciente después de ser bajado
de la cruz. Este icono se llama, en griego,
el Epitafio.
Como es
habitual, se inician las Vísperas con himnos acerca del sufrimiento
y muerte de Cristo. Después de la Entrada con el Libro de los
Evangelios y el himno Luz Radiante, se leen unas lecturas del libro
de Éxodo, de Job y de Isaías (52,13-54,1). Luego se lee la Epístola
tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios. (I
Corintios 1,18-31) El prokimenon y los versículos del Aleluya son de
carácter profético:
Repartieron mis vestiduras entre ellos, y sobre mi túnica echaron
suertes. (Salmo 21,18)
Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Salmo 21,1)
Me han echado en lo profundo de la fosa, en las
tinieblas, en los abismos (Salmo 87,7)

Luego se
da lectura al Evangelio, con una selección tomada de los cuatro
evangelios con los relatos de la crucifixión y sepultura de Cristo.
Durante la lectura del Evangelio y al llegar al relato en que José
de Arimatea baja de la cruz el cuerpo de Jesús, el sacerdote toma
la cruz, que ha estado en medio del templo desde la noche anterior,
la envuelve en una sábana blanca y la retira, siendo llevada hasta
el santuario, detrás del altar, lugar en que permanece (cubierta
siempre por la sábana blanca) hasta la fiesta de la Ascensión del
Señor.
Después de más himnos que glorifican la muerte de
Cristo, mientras el coro canta el cántico de Simeón, el sacerdote,
revestido de ornamentos de color oscuro, inciensa el Epitafio, que
todavía se encuentra sobre la mesa del altar. Luego, después del
Padre Nuestro, mientras se canta el tropario del día, el sacerdote
camina alrededor del altar llevando el epitafio sobre su cabeza,
sale del santuario en procesión solemne y lo coloca en una mesa con
forma de sepulcro que ha sido colocada en la nave del templo y
decorada con flores, simbolizando el sepulcro de Nuestro Señor
Jesucristo. El epitafio es reverentemente puesto allí para la
veneración de los fieles. Durante estos momentos el coro canta:
El Noble
José, habiendo bajado Tu Cuerpo purísimo desde el Madero, lo ungió
con aromas, y lo envolvió en un
lino fino, y lo depositó en sepulcro nuevo. (Tropario de Jueves
Santo)
El
oficio de Matutinos de Sábado Santo normalmente se celebra
anticipadamente el día Viernes Santo en la Noche. Cuando llegan los
fieles a la iglesia, se encuentra el epitafio aún en medio de la
nave, en la simbólica tumba. Cada uno se acerca al ícono para
venerarlo, expresando su amor por Cristo y su salvadora pasión y
santa resurrección al tercer día, que concede la vida al mundo.
Se da comienzo al oficio de Matutinos en la forma
habitual, con la entonación de “Dios el Señor...”, y el tropario
“El Noble José...”, continuando con los siguientes dos
troparios:
Cuando descendiste a la Muerte, oh Vida Inmortal, aniquilaste el
Infierno con el relámpago de Tu Divinidad. Y cuando levantaste a los
muertos que estaban bajo la tierra, clamaron a Ti todos los poderes
celestiales, oh Dador de Vida. Gloria a Tu Resurrección, oh Cristo.
Gloria a Tu Dominio. Gloria
a Tu Plan de Salvación, oh Único Amante de la Humanidad.
El ángel
que estaba junto al sepulcro dijo a las miróforas, la mirra es apto
para los muertos, pero Cristo se ha mostrado libre de toda
corrupción.
En lugar de la habitual lectura de los catismas, se
cantan tres conjuntos de versículos que alaban al Señor Crucificado.
Estos versos se conocen como Las Lamentaciones o Elogios Fúnebres, y
son una sublime muestra de la poesía y teología bizantina. Algunos
de sus textos, que se cantan reverentemente frente al sepulcro de
Cristo, incluyen los siguientes :
Oh Cristo
Vida, fuiste colocado en un sepulcro, y los ejércitos angelicales se
maravillaron glorificando Tu condescendencia.
