Festividad de la
Santa Trinidad

Día
del descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles
Obispo Alejandro (Mileant)
Traducido por Dra. Elena Ancibor
Contenido:
Día del
nacimiento
de la Iglesia
La
Festividad de la Santa Trinidad está consagrada al descenso del
Espíritu Santo sobre los Apóstoles en el cincuentavo día después de
la resurrección de Cristo. En la Pentecostés la Iglesia acerca a sus
hijos al umbral de la vida en gracia y los llama a renovar y
fortalecer en ellos los dones del Espíritu Santo, que recibieron en
el Sacramento del Bautismo. Sin la gracia de Dios es imposible la
vida espiritual. Esta fuerza misteriosa renueva y transfigura todo
el mundo interior del cristiano. Todo lo elevado y valioso que uno
puede desear es dado por el Espíritu Santo. Por eso la Festividad de
la Santa Trinidad se vive tan solemne y gozosamente por el cristiano
ortodoxo.
Dios se revelaba a los hombres paulatinamente, en los
tiempos del Viejo Testamento los hombres conocían sólo a Dios Padre.
Desde el nacimiento del Redentor, los hombres tomaron conocimiento
de Su Hijo Unigénito, el día del descenso del Espíritu Santo, los
hombres reconocieron la existencia de la tercera Persona de la Santa
Trinidad, y así aprendieron a creer y glorificar al Dios Único en Su
esencia y triple en Sus manifestaciones: Padre, Hijo e Espíritu
Santo — La Trinidad Única y indivisible.
En este fascículo contaremos el descenso del Espíritu Santo
sobre los Apóstoles, explicaremos el significado de la Gracia Divina
en la vida cristiana, expondremos el Servicio religioso de
Pentecostés junto con el canon matutino y aclararemos la posición
ortodoxa frente al contemporáneo “don de las lenguas.”
El
acontecimiento
del descenso del Espíritu
Santo
El
descenso del Espíritu Santo sobre los Apóstoles el día de
Pentecostés, está descrito por el evangelista Lucas en los capítulos
iniciales en su libro de los “Hechos de los Apóstoles.” Dios quiso
que este hecho sea el punto crucial de la historia del mundo.
Pentecostés — o sea el cincuentavo día después de la Pascua
— era una de las festividades más importantes del Viejo Testamento.
Esta fiesta marcaba la aceptación de la ley de Sinaí en los tiempos
del profeta Moisés, cuando 1500 años antes del Nacimiento de Cristo,
al pie del monte Sinaí, el pueblo hebreo, liberado de Egipto, entró
en la unión con Dios. Los hebreos prometieron a Dios su obediencia y
Dios les prometió Su benevolencia. Por su ubicación en el año esta
fiesta coincidía con la finalización de la cosecha y esto aumentaba
su alegría. Muchos hebreos diseminados en el Imperio Romano trataban
de llegar para esta fiesta a Jerusalén. Muchos de ellos, nacidos en
otros países, entendían con dificultad su lengua hebrea, pero hacían
el esfuerzo de guardar sus costumbres nacionales y religiosas, y
peregrinar a Jerusalén.
El descenso del Espíritu Santo no fue un acontecimiento
totalmente inesperado para los Apóstoles. Varios siglos antes del
nacimiento del Redentor, Dios comenzó a preparar a los hombres para
el día de su renacimiento espiritual, y predecía por la boca de los
profetas: “Vosotros andareis en mis mandamientos y respetareis
mis decisiones…Derramaré mi Espíritu sobre toda carne... Sacaréis
aguas con gozo de la fuentes de la salvación ... Porque yo derramaré
aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida: mi Espíritu
derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos”
(Joel 2:28, Is. 12:3, 44:3).
Cuando Se preparaba Nuestro Señor Jesucristo de volver a Su
Padre Celestial, antes de la Crucifixión dedica Su ultima
conversación con los Apóstoles a la próxima llegada del Espíritu
Santo. El Señor explica a Sus discípulos, que el Consolador —
Espíritu Santo, debe pronto llegar a ellos para concluir la obra de
la salvación de los hombres “Yo rogaré al Padre, y os dará otro
Consolador, para que esté con vosotros para siempre, --- el Espíritu
de verdad ... El os enseñara todas las cosas, y os recordará
todo lo que os he dicho...el espíritu de verdad, el cual procede del
Padre, El dará testimonio de mi” (Juan 14:16-17, 26, 15:26).
Preparándose para recibir al Espíritu Santo, después de la
Ascensión del Señor al Cielo, los discípulos de Cristo, junto con la
Santísima Virgen María, mujeres-miroforas y otros creyentes (cerca
de 120 personas), en Pentecostés se encontraban en Jerusalén en el
lugar que llamaban “La Sala de Sión.” Posiblemente se trataba de una
habitación grande donde, antes de Su Pasión, el Señor celebró Su
Ultima Cena. Los Apóstoles y todos los allí reunidos esperaban
cuando el Redentor les enviaría la “Promesa del Padre,” y
ellos se investirían con la fuerza superior, pero ellos no sabían,
con certeza, en que consistiría la llegada del Espíritu
Consolador (Luc. 24:49). Como el Señor Jesucristo murió y
resucitó durante la Pascua hebrea, el Pentecostés del Viejo
Testamento coincidía aquel año con el cincuentavo día después de la
Resurrección.
