Sacramento del Santo Bautismo

Powerpoint del Sacramento del santo Bautismo

Folleto

Promesas

Ficha Bautismo

Epístola

Texto Preparación

Valor y Notas sobre el Bautismo

El Sacramento del Santo Bautismo  - Introducción

El Bautismo se da a los niños?

El padrino

El Bautismo, segundo nacimiento

El Bautismo, un sacramento pascual

¿Por qué, el agua?

El Bautismo por triple inmersión

El servicio del Bautizo

La oración del catecúmeno

Deslinde de Satanás e incorporación a Cristo

La consagración del agua

El Óleo de la alegría

La inmersión

El Sacramento de la Crismación

La primera Comunión

El Bautizo, fiesta verdadera

Bautismo Infusión o Aspersión

Bautismo y Crismación el Comienzo de una Nueva Vida

Texto del Bautismo Según los Padres Griegos

 

  • El Bautismo es el sacramento de la incorporación en el ejército del Señor, el sacramento por medio del cual nos hacemos dignos de llamarnos “cristianos”. Es algo más que un simple evento social en el cual nos preocupamos por cosas tales como ¿cómo saldrá la comida? o ¿a cuál fotógrafo contrataremos? Se trata en realidad de una alegría de la Iglesia entera con el paso de una criatura hacia la vida eterna. Por eso, debemos preocuparnos, como padres, padrinos y fieles, por nuestra responsabilidad ante Dios y por la alegría que se festeja en los cielos por esta criatura que ya andará en los caminos de la salvación.

    ¿Por qué el Bautismo se da a los niños?

    La tradición de bautizar a los niños tiene su origen en la primera Iglesia descrita en Los Hechos de los Apóstoles donde los que creían, se bautizaban con “los de su casa” sin excluir a los niños (Véase Hechos 10,47-48; 16,15; 16,31-33; 18,8; 1Cor.1,16).

    San Ireneo, obispo de Lyón (200-230) habla, en uno de sus escritos, del Bautismo de los niños: “Vino (Cristo) en persona a salvar a todos –es decir, a todos los que por Él nacen nuevamente para Dios-, recién nacidos, niños, muchachos, jóvenes y adultos...” (2,22,4).

    La Iglesia ortodoxa no exige la “compresión” como una condición para el bautismo, sino al contrario, pues para comprender se requiere de la Gracia de Dios, otorgada por el bautismo, para entender, o mejor dicho, experimentar y digerir las verdades de la fe. Seguramente es, por el bautismo, que adquirimos la bienaventurada niñez sin la cual, según el Señor, nadie pueda entrar al Reino de los cielos. (Mateo18,3).

    Eso no significa dejar al niño bautizado sin atención. Pues la Iglesia lo ha bautizado para que le dé la oportunidad de crecer en un ambiente de fidelidad, encargando a su padres y padrino la responsabilidad de alimentarlo y dirigirlo hacia la Vida que es Jesucristo.

    El padrino

    Desafortunadamente, hoy muchos lo ven como un cargo social; como una persona que se encarga de traer regalos al niño de vez en cuando. ¡Qué devaluado concepto!

    Al aceptar ser padrino, que equivale a un padre espiritual, tenemos que saber que nuestra responsabilidad ante Dios es grande y terrible; así que, enseñar al niño las máximas cristianas, educarlo en la fe ortodoxa y darle la oportunidad de conocer y amar a esta familia de la cual es miembro y donde Cristo es la cabeza, no es menos importante que asegurar el desarrollo físico, cuestión que, últimamente, nosotros los papás y padrinos estamos olvidando.

    Por el bautismo se forma entre el padrino y el bautizado una relación de paternidad y filiación, así pues, los hijos del padrino son hermanos del ahijado, y, normalmente, no se permite casarse entre ellos.

    El Bautismo, segundo nacimiento

    El resultado de la caída de Adán fue el alejamiento de la vida verdadera, se alejó de Dios, y se ahogó en la muerte espiritual. Así que el hombre nace con las resultados de este muerte: corrupción, tendencia hacia el pecado y muerte del cuerpo. El Bautismo es el nuevo nacimiento en el cual se nace “no de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nace de Dios” (Juan1,12-13). Y vuelve a su belleza original.

    El Bautismo, un sacramento pascual

    En la Iglesia de los primeros siglos, la noche de la Pascua es decir el Sábado de la Luz, era, por excelencia, día de bautizos. De hecho este Sábado debe su nombre “de la luz” al hecho de que los catecúmenos habían sido iluminados por el Bautismo.

    Esta vinculación entre el bautismo y la Resurrección, se debe a que el bautismo es la participación en la Muerte del Señor y en su Resurrección, “¿o es que ignoran que cuantos fuimos bautizados con Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva.” (Rom.6,13-14). Siendo bautizado el hombre se reviste de Cristo: muere por el Pecado, y se renueva en la justicia y santidad.

    ¿Por qué, el agua?

    En el humano idealismo, durante diferentes siglos y civilizaciones, el agua ha tenido siempre especial importancia en tres dimensiones:

    ·  - No hay vida sin agua: eso es lo que hace del agua el primer elemento de la vida. También en la inspiración bíblica, “ y el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas.” (Gén.1: 2). Así el agua refleja la creación y simboliza la vida en el mundo.

    ·  - Mas también el agua ha representado la oscura y terrible profundidad. En muchas civilizaciones antiguas el mar es morada de todo lo que es incontrolable, lugar de los demonios. De esta manera, siendo el primer elemento de vida, es también, un poder que destruye; mientras en el momento de la creación era reflejo de vida, en la historia del diluvio era la causa de la destrucción, icono de la corrompida materia.

    ·  - La tercera dimensión es que el agua es el agente para lavar, limpiar y purificar; elemento de renovación, pues, quita las manchas y devuelve a la tierra su pureza.

    La importancia del agua en el sacramento del bautismo consiste en que, por sus tres dimensiones, y como símbolo, representa la historia de la salvación: creación (vida), caída (corrupción y perdición) y redención (renovación). Así que en el bautizo, por el agua santificada, está presente el misterio de la Divina Providencia en su triple acción: Creación, caída y redención.

    El Bautismo por triple inmersión

    La inmersión es la señal visible de lo que el Bautismo significa: el bautizado es enterrado con Cristo muriendo el hombre viejo, y sacado del agua en señal de vida y resurrección. De aquí surge la importancia de la inmersión, aparte de que el verbo “bautizar” tomado del griego baptizw, es el que Cristo usó al decir a los apóstoles: “vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, este verbo exige, lingüísticamente, inmersión y no aspersión.

