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PALABRAS DE NUESTRO ARZOBISPO FESTIVIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de Junio 2003)
La historia del Apóstol
Pablo nos conduce a grandes ciudades, donde existían muchas congregaciones
de hombres. Después de Jerusalén, fue Antioquía, la tercera ciudad del
Imperio romano después de Roma y Alejandría, metrópolis del Oriente.
Antioquía fue la segunda
madre de la nueva Iglesia. Y una gran influencia en la vida del Apóstol
Pablo quien por veinte años fue su patria preferida y escogida,
constituyéndose en el motor de nuevas y grandes obras. Los cristianos de
Jerusalén reconocieron sin celos y con gratitud la obra del Espíritu Santo
en la Iglesia de Antioquía, y Antioquía comenzó a sentir cada día mas su
responsabilidad en la misión cristiana. No habían pasado quince años de
la muerte del Señor y ya las nuevas Iglesias cristianas brillaban como un
collar de perlas en las costas del Orontes, de Siria y de Fenicia.
Por el contrario,
Jerusalén era la ciudad de las antiguas tradiciones, y Antioquía era la
ciudad abierta para todo el mundo. Jerusalén, con la entrada al
cristianismo de un gran número de sacerdotes y fariseos, quedó como la
ciudad conservadora de la aristocracia religiosa heredada del judaísmo.
En Jerusalén, los
hermanos no comprendieron las circunstancias de los antioqueños, porque
nunca habían salido de su patria, y por esta razón no querían reconocer
como cristianos a los nuevos creyentes que eran idólatras. Ellos decían:
"No debían ser bautizados si anteriormente no aceptaban la Ley de
Moisés".
Si la Iglesia no hacía
algo se dividiría en dos, y el Apóstol Pablo veía que su obra estaba
fundamentalmente en grave peligro, porque si dominaba esta tendencia,
ocurriría la separación.
Si la participación de
los nuevos creyentes en la Iglesia dependía de la circuncisión y de la
conservación de la Ley de Moisés, la Iglesia se convertiría en una
sinagoga y al mismo tiempo sería contraria a la generalidad de la
salvación. Aceptar a los nuevos creyentes en la Iglesia y no permitirles
sentarse en la misma mesa para comer daría a entender que serían una
especie de criados-cristianos-parias. Por tanto, era un problema
religioso y social.
Es así que el Apóstol
Pedro cuando llegó a Antioquía después de realizar visitas pastorales a
diferentes Iglesias, se comunicaba tranquilamente con las diferentes
familias, participaba todos los Sábados en la comida del ágape y no
preguntaba si la comida estaba de acuerdo con los hábitos judaicos, pura o
impura. Pero con la presencia de los cristianos del judaísmo provenientes
de Jerusalén, el Apóstol Pedro se retiró de las relaciones sociales y de
la participación de la comida, sentándose separado con los cristianos
procedentes del judaísmo. Los demás cristianos entendieron que el extraño
comportamiento de Pedro ofendía sus sentimientos cristianos, y lo
consideraban como cristiano de segunda categoría.
Pablo atacó frente a
frente la hipocresía de Pedro diciéndole que no estaba caminando por el
sendero de la verdad del Evangelio; que había una contradicción entre su
manera de pensar y su comportamiento exterior, y que con el pretexto de la
reconciliación ofendía los derechos de una parte de la Iglesia, poniendo
en peligro la fe cristiana.
Pablo tuvo la visión de
ver el problema hasta en sus más mínimos detalles. Fue un paso hacia
delante en su lucha histórica y mundial contra las tentativas de los
judíos, quienes trataron en aquel tiempo de divinizar su raza como un
instrumento necesario para la salvación.
Fue así como en Antioquía
se concretó la separación definitiva de la Iglesia Cristiana del
judaísmo. La Iglesia quedó ecuménica, cumpliendo así el precepto de su
fundador, predicar el Evangelio en todas las naciones.
En este día de la celebración de la fiesta de San Pedro y San Pablo, fundadores de la Iglesia de Antioquía, pedimos a nuestro Señor Jesucristo por la intercesión de Ellos para que derrame sus bendiciones celestiales sobre nuestro Padre y Patriarca Ignacio IV, sucesor de San Pedro en el trono de Antioquía, preservándole para sus Santas Iglesias por muchos años en paz, salvo, digno y sano, para que fielmente dispense la palabra de su verdad.
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