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La Verdadera Naturaleza del Ayuno
Por Madre María y Monseñor Kallistos Ware
“Hemos
esperado y al final nuestras expectativas fueron
colmadas”,
escribe Monseñor Nicolai de Ochrid, un obispo Serbio, al
describir el oficio de Pascua en la ciudad de Jerusalén.
“Cuando el Patriarca entonó el Cristo Resucitó” una
brisa venida del cielo pasó por nuestras almas. Nos
sentimos como si también nosotros hubiéramos resucitado
de entre los muertos. A una sola vez, de todos lados, el
mismo himno resonaba como el curso de muchas aguas.
“Cristo resucitó” cantaban los griegos, los rusos, los
árabes, los serbios, los coptos, los armenios, los
etíopes, uno tras otro, cada uno en su propia lengua y
en su propia melodía. Allí fue cuando comenzamos a ver
todo desde la luz de la Resurrección y todo era
diferente de lo que había sido ayer. Todo parecía mejor,
más expresivo, más glorioso. Solamente bajo la luz de la
Resurrección de Cristo la vida recibe significado”.
Este sentido de
gozo de resurrección, tan vividamente descrito por
Monseñor Nicolai, forma la fundación de todos los
oficios de la Iglesia Ortodoxa; es la única base para
nuestra vida y esperanza cristiana. Sin embargo, para
poder experimentar el verdadero poder del gozo pascual,
cada uno de nosotros necesita pasar por el tiempo de
preparación: “hemos esperado” decía Monseñor Nicolai, “y
al final nuestras expectativas fueron colmadas”. Sin
esta espera, sin preparación expectante, el más profundo
sentido de la Pascua se perderá.
Es por eso que
antes de llegar al festejo de la Resurrección se ha
desarrollado un largo período de arrepentimiento y de
ayuno, el cual se extiende en el presente uso de la
Iglesia Ortodoxa por casi diez semanas. En primer lugar
vienen veintidós días (cuatro domingos sucesivos) de
observancia preliminar, luego seis semanas o cuarenta
días del Gran Ayuno de Cuaresma y finalmente la Semana
Santa. Correspondiéndose con este período, después de
Pascua nos llegan otros cincuenta días de agradecimiento
que concluye con Pentecostés.
Cada uno de
estos períodos tiene su propio libro litúrgico. Para el
tiempo de preparación tenemos el libro llamado
“Triodion” o el “Libro de las Tres Odas”.
Para el tiempo del agradecimiento tenemos otro libro al
cual llamamos “Pentecostarion” conocido en la
Iglesia Rusa como el “Triodion Festivo”. El
punto de división entre ambos libros es la medianoche
del Sábado Santo porque los Matutinos del servicio de
Pascua es la primera hoja del Pentecostarion. Esta
división en dos volúmenes distintos, hecho por una
cuestión de práctica, no nos tienen que alejar de la
unidad esencial que existe entre la crucifixión del
Señor y su resurrección. Ambas son una sola acción.
En el Antiguo
Testamento leemos que el pueblo de Dios comía el “pan
de la aflicción” (Deut 16:3) para prepararse a la
Pascua, de la misma manera los cristianos nos preparamos
para la celebración de Resurrección observando este
ayuno. ¿Qué significado tiene la palabra “ayuno”? En el
plano exterior el ayuno envuelve una abstinencia física
de alimentos y bebidas: sin esta abstinencia exterior el
ayuno no se conserva: sin embargo estas reglas del comer
y del beber no pueden ser comprendidas como un fin en si
mismas debido a que el ayuno ascético siempre tiene un
propósito interior más relevante. El hombre es la unión
de un cuerpo y un alma, “una criatura viva formada de
naturalezas visibles e invisibles”, como lo describe
el libro del Triodion, y nuestro ayuno debe envolver
ambas naturalezas. La tendencia a sobre enfatizar las
reglas externas sobre la comida de una manera legalista,
y la tendencia opositora de no dar sentido a dichas
reglas y llamarlas innecesarias, son deplorables cuando
uno busca un verdadero sentido ortodoxo del ayuno. En
ambos casos el balance propio de ambos ayunos es
necesario.