    También la práctica documentada en la Iglesia desde los primeros siglos da testimonio de la manera con la cual se aplica el bautizo. San Hipólito, obispo de Roma (220-230) en su documento La Tradición apostólica, nos describe la fiesta bautismal: el bautizado baja hacia el agua, y el obispo le pregunta que si cree en el Padre Todopoderoso, y al afirmarlo, es sumergido; en el Hijo de Dios Jesucristo que nació de la Virgen..., lo sumerge por segunda vez; y al afirmar su creencia en el Espíritu santo lo sumerge por tercera vez. (La Tradición apostólica, 21).

    El servicio del Bautizo

    La oración del catecúmeno

    Incluye expulsar a Satanás de la buena criatura de Dios. En nuestro camino hacia la pila del Bautismo, sin duda chocaremos con el oscurísimo maligno que tratará de detenernos. Para adelantar tenemos que expulsarlo “Arroja de él todo espíritu maligno, impuro, oculto y anidado en su corazón”. Mientras el sacerdote sopla sobre la boca, la frente y el pecho del siervo de Dios, como señal de vida, Satanás está presente para defender lo que ha robado a Dios. Nosotros no lo vemos, pero la Iglesia sabe que está allá.

    Deslinde de Satanás e incorporación a Cristo

    “¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras, a todos sus ángeles, a todo su culto y a todos sus vanidades?” es una pregunta que el sacerdote repite tres veces y el catecúmeno, o el padrino en su representación, responde: “Si, renuncio a Satanás.” Quizás alguien dice que el tiempo de esta fórmula ha pasado. Pero si nos percatamos, vemos que todo lo que nos aleja de Dios y nos domina es “culto y adoración de Satanás”, que puede ser dinero, gloria, deseos y “nadie puede servir a dos Señores”.

    Así, al renunciar a Satanás, exclama su deseo de unirse a Cristo, y confirma su fe en Él “creo en Él como Rey y Dios”. La fe no es una ideología, sino un modo de vivir en el cual Cristo reinará la vida y hacia Él se dirigirán las obras.

    La consagración del agua

    La liberación del hombre comienza con la liberación de la materia, es decir, purificarla y devolverla hacia su función original: medio de presencia de Dios, y protección ante la destructiva realidad del maligno. “Tú mismo, pues, oh amante de la humanidad, asístenos ahora con el descenso de tu Santo Espíritu y santifica esta agua.”

    El óleo de la alegría

    Antes de sumergir al bautizante en la pila, el sacerdote lo unge con el óleo. Éste, siendo fuente de luz, es causa de alegría. San Juan Crisóstomo explica que, como a los soldados, antiguamente, los ungían con el aceite en preparación para la batalla, así nosotros nos ungimos con el óleo como soldados de Cristo “para salvarnos de las saetas sofocas del maligno.”

    La inmersión

    El sacerdote sumerge al preparado en el agua tres veces diciendo “el siervo de Dios ... se bautiza en el nombre del Padre, amén, del Hijo, amén, y del Espíritu Santo, amén”

    San Juan Crisóstomo enfatiza la conjugación del verbo “se bautiza” o “es bautizado” que es voz pasiva, como un índice a que el sacerdote no es sino el instrumento de la Divina Gracia, ya que fue elegido por el Espíritu Santo para esta función.

    El Sacramento de la Crismación

    El santo Crisma es un compuesto aromático que contiene más de treinta tipos de aromas, flores y hiervas que se prepara en óleo de olivo y vino. Se cocina y consagra el Jueves Santo, en presencia de patriarcas y obispos de todas las Iglesias ortodoxas en el mundo, en una ceremonia solemne. Y la Crismación es la unción del bautizado con el santo Crisma.

    La adherencia de la Crismación con el Bautizo es muy clara en el rito ortodoxo, ya que el único aislante entre los dos es vestirse en blanco, como señal de la iluminación lograda por el bautizo y que hace del iluminado digno de recibir “el sello del don del Espíritu Santo”, plegaria que recita el sacerdote al sellar los miembros del bautizado con el Santo Crisma.

    Esta adherencia es una herencia evangélica: “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.” (1Cor.12,13). San Juan Crisóstomo, comentando sobre este versículo, dice: “por el descenso del Espíritu Santo que recibimos en el Bautizo antes de participar en la Divina Eucaristía... todos probamos el mismo Espíritu Santo”. Este descenso del Espíritu Santo se refiere a la Santa Crismación.

    El Bautismo, como la participación en la Muerte del Señor y en su Resurrección, es la incorporación en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia, donde arrancará la marcha hacia la santidad; y la Crismación es el Pentecostés personal: el Espíritu Santo que descendió a los apóstoles reunidos en la sala en el día de Pentecostés, desciende sobre el bautizado por la unción con la Santa Crisma.

    La primera Comunión

    La Comunión de los preciosos Cuerpo y Sangre de Cristo es la perla espiritual de la cual no tenemos el derecho de privar al niño; es la leche necesaria para su crecimiento espiritual; que el niño no entienda la importancia de la leche materna, no justifica el privársela.

    En la Iglesia de los primeros siglos, los bautizos se celebraban durante la Divina Liturgia, y los nuevos iluminados -niños, adolescentes o mayores-, como festejados, se acercaban a la Comunión primero y después los otros fieles.

    Por consiguiente, la primera comunión se festeja, en la Iglesia ortodoxa, inmediatamente después del Bautismo y la Crismación, es decir, en la misma ceremonia.

    San Nicolás Cabasilas nos asegura la conexión entre los tres sacramentos (Bautismo, Crismación y Comunión) pues leyendo este verso “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17,28) lo interpreta así: “por la Eucaristía vivimos, por la Crismación nos movemos y trabajamos; mas nuestra existencia espiritual la debemos al Bautismo.”

    El Bautizo, fiesta verdadera

    El Bautizo es una fiesta doble: la alegría de la pequeña familia con su niño bautizado, y la de la familia grande, la Iglesia, ya que una nueva criatura ha sido inscrita en el libro de la vida. El niño está vestido con ropas blancas y nuevas, la blancura de la pureza y la novedad de la vida que lo dirigirán hacia la vida eterna. Así que, por guardar el bautismo y practicar los Sacramentos Divinos, comienza a probar la divina presencia. Amén.

    ¿Inmersión o infusión en el Bautismo?

     

    Dogmática de la Iglesia ortodoxa Católica de P. N. Trembelas, Tomo III páginas 96‑100.

