El profeta Samuel de quien se dice fue el último de los grandes jueces de Israel, se estaba haciendo viejo y la administración de los asuntos cívicos y religiosos se había confiado a sus hijos. Ellos manifestaron ser infieles a su confianza y la gente, mostrando desconfianza solicitaron a Samuel que seleccionara a un rey a fin de que gobernara sobre ellos. Samuel se resintió de esta petición señalando que era una ofensa incluso contra Dios, un rechazo al régimen teocrático. Sin embargo instruyó al profeta a acceder a las demandas del pueblo.

Samuel les informó acerca del disgusto de Dios y predijo que ocurrirían males que vendrían a ellos por medio de futuros reyes exigentes (I Reyes, viii). La selección de un nuevo gobernante es determinada por un incidente proverbial. Saúl en relación con los activos perdidos de su padre, le consultó a Samuel con la esperanza de obtener información acerca del lugar donde se encontraban. El profeta le garantizó que los mismos estaban seguros, y al cabo de un rato, le reveló a Saúl su misión respecto al pueblo escogido y le ungió rey.

El corazón de Saúl cambió y para sorpresa de muchos, profetizó en medio de otros profetas (I Reyes, x, 10). Un mes después de esos eventos, el recién escogido rey, quien se había abstenido de sus prerrogativas reales, justificó su elección derrotando a los amonitas y entregando a Jabes Galaad. Más tarde se enfrentó en guerra a los filisteos y ofreció holocausto debido a la inexplicable situación de que Samuel llegara tarde a la escena. Se le reprochó esta usurpación de la función sacerdotal por parte del profeta y se anuncia el fin de su reino (I Reyes, xiii).

Algo que ilustra el carácter de esta narrativa es el hecho de que se indica un motivo diferente para su rechazo en los capítulos xv, su falla en llevar a cabo completamente la orden del Señor en cuanto a destruir la tribu de Amalec. Consecuentemente con la caída a favor de Dios, se le ordena a Samuel que unja a David para ser rey “siguiendo el corazón de Dios”, aún cuando David era sólo un muchacho pastor, es llevado a la casa de Saúl.

En I de Reyes, xviii-xxvii, se narran muchos de los incidentes gráficos ocurridos a raíz de los celos de Saúl y de la persecución sobre David. Según esta narrativa, al enfrentar una nueva invasión de los filisteos, Saúl, buscando guía sobrehumana, fue a ver a una adivinadora a Endor. Se hizo un llamado invocando al espíritu de Samuel. El profeta fallecido le reprochó su infidelidad y le vaticinó su destino a manos de los filisteos (I de Reyes, xxviii).

El cumplimiento de esta predicción constituye el capítulo final del Primer Libro de Reyes. Saúl y sus fuerzas son avasallados por los filisteos, el valiente Jonathan y sus hermanos mueren en la batalla. El rey temiendo que iba a caer en manos de incircuncisos, le suplica a su escudero que le quite la vida. El escudero teniendo temor rehusa cumplir ese pedido y Saúl, desesperado se quita la vida cayendo sobre su propia espada. Fue decapitado por los victoriosos filisteos y su cabeza enviada como trofeo a varios pueblos del país, mientras que su cuerpo y el de sus hijos fueron sepultados en Betsan. Pero los habitantes de Jabes Galaad oyendo esas cosas, llegaron de noche y removieron los cuerpos. Los llevaron a su propia ciudad donde los quemaron y las cenizas las esparcieron en los bosques vecinos (I Reyes, xxxi).

Se señala que Ahinoam fue la esposa de Saúl (I Reyes, xiv, 50). Tres de sus hijos mueren con él (I Reyes, xxxi, 2) y otro más, Isboseth, quién tomó la tarea de continuar con la dinastía de su padre, fue asesinado por dos capitanes de su propio ejército (II Reyes, v, 6). Con esto ya no se tuvo obstáculos para el ascenso del Rey David.