La segunda
tendencia es la que prevalece el día de hoy. Hasta el
siglo XIV, la mayoría de los cristianos occidentales,
junto a sus hermanos orientales, ayunaban durante la
cuaresma no solamente carnes sino todo producto derivado
de animal. En el oriente y en el occidente, el ayuno
incluía un esfuerzo físico severo. Sin embargo en
Occidente se ha visto un gran decaimiento de esta
práctica en los últimos cinco siglos. Los esfuerzos en
la cuaresma han sido reducidos, hasta el punto que el
día de hoy son prácticamente simbólicos. ¿Cuántos de los
que viven un carnaval tienen conciencia que esas
celebraciones marcaban el inicio de un severo ayuno
hasta pascua?
Una de las
razones para este decaimiento en el ayuno es la actitud
general con respecto a la naturaleza humana, el falso
“espiritualismo” que rechaza o ignora el cuerpo y
que ve al hombre solamente como una mente razonable.
Como resultado, muchos cristianos contemporáneos
perdieron la verdadera visión del hombre como una unidad
íntegra de lo visible y lo invisible; rechazando el
positivo rol que juega el cuerpo en la vida espiritual
se olvidan de las palabras de San Pablo: “el cuerpo es
templo del Espíritu Santo… glorifica al Señor con tu
cuerpo” (I Cor 6:19-20). Otra razón para este
decaimiento en el ayunar entre Ortodoxos es el argumento
de que las reglas tradicionales no son ya posibles.
Estas reglas presuponen una reorganización para una
cultura y una sociedad pluralística cristiana. Esto
querrá decir que al no vivir ya en una forma agrícola,
el ayuno ha quedado abandonado al pasado. Nadie recuerda
que el ayuno siempre fue difícil. Muchos el día de hoy
terminan ayunando por el sentido de salud o de belleza,
para perder peso. Pero, ¿no podemos, acaso, los
cristianos ayunar por el Reino de los Cielos? Una vez le
preguntaron a San Serafín de Sarov porque los milagros
de la gracia, tan manifestados en el pasado, no
aparecían tanto en nuestros días. El respondió: “solo
una cosa falta: una resolución personal y firme”.
El primer
objetivo del ayuno es hacernos concientes de nuestra
dependencia en Dios. Si lo practicamos con seriedad, la
abstinencia de comidas durante Cuaresma, especialmente
los primeros días, significa una considerable medida de
hambre real además de un sentimiento de cansancio. El
propósito de esto es llevarnos al sentido interno de
contrición, esto es, a llevarnos al punto de que las
palabras de Cristo se hagan una realidad “sin mi nada
podéis hacer” (Juan 15:5). Al estar siempre comiendo y
bebiendo, con facilidad confiamos en nuestras
habilidades y adquirimos un falso sentido de autonomía y
autosuficiencia. La observancia de un ayuno físico toca
esta complacencia que se va creando en nuestras vidas.
La abstinencia
no nos conduce solamente a sentir hambre sino a ser
iluminados y sentir el gozo y la alegría de la libertad.
Aunque al principio podamos sentirnos debilitados, nos
encontramos que el ayuno nos permite dormir menos,
pensar más claramente y trabajar con más decisión. Como
muchos especialistas lo declaran, los ayunos periódicos
contribuyen a una higiene del cuerpo. Al envolver una
verdadera negación de uno mismo, el ayuno no busca
violentar nuestra naturaleza sino restaurarla para salud
y equilibrio. Muchos de nosotros, reconozcámoslo,
comemos más de lo que necesitamos. El ayuno libera
nuestro cuerpo haciéndolo partícipe en el trabajo de la
oración, alentando en nosotros la voz del Espíritu
Santo.
Es necesario
notar que el uso común, en el ámbito ortodoxo, de la
palabra “ayuno” y “abstinencia” es
prácticamente del mismo sentido. Después del Concilio
Vaticano II, la Iglesia Católica Romana hizo una
distinción clara entre ambos términos: la abstinencia
concierne a los tipos de comidas, sin referencia a la
cantidad, mientras que el ayuno significa una limitación
en el número de comidas o en la cantidad propia de cada
una de ellas. De tal manera que en ciertos días tanto la
abstinencia como el ayuno son necesarios; pero también
en ciertos casos uno es necesario y no el otro. En la
Iglesia Ortodoxa no existe una diferenciación clara de
ambos términos. Durante la Cuaresma frecuentemente hay
una limitación en el número de comidas de cada día pero
cuando una comida es permitida no hay una restricción en
la cantidad. Los Padres simplemente establecen, como
principio guía, que no debemos comer para saciarnos sino
levantarnos de la mesa sintiendo que podríamos haber
comido más pero que dedicaremos ese momento a la
oración.