     

    La Triple Inmersión y Emersión en el Agua

            El modo antiguo y original de bautizar es la inmersión completa del bautizado en el agua. La palabra misma 'bautizar', casi sinónimo de 'sumergir', significa una sumersión completa del cuerpo en el agua. El bautismo de Juan, que era administrado en las corrientes abundantes del Jordán, lo confirma también, pues así dice San Juan: “En Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas” (Juan 3:23). En cuanto al bautismo de Jesús, ¿no se atestigua definitivamente a que “Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua?” (Mateo 3:16). Lo mismo se dice del bautismo cristiano del eunuco, que él y Felipe su bautizador “descendieron ambos al agua... y subieron del agua” (Hechos 8:38-39). Además, los tipos y los símbolos del bautismo que los inspirados Apóstoles encontraron en el Antiguo Testamento indicaban también la inmersión: Noé salvado con los suyos del diluvio de agua y el paso del Mar Rojo por Israel demuestran el salvamento y un pasaje a través de una gran cantidad de agua que los rodeaba por todas partes.

            La completa inmersión del bautizado en el agua se comprende también por el hecho de que según San Pablo, el bautismo simboliza la co‑crucifixión del bautizado y su resurrección con Jesucristo: el bautizado llega a ser “en la semejanza de su muerte” y “en la de su resurrección (Romanos 6:5). Dicho en otros términos: “sepultados con El en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con El” (Colosenses 2:12). En el bautismo, “imitamos la resurrección de Cristo. Si los cuerpos de los bautizados son sepultados, el agua provee la imagen de la muerte, que recibe el cuerpo en la tumba” (San Basilio, Del Espíritu Santo, cap. 15).

            Si “la sepultura del Dueño de nuestra vida, es decir, del Señor, tenía lugar conforme a la naturaleza común, la imitación de la muerte, que es nuestro destino, es representada en el elemento parecido, es decir, el agua” (San Gregorio de Nisa, Gran Catecismo, cap. 35) San Juan Crisóstomo dirá: “Algunos símbolos divinos se realizan en el agua, la tumba y la muerte, la resurrección y la vida, y todos son simultáneos. En efecto, como en una tumba, cuando nos sumergimos la cabeza en el agua, el hombre viejo es sepultado y sumergido al fondo, es escondido todo entero una vez; pues cuando nos levantamos, el hombre nuevo se levanta. Como nos es fácil ser bautizados y levantarnos, así es fácil que Dios sepulte al hombre viejo y levante al nuevo” (Sobre Juan, Homilía 25, 2). Tertuliano afirma a propósito de esto que nacemos en el agua como pequeños peces, según nuestro AXIOS Jesucristo” (Del bautismo, 1, 4, 9).

     

    Esta inmersión y esta emersión tienen lugar tres veces. No tenemos ciertamente indicios en el Nuevo Testamento, de que al principio había una triple inmersión en el agua, sin embargo, ya en Tertuliano encontramos testimonio de ella (Contra Praxeas 26). Luego el Didache recomienda que en casos de penuria de agua, se haga una triple infusión sobre la cabeza del bautizado. A decir verdad, en los siglos VI y VII, con el permiso de Gregorio Magno, (véase, Epístolas 1, 43) el bautismo era conferido en España por una sola inmersión y los Concilios IVº de Toledo y de Worms (828) aprobaron esta modificación, pero es una excepción a la regla general, y fue autorizada para exaltar la consubstancialidad de las tres Personas de la divinidad contra los arrianos que perturbaban las iglesias de España.

            Notemos que el Canon Apostólico 50 define netamente: “Si un obispo o un sacerdote no administra tres inmersiones sino una sola, la que confiere en la muerte del Señor, que sea excluido.” La triple inmersión y emersión, según Tertuliano, tiene lugar en honor de las Tres Personas de la Santa Trinidad. San Juan Crisóstomo está de acuerdo con esto y comenta: “Esto (la inmersión y la emersión) tiene lugar tres veces, a fin de que sepas que la potencia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo lo llena todo;” y la invocación de cada una de las Personas de la Trinidad a cada una de las inmersiones se explica así completamente. Para otros Padres, la triple inmersión hace alusión: “por símbolo de la sepultura de Cristo durante tres días y tres noches en el hueco de la tierra, así los bautizados imitan por la triple inmersión esta sepultura de tres días,' y el bautismo por las tres inmersiones significa los tres días de la sepultura del Señor” (Tertuliano, Contra Praxeas, loc. Cit., San Juan Crisóstomo, loc. cit.; San Cirilo de Jerusalén, Cate. 11, San Juan Damasceno, Op. cit., IV, 9). “Y como éste, el Hombre de lo alto, el Señor venido del cielo, después de su per­manencia en la tierra, su sepultura, al tercer día se lanzó otra vez hacia la vida,” así cualquiera que se bautiza en su muerte, “habiendo derramado agua en vez de tierra, y habiéndose sumergido bajo el elemento en tres movimientos, ha imita­do la gracia de la resurrección al tercer día.”

            En breve, San Basilio define los dos conceptos: “El gran sacramento del bautismo se confiere en tres inmersiones y en igual número de epíclesis, a fin de que el símbolo de la muerte sea representado y que los bautizados tengan el alma iluminada por la transmisión del conocimiento divino” (Gregorio de Nisa, Gran Catecismo, loc. cit.; San Basilio, Del Espíritu Santo, cap. 15).

     

    El Bautismo por

    Infusión o por Aspersión

            La innovación de la Iglesia Católica‑Romana, que generalizo el bautismo por aspersión o por infusión en lugar de la inmersión era conocida ya en la antigüedad, como atestigua a ello la Didache. Era aplicada solamente en algunos casos excepcionales, sobre todo para los enfermos para quienes la inmersión hubiera sido imposible. Es el bautismo llamado clínico (bautísmus clinicorum). Pero aún en occidente la manera habitual de administrar el bautismo era la inmersión; los numerosos baptisterios conservados, sobre todo en Italia, dan testimonio a esto. Allí también se había puesto en duda la canonicidad y la validez del bautismo por aspersión o infusión: Cipriano se vio obligado a escribir en particular sobre este tema para disipar las dudas. En Oriente, el bautismo por infusión era reconocido para los enfermos, sin embargo, los que lo habían recibido eran excluidos del sacerdocio (Concilio de Neo‑Cesarea, Canon 12). Hasta qué punto se consideraba desfavorable aún en occidente lo muestra una alusión del Papa Cornelio en una carta al obispo Focio de Antioquía: relata el caso del bautismo de Novato, “atacado de una enfermedad grave, hasta el punto de que se consideraba que debía morir,” “en el mismo lecho donde yacía, recibió el bautismo por infusión,” agregando de una manera característica: Si hay que decir que semejante bautismo ha sido recibido” (En Eusebio, Historia eclesiástica, VI, 43, 14).