Así, cerca de las 9 horas de la
mañana, cuando el pueblo se preparaba para ir al Templo para
sacrificio y oración, de pronto en la sala de Sión se escuchó un
ruido como de viento de tormenta. Este ruido llenó la casa donde se
encontraban los Apóstoles y simultáneamente sobre sus cabezas
aparecieron numerosas lenguas de fuego que descendieron sobre cada
uno de ellos. Estas lenguas de fuego tenían una particularidad
extraordinaria; iluminaban pero no quemaban. Todavía más
extraordinarias eran las cualidades espirituales que otorgaban estas
misteriosas lenguas. Cada persona sobre la cual bajaba esta lengua
de fuego sentía un gran aumento de fuerzas espirituales, y al mismo
tiempo una inexpresable alegría y entusiasmo. Comenzaba a sentirse
como completamente otra persona, apaciguada, plena de vida y
ardiente amor a Dios. Estos cambios íntimos y nuevas sensaciones,
los Apóstoles expresaban con gozosas exclamaciones y alabanzas a
Dios. Y aquí se pudo oír que ellos no hablaban en su idioma sino en
otras lenguas desconocidas. Así se cumplió el Bautismo de los
Apóstoles con el Espíritu Santo y fuego, tal como lo predijo el
Profeta Juan el Bautista (Mat. 3:11).
Mientras tanto el ruido, como del viento de tormenta, atrajo
a mucha gente hacia la casa de los Apóstoles. Al ver a la
muchedumbre reuniéndose, los Apóstoles salieron al techo de la
vivienda, con oraciones y alabanzas a Dios. Escuchando esas gozosas
oraciones, los que estaban reunidos alrededor de la casa, fueron
sorprendidos por un hecho incomprensible para ellos: los discípulos
de Cristo, en su mayoría eran oriundos de Galilea, gente sin
instrucción, que no podían conocer otras lenguas además de la
nativa. De repente comenzaron a hablar en varias lenguas extranjeras
de tal forma que, a pesar, de ser muy heterogénea la muchedumbre,
llegada a Jerusalén de distintos países, cada uno escuchaba su
propia lengua. Entre la gente se encontraban algunos cínicos,
quienes desvergonzadamente, se reían de los inspirados predicadores,
diciendo que los Apóstoles, a pesar de la hora temprana, estaban
ebrios.
En realidad la fuerza del Espíritu Santo se manifestó
entonces, además de otros cambios buenos, en el don de las lenguas,
especialmente para permitir a los Apóstoles difundir el Evangelio
con mas éxito entre diversos pueblos, sin tener que estudiar
previamente sus idiomas.
Viendo la sorpresa de la gente, el Apóstol Pedro se
adelantó y dijo su primer sermón, donde explicó a los reunidos, que
con la llegada del Espíritu Santo se cumplió la antigua profecía de
Joel, quien hablaba en nombre de Dios: “Y será que después de
esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán
vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros viejos soñarán sueños, y
vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre
las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días Y daré prodigios
en el cielo y en la tierra.....Y todo aquel que invocare el nombre
de Jehová, será salvo” (Joel 2:28-32). El Apóstol explicó que
justamente en éste descenso del Espíritu Santo debía cumplirse la
obra de la salvación de los hombres. Para hacerlos dignos de la
gracia del Espíritu Santo, el llegado Mesías soportó la muerte en la
cruz y resucitó de entre los muertos --- Nuestro Señor Jesucristo.
Era corto y claro este sermón, pero como por la boca de
Pedro hablaba el Espíritu Santo, estas palabras penetraron en los
corazones de los oyentes. Muchos de ellos sintieron ablandarse su
corazón y preguntaron a él: “Que debemos hacer?” “Hagan su
contrición,” les contestó Pedro, “y que cada uno de vosotros
se bautice en el nombre de Jesucristo y no solo serán perdonados
sino que recibirán la Gracia del Espíritu Santo.”
Muchos creyeron en Cristo, por la palabra de Pedro. Allí
mismo, delante de todos, confesaron sus pecados, se bautizaron y
hacia la tarde de este día, la Iglesia de Cristo de 120 creció hasta
3000 personas. Con este acontecimiento milagroso comenzó la
existencia de la Iglesia de Cristo — esta sociedad de Gracia de los
creyentes, en la cual todos están llamados a salvar sus almas. El
Señor prometió que la Iglesia no será vencida por las puertas del
infierno, hasta el final de la existencia del mundo.