Si bien es
cierto que es necesario no sobreconsiderar las medidas
del ayuno, también es igualmente necesario no quitarles
significancia. El ayuno no es una dieta: es una práctica
moral y física. El verdadero ayuno debe convertirse en
el centro de nuestro corazón y de nuestra voluntad, el
llamado es a volver a Dios, regresar al hogar paterno al
igual que lo hace el hijo pródigo. En palabras de san
Juan Crisóstomo, “la abstinencia no solo es de comida
sino de pecados”. “El ayuno”, insiste, “no
debe conservarse solo en la lengua sino en los ojos, los
oídos, los pies, las manos y todos los miembros del
cuerpo”: los ojos deben abstenerse de imágenes
impuras, los oídos deben abstenerse de chismes
maliciosos, las manos deben abstenerse de actos de
injusticia. No tiene sentido el ayunar comidas, protesta
San Basilio, y entregarnos a un cruel criticismo:
“Tal vez no comas carne, pero seguramente devoras a tu
hermano”, nos dice. Lo mismo nos dirá el
libro del Triodion especialmente en la primera
semana del ayuno: “Así como ayunamos, abstengámonos
también de toda pasión mundana. Observemos un ayuno
aceptable y valedero ante el Señor. El verdadero ayuno
es el de alejar de nuestra vida todo mal, controlar la
lengua, abstenernos del enojo, de la codicia, del ocio,
de falsedades y de perjurios. Si renunciamos a estas
cosas, nuestro ayuno es verdadero y aceptable a Dios.
Conservemos nuestro ayuno no solo absteniéndonos de
comidas sino convirtiéndonos extraños a toda pasión
carnal”.
El significado
interior del ayuno es mejor resumido en la triple
práctica de oración, ayuno y el dar limosnas. Divorciado
de la oración y de la recepción de los Santos
Sacramentos y sin actos de compasión, nuestro ayuno se
convierte en farisaico o hasta demoníaco. No nos conduce
este tipo de ayuno a la contrición o al gozo sino al
orgullo, a tensiones internas y a irritabilidad.
El ayuno no
tiene ningún valor y hasta puede ser contraproducente
cuando no se lo combina con oración. En el Evangelio, el
demonio es expulsado no solo con ayuno sino con
“oración y ayuno” (Mt 17:21). Los primeros
cristianos, nos dicen los Hechos de los Apóstoles
“ayunaban y rogaban” (3:3).
Tanto en el
Antiguo como en el Nuevo testamento, el ayuno es visto
no como un fin en sí mismo sino como una ayuda para una
oración más intensa y viva. El ayuno es visto siempre
como la preparación para un acto decisivo o para un
encuentro directo con Dios. De la misma manera que
nuestro Señor ayunó cuarenta días en el desierto como
una preparación para el inicio de su ministerio público
(Mt 4:1-11), también nosotros ayunamos así. Cuando
Moisés ayunó en el Monte Sinaí (Ex 34:28) y Elías en el
Monte Horeb (I Re 19:8-12) el ayuno estaba íntimamente
vinculado con la aparición de Dios. La misma conexión
existente entre ayuno y visión de Dios es evidente en
el caso de San Pedro (Hechos 10:9-17). El “subió a la
terraza, siendo la hora sexta, para rezar. Sintió hambre
y quiso comer” y fue en este trance que escuchó la voz
de Dios. Lo mismo es el propósito del ayuno ascético:
buscar que también nosotros, como lo dice el libro del
Triodion, nos acerquemos a la montaña de oración.
La oración y el
ayuno deben ser acompañadas por acciones de bien: el dar
limosnas por ejemplo, esto es, expresar nuestro amor por
los demás en una forma práctica, por medio de obras de
compasión y de perdón. Ocho días antes del inicio de la
Cuaresma, en el domingo del Juicio Final, el Evangelio
escogido es el de las ovejas y los corderos (Mt
25:31-46), recordándonos cual es el criterio en el
juicio venidero: no lo estrictos que fuimos en nuestro
ayuno sino cuanto ayudamos a aquellos en necesidad. El
Triodion nos dirá: “conociendo los mandamientos del
Señor, hagamos de ellos nuestro camino de vida: demos de
comer a los hambrientos, demos de beber a los sedientos,
arropemos a los desnudos, demos la bienvenida a los
extraños, visitemos a aquellos que están en prisión y a
los enfermos. Entonces el Juez de toda la tierra nos
dirá: “Vengan, benditos de mi Padre, hereden el Reino
preparado para ustedes”.