Bajaste a
la tierra para salvar a Adán, y no encontrándolo allí, oh Soberano,
descendiste al Infierno a buscarlo.
Los
Serafines temblaron, oh Salvador al verte en la Alturas,
inseparablemente uno con el Padre, y abajo en la tierra yaciendo
muerto.
Todas la
generaciones ofrecen alabanzas a tu sepultura, oh Cristo.
No te
lamentes Madre porque ahora sufro, es para salvar a Adán y a Eva.
Todos
estos versos, aunque cantan de la temible pasión de Cristo, al mismo
tiempo reflejan siempre la certeza y alegría de la Resurrección. Los
textos glorifican a Dios como “Vida y Resurrección”, y se maravillan
ante su humilde condescendencia hasta la muerte.
En la persona de Jesucristo, se encuentra la perfecta
unificación del amor perfecto del ser humano hacia Dios, y el amor
perfecto de Dios hacia el ser humano. Es este amor divino-humano que
se contempla y se alaba frente la tumba del Salvador.
El templo está iluminado con la luz de las velas
sostenidas en manos de los fieles, y el primer anuncio de las
mujeres que llegaron a la tumba buscando el cuerpo de Cristo resuena
en la congregación. “Al alba las miróforas llegaron al sepulcro a
perfumar Tu cuerpo.” El sacerdote rocía a la congregación y el
templo entero con agua de rosas, mientras se proclama este primer
anuncio de la Buena Nueva de la salvación alcanzada por la
Resurrección de Cristo.
Los himnos del Canon de Matutinos siguen alabando la
victoria de Cristo sobre la muerte mediante su propia muerte, y
utilizan a cada uno de los cánticos del Antiguo Testamento como una
imagen prefigurativa de la salvación del ser humano mediante Cristo.
Aquí, se expresa por primera vez el sentido de
este sábado --- en particular, este sábado en el cual
Cristo yacía muerto e inánime --- es el más bendito séptimo día que
jamás haya existido. Este es el día en que Cristo descansa de toda
su obra de la re-creación del mundo. Este es el día en que el Verbo
de Dios “por quién todo fue hecho” (Juan 1,3) descansa como un
hombre muerto en la tumba, por la salvación del mundo que Él ha
creado y para la resurrección de los muertos.
Este es el sábado bendito en que Cristo duerme, mas se levantará de
nuevo al tercer día. (Kontakion y Oikos del Sábado Santo)
Nuevamente, el Canon se concluye proclamando la victoria
de Cristo:
No llores
por mí, oh Madre, viendo en la tumba, al Hijo a quien diste a luz de
modo maravilloso. Pues me levantaré y seré glorificado, y en mi
gloria divina yo exaltaré eternamente a todos los fieles que con fe
y amor te glorifiquen. (Novena Oda del Canon.)
Después de la entonación de algunos himnos de alabanza,
el sacerdote nuevamente inciensa la tumba de Cristo, mientras el
coro canta la Gran Doxología. Luego, al canto del Trisagion, todos
los presentes, velas encendidas en mano, salen en procesión de la
Iglesia. Cuatro miembros de la congregación llevan el Epitafio sobre
la cabeza del sacerdote, quien lleva el libro de los Santos
Evangelios en sus manos. La procesión va hasta el exterior del
templo. Esta procesión da testimonio de la victoria total de Cristo
sobre los poderes de la oscuridad y de la muerte. El universo entero
es purificado, redimido y restaurado.
Mientras la procesión vuelve al templo, nuevamente se
cantan los troparios del día, y se lee con gran solemnidad la
profecía de Ezequiel acerca de los “huesos secos” de Israel:
Y
vosotros sabréis que Yo soy el Señor, cuando abra tus tumbas, oh
pueblo mío.... Yo pondré mi espíritu entre vosotros, y viviréis…”
(Ezequiel 37,1-14)
Luego se cantan los versículos del salmo que llaman a
Dios a levantarse, a elevar Sus manos y a dispersar Sus enemigos, en
tanto que los justos exultarán (Salmo 67,2-4). Después se lee la
epístola de San Pablo a los Corintios: “Cristo nuestro cordero
pascual ha sido sacrificado.” (I Corintios 5,6-8). El oficio
concluye con la lectura del Evangelio que relata cómo la tumba de
Cristo fue sellada, y con las oraciones de intercesión y la
bendición final habituales.