Se debe pensar que no fue una mera coincidencia que en aquel
día se juntaron dos acontecimientos importantes — la llegada del
Espíritu Santo y el Pentecostés hebreo. Pentecostés del Viejo
Testamento marcaba la liberación de los hebreos de la cautividad
egipcia y el comienzo de la vida libre en unión con Dios. El
descenso del Espíritu Santo sobre los creyentes en Jesucristo
significó la liberación de los creyentes del poder del diablo y fue
el comienzo de una nueva y llena de Gracia unión con Dios en Su
Reino Espiritual. Así la Festividad de Pentecostés es el día cuando
la teocracia del Viejo Testamento que comenzó en Sinaí y que dirigía
la sociedad con la severa ley escrita, fue sustituida por la
teocracia del Nuevo Testamento en la cual Dios mismo dirige a los
creyentes en espíritu de libertad y amor (Rom. 8).
Profundamente afectados por la Pasión, muerte y Resurrección
del Señor, los Apóstoles crecieron espiritualmente hacia el tiempo
de Pentecostés, sintieron y maduraron para recibir los dones del
Espíritu Santo. Entonces descendió sobre ellos la plenitud de la
Gracia Divina y ellos, por primera vez, probaron los frutos
espirituales del sacrificio salvador de Dios-Hombre.
El
significado de la
Gracia en la vida del
cristiano
En
cada ser humano hay una semilla del bien. Pero como cualquier
semilla, no puede desarrollarse sin agua y luz, así el alma del
hombre queda estéril, hasta que la riega la Gracia Divina. Sintiendo
dentro de si la falta de la ayuda Divina, el recto del Antiguo
Testamento rogaba a Dios: “Mi alma como la tierra sedienta, se
dirige a Ti” (Sal. 143:6). Y todos los Hombres, quienes
sinceramente tienen sed de la verdad, entienden que sin la ayuda
Divina, sin Su dirección y sostén, no es posible la vida espiritual.
La Gracia Divina renueva el alma humana, limpia su conciencia,
ilumina su intelecto, fortalece la fe, dirige la voluntad hacia el
bien, enternece el corazón con el amor a Dios y prójimos, encamina
al hombre hacia lo celestial, induce el deseo de vivir con intereses
espirituales. Ella limpia e ilumina a todo el ser. Según el
testimonio de muchos que experimentaron una alta iluminación
espiritual, la Gracia Divina trae una paz y alegría tal al alma
humana, que todos los bienes terrenales y sensaciones físicas
parecen pobres e ínfimos.
Desde el día que el Espíritu Santo, descendió sobre los
Apóstoles, cada persona que se bautiza, en el Sacramento de la
unción con Miro, (Confirmación) igual que los Apóstoles, recibe la
Gracia del Espíritu Santo. La fuerza de este Sacramento es tan
enorme y indeleble, que no se repite, como el Bautismo. Los otros
Sacramentos de la Iglesia como la Confesión, la Comunión, así como
las liturgias en el templo, oraciones privadas, abstinencia, obras
de misericordia y vida benefactora, sirven para fortalecer y
aumentar en el cristiano la acción de los dones de la Gracia,
recibidos con los Santos óleos.
La fuerza regeneradora de la Gracia Divina se muestra en los
cambios positivos internos y externos, que se producen en los
hombres que la recibieron. Estos cambios fueron especialmente
visibles en los discípulos de Cristo. Ellos, como nosotros sabemos,
eran gente simple no instruida, sin facilidad de palabra, hasta la
llegada del Espíritu Santo. Cuando Este descendió sobre ellos, se
enriquecieron con la sabiduría espiritual y con su inspirada palabra
atrajeron, no solo al pueblo sino hasta los filósofos y hombres de
sobresaliente cultura. Su palabra, signada por la Gracia, penetraba
hasta en los corazones duros, inducía a los pecadores a la
contrición y enmienda y a los débiles al esfuerzo.
De tímidos y timoratos, como eran los Apóstoles durante la
vida terrenal del Redentor, después de recibir al Espíritu Santo, se
tornaron llenos de coraje y perdieron todo temor. Como resultado de
los dones de Gracia se formaron numerosas congregaciones cristianas,
todavía durante la vida de los Apóstoles, no sólo en distintas
partes del Imperio Romano, sino también fuera de sus límites: en
Africa del Norte, India, Persia, Sur de Skifia. Así gracias al
incansable trabajo de los Apóstoles, el cristianismo se difundió en
todo el mundo, entonces conocido, y junto con esto comenzó el
renacimiento de la sociedad humana.
Sobre la fuerza regeneradora de la Gracia del Espíritu
Santo, se puede convencer al leer los Hechos de los Apóstoles, donde
se describe la vida de los cristianos en la primera década después
del Pentecostés. Realmente muchos pecadores, descreídos y los que
vivían sólo con intereses carnales, después de recibir el Espíritu
Santo se transformaban en creyentes, virtuosos, llenos de fuerte
amor a Dios y a los hombres.
“Ellos, los recién bautizados, — como está escrito en
el libro de los Hechos, — perseveraban en la doctrina de los
Apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan
y en las oraciones. Todos los creyentes se mantenían juntos y tenían
todas las cosas en común. Y vendían sus propiedades y sus bienes, y
lo repartían a todos, según la necesidad de cada uno. Y
perseverando unánimes cada dia en el templo, y partiendo el pan en
las casas, comían junto con alegría y sencillez de corazón, alabando
a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo... Y la multitud de los
que habían creído era de un corazón y un alma. Y ninguno decía ser
suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas
en común. Así que no había entre ellos ningún necesitado”
(Hechos 2:42-47; 4:32-35). Se puede decir que los intereses
espirituales y tendencia hacia el cielo, reemplazaron en ellos todo
lo pecaminoso y bajo.