            Los católicos‑romanos buscaban indicios a favor de su innovación: creyeron encontrarlos en el hecho de que el día de Pentecostés, tres mil personas fueron bautizados en Jerusalén y en el bautismo de familias enteras, la de Cornelío y la del carcelero de la prisión de Filipos (Hechos 10:47 y 16:33). ¿Era posible que las tres mil personas fueran bautizadas todas por inmersión? Para convencerse de ello, uno no tiene más que recordar el gran número de fuentes que había en Jerusalén, en las que los Apóstoles, dividiéndose, hubieran podido bautizar libremente las multitudes: la fuente de Betsaida sola podía, utilizada durante unas cuantas horas, bastar para la tarea. En fin, suponiendo que en algunos casos excepcionales los Apóstoles hubieran permitido el bautismo por aspersión o infusión, nunca fue una regla, tal como lo introdujeron los católicos‑romanos. El hecho de que la injustificada innovación se impuso solamente en occidente durante el siglo XIV basta para caracterizarla. El primero que proclamó la validez del bautismo administrado sin necesidad por infusión fue Alejandro de Hallis, que vivió después de 1200 (Bartmann, Op. Cit., II, 282), mientras que el Aquino (Summa . Theo., II, 66, 7) considera el bautismo por inmersión, “communior, laudabilior, y tutíor.” Sin embargo, la opinión de Alejandro fue compartida por su discípulo Buenaventura, el doctor seráfico.

Bautismo y Crismación

 

El comienzo de una nueva vida

 

Obispo Alejandro (Mileant).

Traducido por Nikolas Mitakys

 

 

 

Contenido: Introducción.  El sacramento del bautismo.  El sacramento de la crismación.  Notas complementarias.

 

 

 

Según la palabra del Señor Jesucristo, el nacimiento espiritual del hombre es el fundamento de la salvación: “el que no naciere del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, es carne, y lo que es nacido del Espíritu, es espíritu” (Juan 3:5-6). Este nacimiento mediante el agua y el Espíritu se realiza en el Sacramento del Bautismo.

        En el Bautismo el hombre se purifica de la iniquidad del pecado, se libera de la esclavitud de las pasiones y nace para la vida espiritual. El Bautismo tiene posee una fuerza espiritual tan grande, que se realiza sola una vez, aunque luego, la vida del hombre no se corresponda con la sublime vocación cristiana. Desde este punto de vista, el bautismo puede compararse con un candil espiritual que el Espíritu Santo enciende en el corazón del hombre. El fuego de este candil puede incrementarse o disminuir, pero nunca se estinguira completamente. La principal meta de nuestra vida es avivar este fuego bendito hasta convertirlo en una llama resplandeciente.

        En el presente trabajo intentaremos descubrir el significado y la fuerza del Bautismo y su relación con el Sacramento de la Crismación con la esperanza de que un conocimiento mas profundo de estos Sacramentos servirá de estímulo para que nuestros lectores utilicen ese enorme tesoro espiritual que han recibido en el Bautismo.

 

 

El Sacramento del Bautismo

        El sacramento del Bautismo es imprescindible, pues esta estrechamente vinculado con la presencia de la corrupción pecaminosa en el hombre. El individuo nace con su naturaleza deteriorada por el pecado. Con los años, el pecado como la hierba mala, c4rece y va fortaleciendose en el hombre esclavizandolo cada vez mas y mas. Así, la vida de cada ser humano en particular y la de la humanidad en general, resultan envenenados por el pecador. Del pecado surgen  todas las desgracias: crímenes, sufrimientos, ofensas, violaciones, enfermedades, la muerte física, y principalmente, la muerte espiritual.

        Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios, vino al mundo para destruir el pecado y dar al hombre una vida eterna y feliz en el Reino de los Cielos. El renacimiento espiritual comienza con la fe del hombre en Jesucristo, con su deseo de liberarse de la violencia del pecado y el anhelo de vivir según la voluntad de Dios. El Señor Jesucristo comparó este renacimiento con la resurrección de los muertos, diciendo: “La hora se acerca, y ya ha llegado en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y los que la oigan vivirán” (Juan 5:25). Pero solo con la fe y los deseos no es suficiente. Es necesario la fuerza de la Gracia. Ella es la que llevará a cabo el nacimiento espiritual del hombre. Esta fuerza bendita penetra en la persona en el momento de su inmersión en el agua bautismal.

        El Señor Jesucristo estableció el Sacramento del Bautismo después de su resurrección de entre los muertos. Apareciendo a sus apóstoles les dijó: “Id, y enseñad á todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, e instruyendolas que guarden todas las cosas que os he mandad:... El que crea y se bautice, se salvara. El que no crea, se condenará” (Mateo 28:19-20, Marcos 16:16).

        Cumpliendo la orden del Salvador, los apóstoles predicaron por doquier la fe en Jesucristo bautizando a los creyentes. El primer bautismo masivo fue realizado el día del descenso del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Al finalizar el sermón del apóstol Pedro los oyentes le preguntaban: “Que debemos hacer para salvarnos?” Y el apostal Pedro les respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para el perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38)

        En su epístola a los Romanos, el apóstol San Pablo, explica detalladamene el significado del bautismo: “¿Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte Fuimos sepultados con él en la muerte, a fin de que así, como Cristo resucitó de entre  los muertos por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom. 6:3-4). Habiendo muerto en la Cruz, el Señor y Salvador crucificó también nuestros pecados y se hizo purificador de nuestras iniquidades. En la muerte del Señor en la Cruz reside la fuerza purifcadora de los pecados. Quien recibe el Bautismo, se sumerge en la muerte de Cristo y en la fuerza prificadora de sus sufrimientos en la Cruz. Esta fuerza aniquila todo pecado sin dejar ninguna huella. Ocurre algo parecido cuando se sumerge un metal precioso en una solución química que elimina la mezcla de baja calidad e inútil, dejando el oro puro.

        El hombre que ha sido purificado del pecado se libera de su violencia y recibe la libertad de seguir una vida espiritual. En las Sagradas Escrituras el nacimiento espiritual se llama también “primera resurrección” para diferenciarla de la “segunda” , es decir, la resurrección física que ocurrirá antes del fin del mundo (Apoc. 20:5). El bautizado se convierte en hijo muy amado de Dios, prohijado por Él mediante la gracia de Cristo.

        Esto no significa que en el bautismo la persona se libera automáticamente de todas las tentaciones y del combate espiritual. Mientras el hombre se encuentre en este mundo lleno de tentaciones, el sacrificio espiritual es ineludible. La diferencia entre el bautizado y el no bautizado es que, el último, es esclavo del pecado y no tiene fuerzas para combatirlo, mientras que el bautizado es libre y recibe ayuda para combatir las tentaciones.