Estos oficios de Vísperas y Matutinos del Sábado
Bendito, junto a la Divina Liturgia que se celebra a continuación
(el Sábado Santo por la mañana), son en verdad una obra maestra de
la tradición litúrgica ortodoxa. No son, de ninguna manera, la
simple recreación dramática de la muerte y sepultura históricas de
Cristo. Tampoco son una especie de reproducciones rituales de
algunas escenas de los evangelios. Son, mas bien, la más profunda
penetración espiritual y litúrgica al significado eterno de los
acontecimientos salvíficos de Cristo, contemplados y glorificados
desde ya con total conocimiento de su significado y poder
divinos.
La Iglesia no hace como si desconociera qué va a suceder
con el Jesús crucificado. La Iglesia es perfectamente consciente que
es el fruto que brota del costado herido de Cristo y de las
profundidades de su tumba. Tampoco se lamenta inútilmente de Su
crucifixión y Su muerte. A través de todos los oficios, se contempla
y se proclama la victoria de Cristo y su Gloriosa Resurrección. Pues
es únicamente a la luz de la victoriosa resurrección que el más
profundo significado divino y eterno de los acontecimientos de la
pasión y muerte de Cristo pueden ser verdaderamente comprendidos,
adecuadamente apreciados, y correctamente glorificados y alabados.
En la mañana del Gran Sábado Santo, se celebra las
Vísperas unidas a la Divina Liturgia de San Basilio el Grande.
Este oficio ya pertenece al domingo de Pascua. Comienza como de
costumbre con el salmo 103, la letanía de la paz, el Lucernario y
las stijiras, y la entrada con el Evangeliario y la entonación del
himno vespertino “Radiante Luz”.
Después de la entrada con el libro de los Santos
Evangelios, se leen quince lecturas del Antiguo Testamento,
todas relacionadas con la obra creadora y salvífica que ha sido
recapitulada y cumplida en la venida del Mesías. Además de las
lecturas de Génesis acerca de la creación, y las de Éxodo acerca de
la pascua - éxodo de los israelitas, se leen pasajes seleccionados
de Isaías, Ezequiel, Jeremías, Daniel, Zefanías, y Jonás,
además de Josué y Reyes. También se cantan el Cántico de Moisés y el
de los Tres Jóvenes que se encuentran en el libro de Daniel.
Después de estas lecturas del Antiguo Testamento, el
sacerdote entona la habitual exclamación litúrgica para el Trisagion
(Santo Dios), pero en su lugar se can el verso bautismal de la Carta
a los Gálatas: Vosotros que en Cristo os bautizasteis, de Cristo os
revestisteis. Aleluya. (Gálatas 3,27)
Como siempre en la Divina Liturgia, sigue en este
momento la lectura de la epístola. Se lee la epístola que
normalmente se lee durante el oficio del bautismo en la Iglesia
Ortodoxa. (Romanos 6,3-11) “Porque si fuimos sepultados juntamente
con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de
su resurrección.” (Romanos 6,5)
Después
de la lectura de esta epístola, el sacerdote abre las Puertas Reales
(que permanecían cerradas durante la lectura) y canta, junto a la
congregación, los versos del Salmo 81: “Levántate oh Dios, y
juzga la tierra. Porque Tú heredas todas las naciones.” Durante la
repetida entonación de este versículo y otros versos que lo
acompañan, el sacerdote pasa por todo el templo, esparciendo hojas
de laurel (o bien pétalos de flores), tanto en el santuario como la
nave, e incluso hasta las afueras del templo. Esta acción es también
simbólica de la gozosa victoria eterna de Cristo Nuestro Dios y
Salvador sobre la muerte.
Después de este alegre anuncio, el sacerdote lee el
Evangelio prescrito para
el día, tomado de San Mateo (28,1-20), anunciando la victoria
triunfal de Cristo sobre la muerte y sus palabras de envío a los
apóstoles: “Id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado…”
Este mismo texto es el que se lee en la ceremonia del sacramento del
bautismo.