Según la enseñanza del Redentor, la vida espiritual es
imposible sin la ayuda superior. “El que no nació de agua y
Espíritu no puede ver el Reino Divino...Lo que nace de la carne — es
carne, nacido del Espíritu es Espíritu” (Juan 3:5-6). También el
Redentor enseñaba que el Espíritu Santo, ubica al cristiano en la
Verdad, consuela las congojas, sacia su sed espiritual (Juan
16:13-17; 4:13-14).
El Apóstol Pablo llama a todas las virtudes cristianas
“frutos del Espíritu,” diciendo: “Fruto espiritual es amor,
alegría, paz, paciencia, bondad, misericordia, fe, mansedumbre,
contención” (Gal. 5:22-23). A menudo el crecimiento espiritual
interno y el perfeccionamiento del cristiano transcurre sin que él
se dé cuenta de ello, como el Señor explicó en la palabra de la
semilla que crece invisible (Mar. 4:26-29). Sobre la misteriosa
acción del Espíritu Santo sobre el alma humana el Redentor Decía:
“El Espíritu respira donde quiere y su voz se escucha, sin saber de
donde viene y a donde se va. Así pasa con todos los nacidos del
Espíritu” (Juan 3:8).
Además de los dones imprescindibles para cada cristiano en
su vida personal, El Espíritu Santo da a algunos creyentes dones
especiales. Que son necesarios para el bien de la Iglesia y la
sociedad. Sobre estos dones especiales, el Apóstol Pablo escribe
así: “Pero a cada uno le es dada manifestación del Espíritu para
provecho. Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de
sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; A
otro, fe por el mismo Espíritu, y a otro, dones de sanidades por el
mismo Espíritu; A otro, el hacer milagros, y a otro, profecía; y á
otro, discernimiento de espíritus; y á otro, diversos géneros de
lenguas; y á otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas
les hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo á cada uno en
particular como el quiere” (1 Cor. 12:7-11). Mas adelante el
Apóstol compara a la Iglesia con el cuerpo donde cada parte tiene su
misión: “Y El mismo [Jesucristo] constituyó a unos, apóstoles, a
otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y
maestros, a fin de perfeccionar a los santos, para la obra del
ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efes.
4:11-12).
El cristiano, al recibir la Gracia, se transforma en un
templo vivo del Espíritu Santo. Por eso debe guardarse de todo
pecado como enseña el Apóstol: “¿No sabéis que sois templo de
Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno violare
el templo de Dios, Dios destruirá al tal: porque el templo de Dios,
el cual sois vosotros, santo es” (1 Cor. 3:16-17).
En su parábola sobre las diez vírgenes, El Señor habla de la
necesidad de recibir los dones espirituales. Sin ellos el hombre es
como la lampara sin aceite, o un tronco quemado (Mat. 25:1-13).
Explicando la palabra del Redentor sobre las diez vírgenes, San
Serafín de Sarov, en su conversación con Motovilov, enseña que la
meta de la vida humana es conseguir la gracia Divina.
A pesar del hecho que la fuerza del Espíritu Santo es
otorgada al creyente, no por sus méritos, sino por la bondad de Dios
y como resultado de la Pasión redentora del Dios-Hombre, esta fuerza
crece en "el a medida de sus esfuerzos de vivir una vida cristiana.
Bendito Isaac Siriaco escribe: “En la medida que el hombre se acerca
a Dios con sus deseos, en la misma medida Dios se acerca al hombre
con Sus dones.” El Apóstol Pedro así instruye a los cristianos:
“Como todas las cosas que pertenecen á la vida y á la piedad nos son
dadas de Su divino poder [de Jesucristo]... para que por ellas
llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina ... Vosotros
... añadid a vuestra fe virtud, a la virtud conocimiento; al
conocimiento, dominio propio, al dominio propio, paciencia, a la
paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal, y al afecto
fraternal, amor” (2 Ped. 1:3-7).
El Apóstol Pablo exhorta a los cristianos a atraer la
gracia Divina con una vida virtuosa y con oración, diciendo:
“Porque en otro tiempo erais tinieblas; mas ahora sois luz en el
Señor: andad como hijos de luz (porque el fruto del Espíritu esta en
toda bondad, justicia, y verdad)... Sed llenos de Espíritu;
Hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones
espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”
(Efes. 5:8-9).
Se acostumbra comenzar las oraciones matinales y vespertinas
con la oración al Espíritu Santo: “Oh,
Rey Celestial...”
En esta oración nosotros pedimos al Espíritu Santo renovar en
nosotros Su Gracia. Lo maravilloso de esta oración, es que esta
compuesta por las palabras del propio Señor Jesucristo, y contiene
todo lo que debemos saber sobre el Espíritu Santo y qué podemos
pedirle.