        San Marcos el Asceta explica así el sacramento del bautismo: “Por medio del bautismo tu te has vestido de Jesucristo y tienes la fuerza y las armas para derrotar los pensamientos pecaminosos... El santo bautismo libera por completo de la esclavitud del pecado... Si después de haber sido bautizados nosotros caemos nuavamente en el pecado, esto no significa que lel bautismo haya sido imperfecto; la razón no es otra que nuestra negligencia respecto a los mandamientod y nuestros propios deseos de permanecer en la autosatisfacción. Atarnos nuevamente a las pasiones, o mantenernos libres de ellas mediante la observación de los mandamientos depende de nuestra voluntad. Si, después del santo bautismo, teniendo la posibilidad de cumplir los mandamientos no lo hacemos, entonces, aunque no lo querramos, seremos otra vez esclavos del pecado hasta que mostremos nuestro arrepentimiento y pidamos a Dios que borre en nosotros tada impureza (Filocalia, tomo num. 1).

        Es importante que el cristiano comprenda que superando las tentaciones él perfecciona su moral y crece espiritualmente. Para esto es imprescindible el esfuerzo personal. Si no existiera la lucha, no existirian los virtuosos. En esta lucha contra las tentaciones el cristiano no está solo. El recibe una gran ayuda del Espíritu Santo en el Sacramento de la Crismación que se administra después del bautismo.

 

 

El Sacramento de la Crismación

        Así como la muerte y la resurrección de Cristo culminaron con el día de Pentecostés, con el descenso del  Espíritu Santo sobre los apóstoles, así el bautismo del hombre culmina con su Crismación. En el Bautismo el hombre es sepultado y resucita con Cristo; en el Sacramento de la Crismación  se hace digno de la gracia del Espíritu Santo. De esta forma  el milagro de  Pentecostés se repite y se renueva constantemente en la Iglesia.

        Las palabras fundamentales de este Sacramento — “El sello del don del Espíritu Santo”— indican su significado. La Crismación es : a) el acto culminante de la unión a la Iglesia. Es la confirmación o el sello de esa unión b) es manantial de las fuerzas de la gracia que son concedidos al bautizado para el fortalecimiento y el crecimiento de la vida espiritual.

        San Cipriano (siglo III), escribe: “Los bautizados en la Iglesia  son signados con el sello del Señor a ejemplo de lo que ocurrió en el pasado con los samaritanos que recibieron de los apóstoles Pedro y Juan el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos y la oración... nos perfeccionamos por medio del sello del Señor” (Hechos 8:14-17). San Efrén el Sirio (siglo IV) escribe: “Con el sello del Espíritu Santo son signadas todas las entradas de tu alma, con el sello de la unción, son signados todos tus miembros.” San Cipriano atestigua que en la antigüedad cuando se hablaba sobre el nacimiento del “agua y el Espíritu,” por  el “nacimiento del agua” se entendía el Bautismo, mientras que por “nacimiento del Espíritu” era entendida la crismación.

        En tiempos apostólicos los dones del Espíritu Santo se otorgaban con la imposición de manos. Sobre esto podemos leer en el Libro de los Hechos (8:14-17 y 19:2:26). Cuando San Pablo llego a Efeso se encontro con discípulos que solo conocían el Bautismo de Juan (el Bautista). San Pablo terminó de instruirlos y  ellos fueron bautizados en el nombre del Señor Jesus, y habiéndoles impuesto Pablo las manos, descendió sobre ellos el Espíritu Santo.

        De que forma la bendita imposición de manos se transformó en la unción con el miro — Es evidente que los mismos apóstoles ante la imposibilidad de visitar personalmente a tanta gente , decidieron cambiar la imposición de manos por la unción con el miro que ellos mismos bendecían y repartían a los representantes de las Iglesias. San Pablo dice con respecto a la bendita crismación: Es Dios el que nos confirma a nosotros y ustedes en Cristo, y el que nos ha ungido. El también nos ha marcado con su sello y ha puesto las primicias del Espíritu en nuestros corazones” (2 Cor. 1:21-22). Las palabras fundamentales del sacramento  “Sello del don del Espíritu Santo” están estrechamente vinculadas a la frase expresada por el apóstol. Mas adelante el apóstol continua escribiendo: “No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, con el cual estan signados  para el día de la redención” (Efes. 4:30). En las Sagradas Escriturasel “día de la redención” es el día del Bautismo ;y por la palabra “marca” del Espíritu Santo se debe entender el “sello del Espíritu Santo” que sigue inmediatamente luego del bautismo.

        El miro y no otro elemento fue elegido para el sacramento de la crismación, porque en el Antiguo Testamento el miro se usaba para hacer descender sobre las personas dones espirituales especiales  (Exod. 28:1; 1 Reyes, 16:13; 3 Reyes 1:39). Tertuliano, escritor del siglo III escribe: “Al salir de la pila bautismal, nosotros somos ungidos con oleo bendito de acuerdo a una antigua  costumbre; como usualmente eran ungidos los sacerdotes con aceite bendito que salía del cuerno.”

        En la epístola del apostol Juan leemos: “Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y conocen todas las cosas.”  Y mas adelente agrega La unción que recibieron de él, permanece en ustedes, y no necesitan que nadie les enseñe. Y, ya que esa unción los instruye en todo, y ella es verdadera, y no miente, permanezcan en el como ella les ha enseñado” (1 San Juan 2:20-27). En las palabras, citadas de San Pablo y San Juan, el término “unción” indica la comunicación a los fieles del don espiritual ; pero es evidente que el término “unción” podía usarse en sentido espiritual porque los cristianos tenían delante de sus ojos la unción material.

        Los Santos Padres de la Iglesia utilizan la palabra  “cristiano” en estrecha relación con la crismación “cristiano” significa “ungido”. “Habiendose ungido a Cristo” dice San Cirilo de Jerusalén, “ustedes se han hecho dignos de llamarse cristianos es decir “ungidos” y acerca de ustedes Dios dijo: Guardaos de no tocar a mis ungidos” (Salm. 10:15).

        Las narraciones del libro de los Hechos de los Apóstoles demuestran que ademas del descenso de los dones del Espíritu Santo, la imposición de manos o crismación luego del bautismo, era la confirmación del bautismo efectuado y la señal de la unción de los bautizados a la Iglesia; razón por la cual era realizada por los mismos apóstoles y sus sucesores, los obispos.

        De esta forma si con el Bautismo el hombre nace para la vida espiritual, con la confirmación se hace partícipe de la vida bendita de la Iglesia.