Con este verso
también nos damos cuenta de la típica instancia del
carácter evangélico de los libros de oraciones
ortodoxos. Junto con muchos otros textos en el Triodion,
esta es un simple parafraseo de las Escrituras.
No es una
coincidencia que en el inicio de la Gran Cuaresma haya
una ceremonia especial de reconciliación mutua: sin amor
hacia los demás no existe un ayuno genuino. Obviamente
este amor no debe estar limitado a gestos formales o a
sentimentalismos sino que debe expresarse en una
práctica forma de dar limosnas. Dicha fue la convicción
de la Iglesia Primitiva. Para el Pastor de Hermas (siglo
II) el dinero ahorrado durante el tiempo de ayuno debe
ser entregado a las viudas, los huérfanos y los pobres.
Pero el dar limosnas significa más que esto: no es solo
el dar nuestro dinero sino también nuestro tiempo, no
solo lo que tenemos sino lo que somos, es dar parte de
nosotros mismos. Cuando escuchamos al Triodion
hablándonos de dar limosnas, esta palabra debe ser
tomada en un sentido mucho más profundo que en el
sentido al cual estamos acostumbrados a escuchar. El
siempre hecho de dar dinero puede ser considerado como
un sustituto o una evasión, una forma de protegernos de
un acercamiento más personal con aquellos en necesidad.
Por otro lado, el hacer nada más que el dar palabras de
aliento a una persona con necesidades materiales
urgentes es igualmente una evasión a nuestras
responsabilidades. Trayendo a nuestra mente el hecho
enfatizado anteriormente de la unión entre alma y cuerpo
en el hombre, debemos asistir a los demás tanto en un
nivel físico como espiritual.
Siempre en
nuestros actos de abstinencia debemos tener en mente el
llamado de atención de San Pablo: “no condenemos a
aquellos que ayunan menos estrictamente” (Cf Rom 14:3).
Igualmente recordemos las palabras del Señor al decirnos
como debemos orar, ayunar y dar limosnas: no como
hipócritas.
Si deseamos
entender correctamente las palabras del Triodion y la
espiritualidad que subraya este, existen cinco mal
interpretaciones del ayuno contra las cuales debemos
luchar: en primer lugar, el tiempo de ayuno no está
dirigido solo a monjes y monjas, sino que es para todo
el cuerpo de Cristo. En ningún lugar los Cánones de los
Concilios Ecuménicos o de los Sínodos Locales sugieren
que el ayuno es solo para monjes. Por el bautismo, todos
los cristianos, casados o célibes, cargan sus cruces
siguiendo el mismo camino espiritual.
En segundo
lugar, el ayuno no debe ser considerado en un sentido
Pelagiano. Si las lecturas de cuaresma nos llaman a
esforzarnos, nunca debemos comprender esto como que
nuestro éxito depende solamente de la dureza de nuestra
voluntad. Por el contrario, todo lo que conseguimos
durante la cuaresma debe ser entendido como un libre don
de Dios.
En tercer lugar,
el ayuno nunca debe ser acorde a nuestra voluntad sino
obediente. Cuando ayunamos, no tenemos que inventarnos
reglas especiales para nosotros mismos, sino que debemos
seguir tan fielmente como sea posible las reglas
aceptadas y establecidas por la Santa Tradición. Esta
forma aceptada, la cual expresa la conciencia colectiva
del pueblo de Dios, posee una sabiduría y un balance
escondido que no se pueden encontrar en ingeniosas
austeridades establecidas por nuestra propia fantasía.
Donde parezca que las reglas tradicionales no son
aplicables a nuestra situación personal, debemos pedir
el consejo de nuestro Padre espiritual (no en un sentido
legalístico para asegurarnos una “dispensación”, sino
para que humildemente con su ayuda podamos descubrir la
buena voluntad de Dios para nuestras vidas. Sobre todo
si deseamos para nosotros no estar más relajados sino un
poco más riguroso, no debemos nunca hacerlo sin la
bendición de nuestro padre espiritual. Esta ha sido la
práctica de la iglesia desde los primeros siglos. Padre
Antonio decía: “Conozco monjes que cayeron después de
mucho trabajo y entraron en una especie de locura, solo
porque confiaron en sus propias obras y negaron los
mandamientos que dicen: “Pregúntale a tu Padre, y el te
lo dirá”. (Deut 32:7). Otra vez dijo: “como puedas,
por cada paso que un monje haga, por cada gota de agua
que el beba en su celda, debe primero consultar con los
ancianos, solo para que no cometa errores en esto”.