Oh Rey Celestial,
Consolador, Espiritu de la verdad, Omnipresente, Tu que penetras
todas las cosas, Tesoro de todo lo bueno y Dispensador de la vida,
ven y mora en nosotros, purifícanos de toda iniquidad y salva
nuestras almas. Oh Bondadoso.
En
esta oracion el Espiritu Santo se denomina “Rey Celestial” como
igual al Padre e Hijo, la Tercer Persona de la Santisima Trinidad.
Es llamado “Consolador” – por Su esencia que consuela y alegra la
persona y tambien “Espiritu de la Verdad” – porque manifiesta la
verdad a la gente, ayudandoles a verla y quererla. “Omnipresente, Tu
que penetras todas las cosas”—
por Su naturaleza Celestial, sin limites y obstaculos. “Tesoro de
todo lo bueno” – tesoro de todas las cosas buenas y valiosas, todo
lo que la persona desea para su perfeccion. “Dispensador de la vida”
– como vivificador de la naturaleza, en especial, donador de la
gracia espiritual para la gente y los ángeles.
Dirigiéndonos de esta forma al Espiritu Santo, nosotros
rogamos al Todobondadoso que nos purifique de toda iniquidad, la
cual nace en nosotros por diferentes pasiones o se apega a nosotros
cuando nos rozamos con el mundo impregnado en el mal. Nosotros le
pedimos que permanezca en nosotros y dirija nuestras vidas hacia la
salvación del alma. En adición, dirigiéndonos al Espiritu Santo,
tenemos que ser humildes y conscientes de nuestra pobreza
espiritual, y que somos indignos, porque ” Dios resiste á los
soberbios, y da gracia á los humildes.”
Servicio
Religioso
de Pentecostés
En
esta festividad, en señal de la acción vivificadora del Espíritu
Santo, el templo se decora con ramas verdes y flores. Los sacerdotes
llevan ornamentos de color verde. En el Troparion y Kondakion los
creyentes agradecen al Hijo de Dios el envío del Espíritu Santo.
Tropario …
Kondak …
Durante los Matutinos se cantan dos cánones de la
Festividad: uno escrito por Juan Damasceno y otro por Cosme de Maium.
El canon de san Cosme es un himno en honor a la Santa Trinidad, y
especialmente al Espíritu Santo. Se canta Su descenso sobre los
Apóstoles como la confirmación de la promesa del Redentor. Se
recuerdan las profecías sobre el envío del Espíritu Santo sobre todo
lo viviente. Se canta a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad,
al Dios Espíritu Santo, en todo igual al Dios Padre y al Dios Hijo.
Asimismo se narran los momentos principales de la llegada del
Espíritu Santo sobre los Apóstoles y se marca la importancia del
acontecimiento.
La particularidad del Servicio en el día de Pentecostés, es
la lectura de rodillas de las oraciones especiales, escritas por San
Basilio el Grande. Estas oraciones se leen durante el Servicio
Vespertino, que en esta ocasión se oficia directamente después de la
Santa Misa.
Señor, a Ti he Clamado
Señor, a ti he clamado, óyeme; escucha la voz de mi oración, cuando
te invoque; óyeme, Señor.
Sea dirigida mi oraci6n delante de ti como incienso, la
elevación de mis manos como el sacrificio de la tarde. Óyeme, Señor.
Lector:
Señor, si mirases a los pecados,
¿quién oh Señor, podrá mantenerse ? Empero hay perdón cerca de Ti.
Coro:
Hoy las naciones han visto
cosas maravillosas en la ciudad de David, cuando el Espíritu Santo
descendió en lenguas de fuego, según la revelación Divina del
Evangelista Lucas: Un estruendo como de un viento recio que soplaba
llenó la casa donde estaban reunidos los discípulos de Cristo.
Comenzaron a expresar nuevas doctrinas en otras lenguas, nuevas
doctrinas de la Santa Trinidad.
Lector:
Esperé yo al Señor, esperó mi alma; en
su palabra he esperado. Mi alma espera al Señor.
Coro:
Hoy las naciones han visto ...
(otra vez).
Lector:
Más que los centinelas a la mañana,
más que los vigilantes a la mañana, espere Israel al Señor.
Coro:
El Espíritu Santo era, es y será siempre sin comienzo y sin fin,
siempre unido y contado con el Padre y el Hijo. La Vida y el
Vivificador, la Luz y el Dador de la Luz, Bueno en Si mismo y Fuente
de bondad, por El se conoce al Padre y se glorifica al Hijo. Todos
reconocen una Potencia, una Esencia, una Adoración de la Santa
Trinidad.
Lector:
Porque en el Señor hay misericordia, y
abundante redención con El. Y El redimirá a Israel de todos sus
pecados.
Coro:
El Espíritu Santo era,... (otra vez).
Lector:
Alabad al Señor, naciones todas;
pueblos todos, alabadle.