 

 

Notas Complementarias

 

Sobre la inmersión en el agua

        El bautismo debe realizarse mediante la inmersión en el agua. La misma palabra griega “baptizo” significa “inmersión.” En el libro de los Hechos leemos como el apostol Felipe bautizó al eunuco: “Ambos descendieron al agua, Felipe y el eunuco; y Felipe lo bautizó.” Cuando salieron del agua “el Espíritu Santo descendió sobre el eunuco”  (Hechos 8:38). La inmersion en el agua se realiza tres veces pronunciándose las palabras  “El siervo de Dios es bautizado en el nombre del Padre,y del  Hijo y del Espíritu Santo,” de acuerdo al mandamiento que Jesucristo nos dejó (Mat. 28:19). De la misma forma se bautizaba en la Iglesia Antigua. Así lo menciona en su epístola el apóstol Bernabe. Tertuliano, por su parte, ddice directamente que “la forma del bautismo esta prescrita.” indicando las palabras del Salvador sobre el bautismo. También testimonia sobre la triple inmersión, señalando el instante en el que se exige del bautizado la renuncia a Satanas y a sus angeles y luego la confesión de la fe.

 

 

Del bautismo de los niños.

        El bautismo de los niños expresa el deseo ferviente de los padres de que sus hijos reciban con prontitud la gracia de Cristo. Una vez recibido el bautismo, el niño crece en el ámbito de la Iglesia. Para el, la Iglesia es su casa, su propio elemento.

        La costumbre de bautizar a los niños es antigua. Se remonta a los tiempos apostolicos y se basa en la palabras de Cristo: “Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mi porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mat. 19:1).

        En las escrituras los apóstoles, frecuentemente mencionan el bautismo de familias enteras (los habitantes de Lida, la casa del guardián de la celda, la familia de Estefanas, 1 Cor. 1-16). En ninguna cita se habla de que los niños no se deben bautizar. Los Padres de la Iglesia en sus enseñanzas a los fieles, insisten en el bautismo de los niños. San Gregorio el Teólogo, dirigiéndose a las madres cristianas, dice: “Tu tienes una criatura? No dejes que el tiempo aumente el daño; Que sea iluminado desde su infancia y que desde su juventud sea consagrado al Espíritu. Tu temes al “sello” por la debilidad de tu naturaleza como una madre atemorizada y de poca fe? Pero Ana prometió a Dios que le consagraría a Samuel antes de que el naciera. Al poco tiempo Samuel nació,y ella lo dedicó y educó para el sacerdocio, sin temer a las debilidades humanas y con fe en Dios. Es imprescindible que las personas que traen a los niños para ser bautizados sean reponsables de su educación en la fe y virtudes cristianas. Sobre estas enseñanzas podemos leer, por ejemplo, en “la Jerarquia de la Iglesia” de San Dionisio Areopagita , autor siempre altamente estimado por la Iglesia: “Era voluntad de nuestros Divinos instructores que los niños reciban el  bautismo con la santa condición de que los padres confien a sus hijos a educadores que sean personas fieles y que instruyan en la fe cristiana y que, después, se preocupen de los niños como guardianes y padres designados del Cielo para guiarlos a la eterna salvación. La persona que promete guiar al niño por una vida virtuosa, es la misma que el sacerdote obliga antes del bautismo a pronunciar el renunciamiento y la sagrada confesión de la fe.

 

 

El bautismo no se repite

        El décimo artículo del símbolo de la Fe dice: “Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados.” Esto significa que si el bautismo es un nacimiento espiritual, y fue realizado correctamente mediante la triple inmersión en el agua en el nombre del Padre,y del Hijo y del Espíritu Santo, entonces no puede ser repetido. Por esto, cuando la Iglesia recibe en su seno a los herejes sin repetir el bautismo lo hace con el sacramento de la crismación, siempre que hayan sido bautizados como ordenan el Evangelio y la Iglesia antigua . Los fieles Ortodoxos renuevan su bautismo por medio del arrepentimiento, con la confesión y la comunión de los Santos Misterios del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

 

 

De los Padrinos

        Los padrinos son los padres espirituales del recien bautizado, sea esta adulto o niño. Son los encargados de preocuparse por el desarrollo espiritual de sus ahijados, rezar por ellos, ayudarlos con un consejo o en los hechos durante  los momentos difíciles en la vida. En una palabra ser padrino no solo significa un honor, es también una responsabilidad. Durante el bautismo es suficiente tener un solo padrino aunque generalmente son dos, un padrino y una madrina. Los padrinos deben ser ortodoxos, piadosos y gente dedicada a la Iglesia para que puedan influir correctamente sobre sus ahijados. Generalmente uno de los padrinos procura conseguir una Cruz que el recién bautizado llevará sobre su pecho.

 

 

El nombre del recién bautizado.

        Durante el bautismo se impone a la persona un nombre en honor de algún santo de la Iglesia Ortodoxa. Este santo será el Protector Celestial del bautizado. El día  en el que la Iglesia recuerda a este santo, se llama Día del Angel. La persona debe conocer la vida de su protector celestial y además, comulgar en su día del angel.

 

 

El oficio

del

Santo  Bautismo

 

El sacerdote, revestido de epitraquílío sobre la sotana, sale a la entrada de la I­glesia al encuentro del catecúmeno que ha de recibir el Sacramento de Bautismo. Sí éste es mayor de edad, se presenta revestido únicamente de una camisa larga, y está de cara al oriente, con los pies descalzos y las manos a sus lados. Pero si es niño menor de edad, se le quita toda la ropa y se lo envuelve en un pañal o toalla. El padrino lo tendrá en sus brazos de manera que su cabeza descanse sobre el brazo derecho de éste.

 

 

Oraciones para la

recepción de catecúmenos

El sacerdote sopla tres veces en la cara del catecúmeno, haciendo cada vez la señal de la cruz sobre su frente y pecho, diciendo:

       

        En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

       

        A continuación, poniendo su mano derecha en la cabeza del catecúmeno, recita:

 

 

La Primera Oración

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

En tu nombre, Señor Dios de Verdad, y en el de tu Hijo Unigénito y de tu Espíritu Santo, impongo mi mano sobre tu servidor(a ) N., que ha sido hecho(a) digno(a) de recurrir a tu santo nombre, y de refugiarse bajo la sombra de tus alas. Aleja de él (ella) su antiguo error y llénalo de fe en ti, esperanza y amor, para que sepa que eres el único Dios verdadero, con tu Hijo Uni­génito, nuestro Señor Jesucristo, y tu Espíritu Santo. Concede que ande en todo tus mandamientos, y que guarde todo lo que te agrada, porque quien los cumple, en ellos tiene vida. Inscribelo (la) en tu libro de la vida, agrégalo (la) al rebaño de tu herencia. Sea glorificado en él (ella) tu Santo Nombre, con el de tu Amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo y el de tu Vivi­ficador Espíritu. Que tus ojos lo (la) miren siempre con piedad y que tus oídos escuchen la voz de su súplica. Haz que se regocije en las obras de sus manos, y en toda su generación; que te alabe, cantando, adorando y glorificando tu grande y ensalzado nom­bre siempre, todos los días de su vida.