Prosigue el resto de la Divina Liturgia, resplandeciente
con el tema del triunfo de Cristo. El siguiente himno reemplaza el
Himno de los Querubines en el Ofertorio:
“Que
toda carne guarde silencio en temor y temblor, que aleje de sí todo
pensamiento terrestre, pues el Rey de Reyes, y el Señor de Señores
avanza para ser inmolado y darse en alimento a los fieles.
Los coros
angélicos lo preceden con todos lo principados, las virtudes, los
querubines de innumerables ojos, y los serafines de seis alas, que
se cubren el rostro y cantan, Aleluya, aleluya, aleluya!
En lugar
del himno a la Theotokos después de la consagración de los dones
eucarísticos (Verdaderamente es digno bendecirte, oh Madre
de Dios), se canta la Megalinaria de la Liturgia de San
Basilio (Toda la creación se regocija en Ti, oh Llena de Gracia), o
bien, la novena oda del canon de Matutinos, “No lamentes por mí, oh
Madre mía, pues yo me levantaré…” El himno de la comunión es tomado
del salmo 77: “El Señor se levantó como el que duerme y resucitó
para salvarnos. ¡Aleluya!”
Se cumple la Divina Liturgia con la comunión con Aquel
que yace muerto en cuerpo humano pero que es eternamente entronizado
con Dios Padre; Aquel que, como Creador y Vida del Mundo, destruye
la muerte con Su Muerte Vivificadora. Su tumba es, en verdad,
fuente de nuestra resurrección.
Originalmente, esta Liturgia era la liturgia bautismal
pascual de los cristianos. Hasta el día de hoy lo tenemos en
herencia como la experiencia anual de cada cristiano de su propia
muerte y resurrección junto al Señor.
“Y si
morimos con Cristo, creemos que también viviremos con Él; sabiendo
que Cristo, habiendo
resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte ya no enseñorea
más de él.” (Romanos 6,8-9)
Aunque
Cristo yace muerto, Él en verdad está vivo. Está en la tumba, pero
ya está “pisoteando la muerte con la muerte, y otorgando la vida a
los que yacían en los sepulcros.” No queda nada más por hacer,
excepto vivir la espera hasta el atardecer del Sábado Bendito en que
Cristo duerme, esperando la medianoche cuando el Día de Nuestro
Señor comenzará a brillar sobre nosotros, y la noche llena de luz
vendrá cuando proclamamos junto al ángel, “Ha resucitado; no está
aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.” (Marcos 16,6)
DOMINGO DE RESURRECCIÓN:
LA PASCUA SANTA Y GLORIOSA
Un poco
antes de la medianoche en el Gran Sábado Bendito, se celebra el
oficio de Nocturno. El celebrante se acerca a la tumba
, y toma de allí el Epitafio para llevarlo hasta la mesa del altar
donde permanecerá durante 40 días, hasta la fiesta de la Ascensión
de Cristo a los cielos.
Llegada la medianoche, se da comienzo a la procesión
pascual. El templo se encuentra oscuro, sin la luz de ni siquiera
una vela. El Obispo, o bien el celebrante principal, quien ahora
sostiene una vela encendida en sus manos, llama a los fieles desde
las Puertas Reales del Iconostasio cantando:
“Adelante, tomad la luz de la Luz Eterna. Venid, y glorificad a
Cristo resucitando de entre los muertos.”
Mientras los fieles repiten el himno, todos se acercan a
esta primera luz a encender también sus velas. Entonces se sale del
templo en procesión, llevando las velas, la cruz y los querubines.
El celebrante lleva el Evangeliario, y se va
cantando el siguiente himno:
Tu
Resurrección, oh Cristo Salvador, los ángeles en el cielo alaban.
Haznos dignos a nosotros de glorificarte con corazones puros.
La procesión recorre alrededor de la iglesia, hasta que
todos lleguen a las puertas principales del templo, que se
encuentran cerradas. Esta procesión de los cristianos en la noche de
Pascua de Resurrección recuerda las primeras procesiones
bautismales, desde la oscuridad y muerte de este mundo hasta la luz
y vida del Reino de Dios. Es la procesión de la Pascua Santa, el
pasar desde la muerte a la vida, de la tierra al cielo, desde este
siglo al siglo venidero que es eterno.