Coro:
El Espíritu Santo es Luz y Vida, Fuente viviente de dones
espirituales: el Espíritu de sabiduría, el Espíritu de ciencia. Es
bueno, recto, inteligente y dominante. Nos purifica de nuestros
pecados. El Espíritu es Dios deificante, Fuego procediendo de Fuego,
hablando, actuando, repartiendo dones. Por el Espíritu fueron
Coronados los profetas, los
santos Apóstoles y los mártires. Maravillosa es esta relación,
maravillosa esta visión. El fuego se divide para la distribución de
dones.
Lector:
Porque ha engrandecido sobre nosotros
su misericordia; y la verdad del Señor es para siempre.
Coro:
El Espíritu Santo es Luz ...(otra
vez).
Lector:
Gloria al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos.
Amén.
Coro:
¡Oh, Rey de los cielos! Consolador,
Espíritu de la Verdad, que estás presente en todas partes y todo lo
llenas, Tesoro de todo bien, Dador de la Vida. Ven y fija tu morada
en nosotros y purifícanos de toda iniquidad y salva nuestras almas,
¡oh, Bondadoso!
Mientras se canta
Rey
celestial..., el sacerdote y el Diácono hacen la Entrada. El
sacerdote bendice la Entrada y el Diácono, elevando el incensario,
exclama: Sabiduría. Atended.
Y el Coro canta:
Serena Luz de la santa gloria del
Padre inmortal, celestial, santo, bendito Jesucristo, viniendo a la
puesta del sol y viendo la luz vespertina, te cantamos, Padre, Hijo
y Espíritu Santo, Dios. Digno es que a todo tiempo seas glorificado
por voces justas, Hijo de Dios, Dador de vida, por cuya causa el
mundo entero te glorifica.
Diácono:
Atendamos. Sacerdote: Paz a todos.
Diácono:
Sabiduría, (y luego lee el Gran
Proquímeno):
¿Qué dios es grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que
hace maravillas.
Coro:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios. Tú eres el Dios que hace
maravillas.
Verso:
Hiciste notorio en los pueblos tu poder.
Coro:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios. Tu eres el Dios que hace
maravillas.
Verso:
Dije: Desde ahora he comenzado; éste es el cambio de la diestra del
Altísimo
Coro:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios. Tú eres el Dios que hace
maravillas.
Verso:
Me acordé de las obras del Señor, porque desde el comienzo me
acordaré de tus maravillas.
Coro:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios. Tú eres el Dios que hace
maravillas.
Diácono:
¿Qué dios es grande como nuestro Dios?
Coro:
Tú eres el Dios que hace maravillas.
Después
de tres oraciones:
Apósticha, tono 3:
Hoy
las lenguas son un signo patente para todos, porque los judíos,
antecesores de Cristo según la carne, fueron impíos, caídos de la
gracia divina, y a nosotros los gentiles se nos concedió la luz
divina, siendo fortalecidos por las palabras de los discípulos que
proclamaban la gloria de Dios a todos. Con ellos inclinemos los
corazones y las rodillas, y adoremos con fe al Espíritu Santo,
confirmados por el Salvador de nuestras almas.
Verso:
Un corazón puro crea en mi, Dios, y un espíritu recto renueva dentro
de mí.
Hoy
el Espíritu Consolador ha sido derramado sobre toda la carne, pues
comenzando por el Coro de los
Apóstoles, se ha esparcido Su Gracia, comunicándola a todos
los fieles. Ha confirmado la realidad de Su poderoso descenso por la
distribución de lenguas de fuego a los discípulos para la alabanza y
la gloria de Dios. Ahora, siendo iluminados espiritualmente nuestros
corazones, fortalecidos en la fe por el Espíritu Santo, roguemos que
sean salvadas nuestras almas.
Verso:
No me apartes de tu rostro, y no
quites de mí tu Santo Espíritu.
Hoy
los Apóstoles son revestidos desde lo alto de la potencia de Cristo,
porque los renueva el Consolador. En ellos es renovado El por un
nuevo conocimiento místico. Nos predican en extrañas y exaltadas
voces, enseñándonos a adorar a la eterna naturaleza simple, de tres
personas, de nuestro Benefactor, Dios de todo. Así, iluminados por
sus enseñanzas, adoremos al Padre con el Hijo y el Espíritu Santo,
rogando que sean salvadas nuestras almas.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y
siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Venid, adoremos a la Divinidad en tres personas, al Hijo en
el Padre con el Espíritu Santo; el Padre engendra eternamente al
Hijo co‑reinante y coeterno. El Espíritu es en el Padre, igualmente
glorificado con el Hijo, una Potencia, una Esencia, una Divinidad.
Adorándole, digamos todos: Santo Dios, quien hizo todas las cosas
por el Hijo, con la cooperación del Espíritu. Santo Fuerte, por
quien conocemos al Padre, por quien el Espíritu Santo vino al mundo.
Santo Inmortal, Espíritu Consolador, procediendo del Padre y
reposando en el Hijo. Santa Trinidad, gloria a ti. y luego:
Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a tu palabra,
en paz; porque han visto mis ojos tu salvación la cual has preparado
en presencia de todos los pueblos, Luz para ser revelada a los
gentiles y la gloria de tu pueblo Israel.