        Porque te alaban todas las potestades celestiales, y tuya es la gloria, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siem­pre y en los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

 

 

El Primer Exorcismo

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Te reprende, oh demonio, el Señor que ha venido al mundo y ha habitado entre los hombres, para destruir tu tiranía y librar al hombre — El Señor que en el Madero triun­fó de las fuerzas enemigas, cuando el sol se oscureció y tembló la tierra, y se abrie­ron los sepulcros y se levantaron los cuerpos de los santos; Aquél que, por su muerte abolió también la muerte y aniquiló al que tenía dominio sobre la muerte, es decir, a ti, oh demonio. Te conjuro, por Dios, que reveló el Árbol de la Vida y puso querubi­nes en filas y una espada encendida que se revolvía por todos lados para guardarlo.

        ¡Acata la reprensión! Te conjuro por Aquél que anduvo sobre la superficie del mar como sobre tierra firme, y reprendió al viento borrascoso de la tempestad, cuya mirada secó el abismo, cuyo mandato hizo temblar las montañas. Él mismo, ahora por nuestro intermedio, te reprende: teme y aléjate de esta criatura y no vuelvas más, ni te escondas en ella, ni vayas a su encuentro a influir en ella, sea de día o de noche, sea por la mañana o al mediodía, sino que vuelve a tu propio infierno hasta el gran día preordenado para el juicio. Teme a Dios que está sen­tado sobre los querubines y que mira sobre los abismos; ante quien tiemblan ángeles y arcángeles, tronos, dominios, principados, autoridades, potestades y los querubines de múltiples ojos y los serafines de seis alas; ante quien también se estremecen los Cielos y la tierra, el mar y todo lo que existe en ellos. Sal y apártate de este soldado de Cristo Dios, recién alistado y sellado. Porque te conjuro por Aquél que anda sobre las alas del viento y hace a sus ángeles espíritus y a las llamas de fuego sus minis­tros: Sal y apártate de esta criatura, con todos tus poderes y tus ángeles.

        Porque glorificado es el Nombre del Pa­dre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

 

El Segundo Exorcismo

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Dios, Santo, temible y glorioso en todas sus obras y en su poder, inconcebible e inescrutable, Él mismo ha ordenado para ti, oh demonio, la recompensa del castigo eterno, y por medio de nosotros, sus servidores indignos, te ordena, a ti y a todos tus poderes aliados que te alejes de aquí, del recién sellado (de la recién sellada) en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios. Por lo tanto, te conjuro, espíritu astuto, impuro, maligno, inmundo y extraño, por la autoridad de Jesucristo, que tiene toda la potestad en el cielo y en la tierra, y que dijo al demonio sordomudo: Sal del hombre y no vuelvas a entrar en él; aléjate. Reconoce la vanidad de tu poder, que no tiene dominio ni siquiera sobre los cerdos. Teme a Dios por cuyo decreto la tierra es establecida sobre las aguas, que ha hecho los cielos y ha dispuesto las montañas con un cordel, y los valles por medida; y ha puesto limites a las arenas del mar y una senda firme en las aguas impetuosas; el que toca los montes y humean, que se cubre de luz como de vestidura, que extiende los cielos como una cortina, que establece sus aposentos entre las aguas, que afirmó la tierra sobre sus bases, la cual no será mo­vida, que junta las aguas del mar y las de­rrama sobre la faz de la tierra: Sal y a­pártate del que (de la que) ahora se prepara para la santa Iluminación. Te conjuro por la Pasión redentora de nuestro Señor Jesu­cristo, y por su precioso Cuerpo y Sangre, y por su temible segundo advenimiento; por­que vendrá y no tardará a juzgar toda la tierra, y te castigará a ti y a todas tus huestes con el fuego del infierno, echán­dote a las tinieblas de afuera, donde el gusano carcome sin cesar.

        Porque de Cristo Dios nuestro es el do­minio, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

 

 

El Tercer Exorcismo

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Señor Sabaoth, Dios de Israel, que curas toda enfermedad y todo dolor, mira a tu servidor(a) y pruébalo(la) y examínalo(la) y arranca de él (ella) toda operación del diablo. Reprende a los espíritus inmundos y expúlsalos, y purifica las obras de tus manos, y ejerciendo tu viva fuerza, aplasta con rapidez a Satanás bajo sus pies, y concédele la victoria sobre el mismo, y so­bre sus espíritus impuros, para que, ha­biendo obtenido misericordia de ti, sea hecho(a) digno(a) de participar de tus ce­lestiales misterios, y te rinda gloria, a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

 

 

La Cuarta Oración

 

Sacerdote: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Tú que eres Señor y Maestro, que has creado al hombre a tu imagen y le has dado el poder de llegar a la vida eterna y que no desprecias a los que han caído en e1 pecado, sino que has dispuesto la salvación del mundo por la encarnación de tu Cristo, Tú mismo, Señor, librando también a esta criatura tuya de la esclavitud del enemigo recíbela en tu reino celestial. Abre los ojos de su entendimiento de modo que la Luz de tu Evangelio brille en él (ella). Une a su vida un ángel de luz, que lo (la) libre de todo engaño del adversario, del encuentro con el mal, del demonio del mediodía y de ilusiones perversas.

       

El sacerdote sopla en forma de cruz en la frente y el pecho del catecúmeno, di­ciendo:

       

Arroja de él (ella) todo espíritu malo e impuro, escondido y anidado en su corazón. (Tres veces)

       

        El espíritu de error, el espíritu de mal­dad, el espíritu de idolatría, y de toda concupiscencia, el espíritu de mentira y de toda impureza inspirada por la acción del diablo. Y haz de él (ella) una oveja racional del santo rebaño de tu Cristo, miembro ho­norable de tu Iglesia, vaso consagrado, hijo(a) de la luz, heredero(a) de tu Reino, a fin de que, habiendo vivido según tus man­damientos y habiendo conservado intacto el sello y su vestidura sin mancha, reciba la bienaventuranza de los santos en tu Reino.

        Por la gracia, compasiones y amor al hom­bre de tu Hijo Unigénito, con quien eres bendito, juntamente con tu Santo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén

 

El catecúmeno se vuelve hacía el occi­dente, y el sacerdote le hace la siguiente pregunta tres veces:        

        ¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras, a todos sus ángeles, a todo su culto y a todo su orgullo?

 

El padrino o el catecúmeno mismo (si es adulto) contesta: Sí, renuncio.

 

Otra vez: ¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras, a todos sus ángeles, a todo su culto, a todo su orgullo?