Delante de las puertas cerradas del templo, se anuncia
la resurrección de Cristo. Se lee el pasaje del Evangelio que habla
del descubrimiento de la tumba vacía (Marcos 16,1-8). Después el
celebrante proclama la bendición a la “Trinidad Santa,
Consustancial, Vivificadora e Indivisible.” A continuación y por
primera vez, se canta el tropario de la Pascua de Resurrección,
junto a los versos del Salmo 67, que dará comienzo a todos los
oficios de la iglesia durante la semana
pascual.
Levántese
Dios, sean dispersados sus enemigos; que los que le odien huyan de
él
Cristo
resucitó de entre los muertos, pisoteando la muerte con la muerte, y
otorgando la vida a los que yacían en los sepulcros. (Troparion)
Este es
el día que hizo el Señor; Regocijémonos y alegrémonos en él.
Luego los fieles penetran al templo, y prosigue el resto
del oficio de Matutinos Pascuales, el cual es completamente cantado.
El Canon de la resurrección de Cristo, atribuido a San Juan de
Damasco, es entonado, con el tropario de la fiesta cantado
repetidamente como coro. El templo está decorado de flores y luz, y
los ornamentos son del color claro y brillante de la Resurrección.
El ícono de la Resurrección de Cristo está en medio del templo,
mostrando a Cristo que destruye las puertas del infierno y rescata a
Adán y Eva del cautiverio de la muerte.
Es la imagen del Vencedor “pisoteando la muerte con la muerte.” Los
cánticos son continuos, y el celebrante inciensa a los fieles y a
los íconos una y otra vez, siempre proclamando: ¡Cristo resucitó! Y
los fieles responden con regocijo, ¡En verdad resucitó!
Hoy es el
día de la Resurrección! ¡Resplandezcamos con alegría, oh naciones!
Porque la Pascua es la Pascua del Señor. Porque Cristo Nuestro Dios
nos hecho pasar de la muerte a la vida, y de la tierra al cielo.
Nosotros que le cantamos el cántico de victoria y de
triunfo: Cristo ha resucitado de entre los muertos! (1° Oda del
Canon de Matutinos)
Después del canon, se cantan las Alabanzas y los versos
de la pascua, y al final de Matutinos, también se celebran las Horas
de la Pascua. En general, en los oficios de la Pascua de
Resurrección, no se lee ninguna parte del oficio; todo es cantado a
las melodías jubilosas de la fiesta.
De inmediato sigue la Divina Liturgia Pascual,
comenzando primero con el cántico del tropario de la Fiesta y los
versos del Salmo 67. Versículos especiales tomados de los salmos
también componen las antífonas de la Liturgia, mediante los cuales
los fieles glorifican y alaban la salvación de Dios.
Se canta una y otra vez el Tropario de la Resurrección:
¡Cristo resucitó de entre los muertos! El texto bautismal tomado de
la carta de San Pablo a los Gálatas nuevamente reemplaza el
Trisagion. La lectura de la Epístola es tomada del Libro de los
Hechos de los Apóstoles (1,1-9). La lectura del Evangelio es del
Evangelio de San Juan, 1,1-17. La proclamación de la Palabra de Dios
lleva a los fieles hasta el principio, anunciando la creación y la
re-creación del mundo mediante el Verbo Vivo de Dios, Su Hijo
Jesucristo.
En el
principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era
Dios. …Todas las cosas por él fueron hechas … En él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres. Y el
Verbo se hizo
carne, y
habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad. … Y vimos su
gloria, gloria como del Unigénito del Padre. … De su
plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. (Juan 1,1-17)
La Divina
Liturgia
se
corona en la
santa comunión con el Cordero Pascual, en Su Mesa de banquete en el
Reino de Dios. Repetidamente se entona el tropario de la fiesta de
la Resurrección mientras los fieles participan de Aquel “que estuvo
muerto y revivió” (Apocalipsis 2,8).