Lector:
Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten piedad de nosotros.
tres veces
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y
siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Santísima Trinidad, ten piedad de nosotros. Señor,
purifícanos de nuestros pecados. Todopoderoso, perdona nos nuestros
pecados. Santo, visítanos y cura nos de dolencias, por la gloria de
Tu nombre.
Señor, ten piedad. tres veces
Gloria ... Y ahora...
Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea Tu
nombre, vénganos Tu Reino, hágase Tu voluntad así como en el cielo,
en la tierra. El pan substancial dánosle hoy, y perdónanos nuestras
deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos
dejes caer en la tentación, mas líbranos del maligno.
Sacerdote:
Porque tuyos son el reino y el poder y
la gloria, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y
siempre, y por los siglos de los siglos.
Coro:
Amén.
Tropario, tono 8:
Bendito eres, Cristo Dios
nuestro, que has revelado a los pescadores como sabios, enviando
sobre ellos al Espíritu Santo, y por ellos has pescado a todo el
mundo, Tú que amas a los hombres, gloria a Ti.
*** *** ***
El
contemporáneo
“don de lenguas”
En
la mitad del siglo 20 en USA apareció un movimiento “carismático” (haris
en griego significa gracia). Su meta era hacer renacer en la
sociedad contemporánea los dones de Gracia, que recibieron los
Apóstoles en Pentecostés, y en particular el “don de las lenguas” —
o sea, la repentina posibilidad de hablar en otro idioma. A este
movimiento se unieran las iglesias baptistas y metodistas. El
movimiento “carismático” era de esperarse en un medio protestante ya
que el protestantismo no tiene la continuidad apostólica en el
sacerdocio. Así carece de fuerza de Gracia de los Sacramentos en los
cuales se otorgan los dones del Espíritu Santo. Las reuniones de las
sectas, carentes de Gracia, no pueden dar al cristiano la
satisfacción espiritual.
El movimiento “carismático,” prometiendo una nueva fuerza
espiritual en las iglesias protestantes, se hizo popular y
rápidamente surgieron en distintas partes de USA reuniones “pentecosteses.”
Tocó este movimiento también algunas iglesias más tradicionales.
Hace poco aparecieron y se propagaron las comunidades pentecosteses
en Europa, Rusia y América del Sur.
Los pentecosteses y otros “carismáticos” tratan con métodos
artificiales (en esencia schamanicos) de desarrollar en sí la
aptitud de hablar en nuevo idioma, están muy orgullosos de ésta
aptitud y la valoran mucho. Sin embargo, lo que consiguen, es algo
totalmente deformado, que no tiene nada en común con los dones de
Gracia de los tiempos apostólicos.
Sobre el milagroso y genuino don de lenguas, que recibieron
los Apóstoles, el día del descenso del Espíritu Santo sobre ellos,
cuentan los primeros capítulos del libro de los “Hechos.” Sobre la
esencia y la meta de este don, escribe Ap. Pablo en su epístola a
Corintios (12-14).
Como ya dijimos, el don de las lenguas era imprescindible
para los Apóstoles para predicar exitosamente el Evangelio. Habiendo
recibido la aptitud de hablar en el idioma de tal o cual pueblo, los
Apóstoles podían predicar a este pueblo, sin perder el tiempo en el
estudio de su lengua. Gracias a esto la iglesia de Cristo se
difundió rápidamente. Como sabemos de la historia subsiguiente de la
Iglesia, éste don no duró mucho. A medida que en distintos países
iban apareciendo los predicadores locales, la necesidad del don
sobrenatural menguaba. Así en los tiempos de San Irineo de Lyon, en
la mitad del siglo tres, el don de lenguas se mencionó como una
rareza.
De la epístola de Ap. Pablo a los Corintios, se puede sacar
la conclusión, de que en esta Iglesia el don de lenguas fue más
desarrollado, que en otras Iglesias. El don de lenguas fue uno de
los dones espirituales, que algunos cristianos recibían después del
bautismo y la imposición de las manos de los Apóstoles. No todas los
cristianos del Corinto sabían usar correctamente ese don. Apóstol
Pablo los advierte de no usarlo mal. Pasaba que en las reuniones de
oración, los cristianos Corintios comenzaban a hablar en distintos
idiomas sin necesidad. Aparentemente lo hacían para vanagloriarse y
mostrar la superioridad del uno sobre otro. El Ap. Pablo explica que
el “don de las lenguas” no es necesario para los creyentes, y si,
para los no creyentes a fin de atraerlos hacia la fe.
Además, el don de las lenguas tenia una influencia negativa
en las reuniones de oración, cuando se usaba fuera del tiempo. Así,
p. ej., durante el servicio religioso varios individuos comenzaban a
hablar en distintos idiomas incomprensibles para la mayoría de los
presentes. Resultaba ruidoso y se perdía la atmósfera de
recogimiento y oración.