Estas palabras
no solo se adaptan a un moje sino también al pueblo
laico que vive en el “mundo”, pese a que estos ultimo se
relacionan con una menos estricta obediencia a sus
padres espirituales. Si te sientes orgulloso, nuestro
ayuno asume un carácter diabólico, llevándonos cerca no
de Dios sino del Diablo. Debido a que el ayuno hace
rendir nuestros sentidos a las realidades de lo
espiritual y por lo cual puede ser peligrosamente
ambivalente: existen no solo espíritus del bien sino
también del mal.
En cuarto lugar,
paradójico como pueda parecer, el periodo de la Cuaresma
es un tiempo no para entristecernos sino para
regocijarnos. Es verdad que el ayuno nos conduce al
arrepentimiento por nuestros pecados, pero esta
penitencia, en la frase de San Juan Clímaco, es un gozo
que surge de la tristeza. El libro del Triodion menciona
tanto a las lágrimas como a la alegría en una oración
simple:
“Concédeme
lagrimas como las gotas de lluvias que caen de los
cielos, Cristo,
Conservando
este gozoso día de ayuno”.
Es remarcable
con cuanta frecuencia los temas del gozo y de la luz
reaparecen en los textos del primer día de ayuno:
“Con
gozo entremos y comencemos el ayuno,
No estemos
tristes…
Alegrémonos
iniciando este tiempo de abstinencia;
Resplandezcamos con el brillo de los santos
mandamientos…
Toda vida
mortal no es más que un solo día, como se nos dice,
Pero para
aquellos que trabajan con amor,
Hay cuarenta
días en el ayuno;
Conservémoslos con gozo”.
La cuaresma no
es oscuridad sino que es luz, no es muerte, es vitalidad
renovada. De cierto que el tiempo de oraciones tiene su
sentido sombrío, con las repetidas postraciones los días
de semana, con las vestimentas oscuras del Sacerdote,
con los himnos cantados con un sentido lleno de
compunción. En el Imperio cristiano de Bizancio, los
teatros cerraban y los espectáculos públicos estaban
prohibidos durante la Cuaresma. Hasta el día de hoy, las
bodas se prohíben durante las siete semanas de ayuno.
Sin embargo, estos elementos de austeridad no deben
cegarnos a pensar que el ayuno es un tiempo de castigo,
sino un don gratuito de la gracia divina.
“Venid,
pueblos todos, aceptemos hoy
La gracia del
ayuno como un don de Dios”.
Por último,
nuestra abstinencia durante la Cuaresma no implica un
rechazo a la creación de Dios. Como insiste San Pablo,
“nada es limpio en si mismo” (Rom 14:14). Todo lo que
hizo el Señor es bueno (Gen 1:31): ayunar no es negar
esta intrínseca bondad sino reafirmarla. “Para los puros
todo es puro” (Tito 1:1), y así mismo en el banquete
mesiánico en el Reino de los Cielos no habrá necesidad
de ayuno. Pero viviendo en un mundo caído y sufriendo
las consecuencias del pecado, como sufrimos, tanto el
pecado original como el personal, no somos puros, por
ello necesitamos del ayuno. El mal no reside en lo
creado como tal sino en nuestra actitud hacia esto de
parte de nuestra voluntad. El propósito del ayuno, no es
repudiar la creación divina sino limpiar nuestra
voluntad. Durante el ayuno negamos nuestros impulsos
carnales, por ejemplo, nuestro apetito espontáneo por
comida o bebida, no porque estos impulsos sean en si
mismos malos, sino porque están desordenados por causa
del pecado y requieren ser purificados por medio de la
disciplina. Así, el ascetismo es una lucha no contra
sino por nuestro cuerpo; el objetivo del ayuno es purgar
del cuerpo todo aquello carnal que pueda tener y
rendirlo a lo espiritual. Rechazando lo que es
pecaminoso en nuestra voluntad, no destruimos el cuerpo
creado por Dios sino que lo restauramos a su verdadero
balance y libertad. Como lo dice el Padre Sergio
Bulgakov: “Matamos la carne para adquirir un cuerpo”.