Como
homilía, en la Divina Liturgia Pascual, se lee el célebre Sermón
Pascual de San Juan Crisóstomo. Este sermón, que interpreta la
Parábola de los obreros de la viña, y particularmente de los que
llegaron a la undécima hora (Mateo 20,1-16), invita a todos a
olvidar sus pecados y a participar de todo corazón en la fiesta de
la Resurrección. Nos invita a todos a la mesa de Cristo a fin de
compartir el Cordero Pascual.
En la Iglesia Ortodoxa, se refiere a la Resurrección
como la Pascua, lo que quiere decir Pasar o Pasaje. Es la Pascua de
la Alianza Nueva y Eterna predicha por los profetas de antaño. Es
el pasar de la muerte a la vida, de la tierra al cielo. Es el Día
del Señor, proclamado por los santos profetas de Dios, “el día que
hizo el Señor,” para juzgar la creación entera, el día de su
victoria final y eterna. Es el Día del Reino de Dios, el día en que
“no habrá allí más noche” pues “el Cordero es su lámpara.”
(Apocalipsis 21,22-25)
La celebración de la Pascua en la Iglesia Ortodoxa no es
una representación dramática de la primera mañana pascual. El oficio
no se celebra al amanecer, ya que los Matutinos Pascuales junto a la
Divina Liturgia son celebrados en las primeras horas nocturnas del
primer día de la semana, con el propósito de dar a los seres humanos
la experiencia de la “nueva creación” del mundo, y permitirles
entrar místicamente a la Jerusalén Celestial que resplandece
eternamente con la gloriosa luz de Cristo, venciendo la noche
perpetua del mal y destruyendo la oscuridad de este mundo mortal y
lleno de pecado:
Resplandece, resplandece, Nueva Jerusalén. Pues la gloria del Señor
ha brillado sobre ti. Alborózate ahora y alégrate Sión. Oh Purísima
Madre de Dios, regocíjate por la Resurrección de Tu Hijo.
Este es uno de los principales himnos de la Pascua de
Resurrección en la Iglesia Ortodoxa. Se inspira en el libro del
Profeta Isaías y en los últimos capítulos del Apocalipsis, pues es
en la Santa Noche de la Pascua de Resurrección que se celebra, se
realiza y se experimenta el misterio de la Nueva Creación, de la
Nueva Jerusalén Celeste, la Ciudad Celestial, el Reino de Dios, el
Día del Señor, las Bodas del Cordero con su Esposa.
El
Domingo de la Pascua de Resurrección en la tarde, se celebra el
oficio de vísperas. Es una celebración especial, que se comienza en
las afueras del templo. Los celebrantes junto a los fieles, caminan
en procesión hasta el templo, llevando el icono de la Resurrección.
En este oficio se lee el Evangelio de San Juan (20,19-24), que
relata la primera aparición de Jesucristo resucitado a sus
discípulos aquel mismo día de Pascua. Según la tradición antioqueña,
este Evangelio se lee en todos los idiomas posibles, de modo que se
anuncie la Buena Nueva de la Resurrección del Señor a todos los
pueblos.
RESUMEN DE LOS OFICIOS DE SEMANA SANTA :
|
|
MAÑANA
|
TARDE
|
NOCHE
|
|
Sábado de Lázaro |
Divina Liturgia |
|
|
|
Domingo de Ramos |
Divina Liturgia |
|
Mat. de Lunes Sto. |
|
Lunes Santo |
Lit. Presantificados |
|
Mat. de Martes Sto. |
|
Martes Santo |
Lit. Presantificados |
|
Mat. de Miércoles Sto. |
|
Miércoles Santo |
Lit. Presantificados |
|
Unción de los Enfermos |
|
Jueves Santo |
Vísp. y Lit. Sn. Basilio |
|
Mat. de Viernes Sto. |
|
Viernes Santo |
Horas Reales |
Vísperas
|
Matutinos de Sábado |
|
Sábado Santo |
Vísp. y Lit.
Sn. Basilio |
|
Nocturna, Mat. y Div. Lit. de Resurrección |
|
Pascua de Resurrección |
|
Vísp. de Ágape |
|