Para evitar el mal uso del milagroso don, el Ap. Pablo
explica a los Corintios que el don de lenguas es el menor de los
dones entre otros dones espirituales necesarios para el hombre. Los
cristianos de Corinto harían mejor, si en lugar del don de lenguas,
pedirían a Dios enriquecerlos con la fe, contención, paciencia,
amor, sabiduría y otros dones morales.
Comparando el don de las lenguas de los tiempos apostólicos
con la parodia contemporánea, se ve una gran diferencia. En aquellos
tiempos los cristianos recibían la aptitud de hablar en idioma
verdadero y existente entonces. Era un correcto uso de la lengua,
necesaria para el predicador. En cambio, el contemporáneo “hablar en
lenguas” es simplemente la emisión de una serie de sonidos sin
sentido, que toman la forma de un balbuceo o gritos desaforados.
Este hecho es reconocido por los mismos pentecosteses, explicando
que se trata de la “lengua del paraíso.” No es posible aceptar estos
sonidos sin sentido como un milagro de Dios. Ellos son,
generalmente, el resultado de excitación nerviosa, entrada en un
trance, alucinaciones cercanas a los poseídos. Por eso los sectarios
muestran su extrema incultura espiritual y llegan hasta la
blasfemia, cuando una exaltación artificialmente provocada, y los
sonidos inarticulados, lo atribuyen a la inspiración Divina.
En general, la inclinación sobre los agudos experimentos
sensoriales, es característica para la sociedad contemporánea. Se
manifiesta por el gusto de la música fuerte y agresiva que despierta
sentimientos de maldad y erotismo, en la sociedad que acepta la
sexualidad sin límites, el uso de las drogas, ver películas llenas
de horror, crímenes y monstruosos demoníacos. Todas estas
manifestaciones son síntomas de la enfermedad de la sociedad
contemporánea.
De igual manera, la búsqueda de un éxtasis en la oración, es
un síntoma de inclinación del alma hacia la pasión y el orgullo.
Entre los “carismáticos” se produce la sustitución de los verdaderos
dones del Espíritu Santo por los sentimientos artificialmente
provocados. Ignorando deliberadamente la experiencia cristiana de
2000 años, anotada en las obras de los Santos, desechando el
sacerdocio organizado por Dios, y los Santos Sacramentos, los
miembros de sectas actuales tratan de provocar el estado de Gracia
por métodos peligrosos y sospechosos. Se obtiene un fraude contra el
cual advierten los Padres de la Iglesia Ortodoxa. Los estados de
éxtasis no tienen nada en común con la fe cristiana, y eran
conocidos y practicados por los antiguos paganos y actuales hindúes.
(Un profundo estudio de este tema se puede encontrar en los libros
de un científico protestante Dr. Kurt Koch: “Between Crist and
satan,” “Occult Bondage and Deliverance,” “The Revival in
Indonesia,” Kregel Publ. USA).
El cristiano ortodoxo debe evitar estas aberraciones del
sentido religioso. El está en contacto con los verdaderos tesoros de
los Sacramentos de la Iglesia, con sus servicios y en su oración
personal. En el contacto con Dios no hay que buscar la excitación de
su alma pecadora. La renovación llega a través de la modestia,
contrición y enmienda de uno mismo. A medida que se renueva su alma,
el cristiano recibirá la verdadera gracia Divina, que le otorgará la
paz y una alegría pura, en comparación con las cuales todo otro es
barato y pobre.
En el apuro de problemas cotidianos, el cristiano ortodoxo
se olvida, a veces, de la existencia de los tesoros que otorga la
Iglesia de Cristo al creyente. El humano se hunde en el sucio mar de
los deseos de bienes materiales, se ahoga en las olas de lo vano,
del pecado y de diversos vicios. Entonces se aleja de la esperanza
de la Vida Eterna, se apaga en su conciencia la Luz — meta de su
vida, el alma se endurece, el individuo se torna descontento,
colérico y desdichado.
La Festividad de la Santa Trinidad tiene, como finalidad,
inspirar al cristiano para vivir según los ideales espirituales.
Pentecostés es el día del nuevo encuentro del Consolador Divino con
el alma humana sedienta de consuelo. El alma podrá nuevamente tomar
de la Fuente de Agua Viva y llenarse de sentimientos elevados y
nobles. En este día la Gracia del Espíritu Santo, como un fuego,
quemará los pecados, como aceite ablandará su corazón, como la luz
iluminará su pensamiento, como el miro (óleo) perfumado santificará
todo su ser. La Gracia le da fuerzas espirituales para amar a Dios,
vivir ordenadamente, hacer el bien, ayudar al prójimo. Ella cambiará
la confusión anterior y la maldad, en la paz interior y la alegría,
como nos testifica el anciano Siluan de Athos: “Con la Gracia Divina
es fácil vivir, todo está bien, todo es agradable y gozoso, el alma
descansa en Dios y camina como por un hermoso jardín en el cual mora
el Señor.”
Extraído de:
Missionary Leaflet # S05
Copyright © 1999 and Published by
Holy Protection Russian Orthodox Church
2049 Argyle Ave. Los Angeles, California 90068
Editor: Bishop Alexander (Mileant)
|