Pero, cuando
rendimos nuestro cuerpo espiritual no lo
desmaterializamos, privándolo de su carácter de entidad
física. Lo “espiritual” no debe ser equilibrado con lo
“no material”, ni tampoco la “carne” debe ser puesta en
contraste con lo que pertenece al cuerpo. En el uso que
le da San Pablo, “la carne” denota la totalidad del
hombre, su alma y su cuerpo juntos, debido a que es un
ser caído y que por eso está separado de Dios; de la
misma manera el “espíritu” denota la totalidad del
hombre, alma y cuerpo, debido a que es redimido y
divinizado por la Gracia. De esta manera el alma tanto
como el cuerpo puede convertirse en carnal, y el cuerpo
así como el alma pueden convertirse en espirituales.
Cuando San Pablo, enumera las obras de la carne (Gal
5:19-21) incluye cosas como la sedición, la herejía y la
envidia, que envuelve el alma más que al cuerpo.
Haciendo a nuestro cuerpo un ente espiritual, la
cuaresma no suprime el aspecto físico de nuestra
naturaleza humana, sino que hace nuestra materialidad
una vez más como Dios intentó que fuera.
Esta es la
manera en que interpretamos nuestra abstinencia de
comidas. El pan, el vino y los otros frutos de la tierra
son dones de Dios, de los cuales participamos con
reverencia y agradecimiento. Si los cristianos ortodoxos
se abstienen de comer carnes durante ciertos tiempos, o
en algunos casos continuamente, no significa que la
Iglesia Ortodoxa es por principio vegetariana y que
considera el comer carne como un pecado. Cuando
ayunamos, no es porque consideremos el acto de comer
como vergonzoso, sino solo para hacer que nuestro comer
sea espiritual, sacramental y eucarístico, para llevarlo
a ser un medio de comunión con Dios, el Dador. Solamente
aquellos que han aprendido a controlar su apetito por
medio de la abstinencia pueden apreciar toda la gloria y
belleza que Dios nos ha entregado. Para alguien que no
ha comido nada por un espacio de veinticuatro horas, una
aceituna puede parecerle algo grandioso. Una rodaja de
queso o un huevo hervido nunca tienen el mismo exquisito
gusto que una mañana de Pascua, después de siete semanas
de ayuno.
También podemos
adaptar este concepto al tema de la abstinencia de
relaciones sexuales. Ha sido por mucho tiempo la
enseñanza de la Iglesia que durante los tiempos de
ayuno, los matrimonios deben tratar de vivir como
hermanos y hermanas, sin que esto signifique que las
relaciones sexuales dentro del matrimonio son en si
mismas pecaminosas. Por el contrario, el Gran Canon de
San Andrés de creta, en el que más que en el Triodion,
encontramos resumida la significancia de los cánones de
Cuaresma sin ninguna ambigüedad: el matrimonio y el
lecho sin mansilla son honorables. Porque para ambos
Cristo ha dado su bendición, estando presente en las
bodas de Canaan, transformando el agua en vino y
revelando su primer milagro.
La abstinencia
en los matrimonios, entonces, tienen como su objetivo,
no la supresión sino la purificación de la sexualidad.
Dicha abstinencia, practicada “con mutuo consentimiento
por un tiempo”, tiene siempre el objetivo positivo
“de que puedan darse al ayuno y a la oración” (I Cor
7:5). La abstinencia, en este sentido, más que indicar
una depreciación dualista del cuerpo, sirve por el
contrario para conferir al lado sexual del matrimonio,
una dimensión espiritual que puede estar ausente en la
pareja.
Para guardarnos
de una dualista mal interpretación del ayuno, el
Triodion habla repetidamente sobre la bondad inherente
de la creación material. En el ultimo de los oficios que
contiene, las vísperas del Sábado Santo, la secuencia de
quince lecturas del Antiguo Testamento se abren con las
primeras palabras de Génesis, “en el principio creó Dios
los cielos y la tierra”: todas las cosas creadas son
obras de Dios y por lo tanto son “buenas”. Cada parte de
la divina creación, como el Triodion insiste, participa
en alabar al Hacedor de todo:
“Las huestes
celestiales le rinden gloria,
Ante El
tiemblan los querubines y los serafines,
Que todo lo
que respira y toda la creación
Le alaben, le
bendigan, y lo exalten por sobre todo siempre.
Oh Tu, que
cubriste los más altos lugares con agua,
Que
estableciste la arena como limite al mar y que sostienen
todas las cosas:
El sol canta
tus alabanzas, la luna te rinde gloria,
Cada criatura
te ofrece un himno,
Como Autor y
Creador por siempre.
Que todos los
árboles del bosque dancen y canten…
Que todas las
montañas y valles
Rompan en
regocijo por la misericordia de Dios,
Y que todos
los árboles del campo lo aplaudan.
Esta actitud
afirmativa hacia el mundo material lo encontramos no
solamente en la doctrina de la creación sino también en
la doctrina de Cristo. Una y otra vez en el Triodion, la
verdadera realidad física de la naturaleza humana de
Crsito es subrayada. ¿Cómo, entonces, puede el cuerpo
humano ser malo, si Dios mismo ha asumido y divinizado
al cuerpo? Como lo decimos en los matutinos del primer
domingo de Cuaresma, el domingo de la Ortodoxía:
“No
te nos apareciste, amante Señor, meramente en una
semblanza exterior,
Como dicen
los seguidores de Mani, enemigos de Dios,
Sino en la
total y verdadera realidad de la carne”
Y porque Cristo
tomó un verdadero cuerpo material, los himnos para el
Domingo de la Ortodoxía lo hacen claro, es posible y, en
verdad, esencial mostrarlo en persona en los santos
iconos usando maderas y pinturas:
El
incircunscripto Verbo del Padre se hizo circunscrito,
Tomando carne
de ti, Madre de Dios,
Y El ha
restaurado la caída imagen a su antigua gloria
Llenándola
con la divina belleza.
Esta, nuestra
salvación, confesamos con obras y palabras
Y las
mostramos en los santos iconos
Esta aserción
de las potencialidades espirituales de la creación
material es un tema constante durante el tiempo de la
Cuaresma. En el primer domingo del Gran Ayuno, se nos
recuerda de la naturaleza física de la Encarnación de
Cristo, de la realidad material de los santos iconos., y
de la visible y ascética belleza de la Iglesia. El
segundo domingo conservamos la memoria de San Gregorio
Palamás (1296-1359), quien enseñó que toda la creación
ha sido llenada por las energías de Dios y que aún en la
vida presente esta divina gloria puede ser percibida por
medio de los ojos físicos del hombre, proveyendo que su
cuerpo ha sido sometido a lo espiritual por la Gracia de
Dios. El tercer domingo veneramos la madera material de
la Cruz; el sexto domingo bendecimos los ramos
materiales; el Miércoles de la Semana Santa somos
sellados con el aceite material del Sacramento de la
Unción; el Jueves Santo recordamos como en la ultima
cena Cristo bendijo pan y vino materiales
transformándolos en Su Cuerpo Su Sangre.
Aquellos que
ayunan, más que repudiar cosas materiales, están por el
contrario asistiendo a su redención. Cumplen la vocación
asignada a los “hijos de Dios” por San Pablo: “el
universo creado espera la revelación de los hijos de
Dios… la creación será liberada y obtendrá la gloriosa
libertad de los hijos de Dios. Sabemos que la creación
toda ha estado gimiendo hasta ahora” (Rom 8:19-22). Por
los medios de la abstinencia de la Gran Cuaresma,
buscamos que con la ayuda de Dios podamos ejercitar este
llamado como sacerdotes de toda la creación, restaurando
todas las cosas a su primer esplendor. La disciplina
ascética, entonces, significa un rechazo del mundo, solo
comprendiendo que este se ha corrompido por la Caída;
del cuerpo, solo comprendiendo que esta dominado por
pasiones pecaminosas. La envidia excluye el amor: tanto
como envidiemos a otros y las cosas de los otros no
podremos realmente amarlos. Liberándonos de la envidia,
el ayuno nos hace capaces de un genuino amor. No más
dominado por los deseos egoístas de explotar y usar para
nuestro provecho todo, sino que empezamos a ver al mundo
con los ojos de Adán en el Paraíso. Nuestra negación
personal es el camino que nos conduce a nuestra propia
afirmación; este es nuestro medio de entrar en la
Liturgia Cósmica donde todo lo visible y lo invisible
rinden glorias a su Creador. |