 

Y contesta: Sí, renuncio.

 

Y por tercera vez: ¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras, a todos sus ángeles, a todo su culto y a todo su orgullo?

 

Y contesta: Sí, renuncio.

 

El sacerdote le hace la segunda pregunta, tres veces: ¿Has renunciado a Satanás?

 

Y contesta: Sí, he renunciado.

 

Otra vez: ¿Has renunciado a Satanás?

 

Y contesta: Sí, he renunciado.

 

Y por tercera vez: ¿Has renunciado a Satanás?

 

Y contesta: Sí, he renunciado.

       

El sacerdote le dice: Sopla y escupe en él.

       

Y lo vuelven hacia oriente, y el sacer­dote le pregunta: ¿Te unes a Cristo?

       

Y contesta: Sí, me uno.

 

Otra vez: ¿Te unes a Cristo?

 

Y contesta: Sí, me uno.

 

Y por tercera vez: ¿Te unes a Cristo?

 

Y contesta: Sí, me uno.

 

Y el sacerdote le hace esta pregunta una vez: ¿Te has unido a Cristo?

       

Y contesta: Sí, me he unido.

 

El sacerdote le pregunta: ¿Crees en Él ?

 

El catecúmeno o el padrino contesta: Creo en Él como Rey y Dios.

 

 

Y el catecúmeno o el padrino recita el Credo:

            Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de to­das las cosas visibles e invisibles.

            Y en un Señor Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Luz de Luz, Verdadero Dios de Dios Verdade­ro, engendrado, no creado, consubstancial con el Padre, por quien todas las cosas fueron hechas. Quien por nosotros los hom­bres y por nuestra salvación bajó de los cielos, y se encarnó del Espíritu Santo y de María la Virgen, y se hizo hombre. Y fue crucificado también por nosotros bajo Poncio Pilatos, y padeció y fue sepultado. Y al tercer día resucitó, según las Escrituras. Y subió a los cielos, y está sentado a la diestra del Padre; y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos. Y su reino no tendrá fin.

            Y en el Espíritu Santo, Señor, Dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, que habló por los profetas. Y en la Iglesia, Una, Santa, Católica apostólica. Confieso un solo bautismo para la remisión de los pecados. Espero la resurrección de los muer­tos, y la vida del siglo venidero. Amén.

 

Después que el catecumeno acaba de re­citar el Credo, el sacerdote vuelve a pre­guntarle:

¿Te has unido a Cristo?

 

Y contesta: Sí, me he unido.

 

El sacerdote le pregunta: ¿Crees en Él?

 

Catecúmeno: Creo en Él como Rey y Dios.

 

Y recita el Credo por segunda vez: Creo en un solo Dios ...

Al acabar la segunda recitación del Cre­do, el sacerdote le pregunta por tercera vez:

¿Te has unido a Cristo?

 

Y contesta: Sí, me he unido.

 

El sacerdote le pregunta: ¿Crees en Él ?

 

Catecúmeno: Creo en Él como Rey y Dios.

 

Y el sacerdote le dice: Inclínate en adoración ante Él.

 

Y el catecúmeno:- Adoro al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Trinidad consubstancial e indivisa­.

 

El sacerdote exclama:

        Bendito sea Dios que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al cono­cimiento de la verdad, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén

 

Luego el sacerdote recita esta oración: Roguemos al Señor.

 

Coro: Señor, ten piedad.

 

Maestro, Señor Dios nuestro, llama a tu servidor(a), N., a tu santa Iluminación y hazlo digno (a) de la magna gracia de tu santo Bautismo. Quita de él (ella) la huma­nidad vieja y renuévalo (la) para la vida eterna. Llénalo del poder de tu Espíritu Santo, en la unidad de tu Cristo, a fin de que no sea más hijo(a) de la carne, sino hijo (a) de tu Reino.

        Por la benevolencia y la gracia de tu Hijo Unigénito, con quien eres bendito, juntamente con tu Santo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre y por los si­glos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

 

Oficio del

Santo Bautismo

 

Al terminar el Oficio de la Recepción del Catecúmeno, el sacerdote entra en el santuario y reviste un felonio blanco encima del epitraquílio y se pone las epímánícas.

        Habiendo encendido todas las velas, toma el incensario y, saliendo, se acerca a la pila bautismal. Inciensa alrededor de la pila y luego entrega el incensario a un a­cólito y hace una reverencia.

       

Diácono: Bendice, Señor.

Sacerdote: Bendito el Reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

 

Coro: Amén.

 

 

Letanía de paz

Diácono: En paz roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por la paz que de lo alto viene, por la salvación de nuestras almas, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por la paz del mundo entero, por el bie­nestar de las santas Iglesias de Dios y por la unión de todos, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por esta santa casa y por todos los que en ella entran con fe, devoción y temor de Dios, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por nuestro señor, su Beatitud, el Me­tropolita N., por nuestro señor, el Reverendísimo obispo N., el honorable presbiterado, el diaconado en Cristo, por todo el clero y todo el pueblo, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por el Presidente de la República, por toda autoridad civil y por las fuerzas ar­madas, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que estas aguas sean santificadas por la fuerza, la operación y el descenso del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que sean enviadas sobre ellas la gracia de la Redención y la bendición del Jordán, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que sobre estas aguas descienda la operación purificadora de la supersubstan­cial Trinidad, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que seamos iluminados por la luz de la sabiduría y de la piedad por el descenso del Espíritu Santo, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que estas aguas sean eficaces para que no caigamos en los lazos de enemigos visibles e invisibles, roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que él que (la que) es bautizado(a) en ellas sea digno(a) del Reino imperece­dero, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Por el que (la que) viene ahora al santo bautismo y por su salvación, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que sea hijo (hija) de la luz y he­redero(a) de los bienes eternos, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que sea miembro y participe de la muerte y de la resurrección de Cristo Dios nuestro, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que conserve puras e inmaculadas sus vestiduras bautismales y las arras del Espíritu hasta el temible día de Cristo nues­tro Dios, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que le sean estas aguas baño de regeneración para remisión de pecados y vestidura de incorrupción, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que el Señor Dios escuche la voz de nuestras súplicas, Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Para que él (ella) y nosotros seamos li­bres de toda tribulación, ira, peligro y necesidad, al Señor roguemos

Coro: Señor, ten piedad.

        Socórrenos, sálvanos, ten piedad de nosotros Dios y por tu gracia, guardados.

Coro: Señor, ten piedad.

        Conmemorando a la Santísima, Inmaculada, Bendita, gloriosa Señora nuestra, Theotokos y siempre Virgen María, con todos los san­tos, encomendémonos nosotros mismos, unos a otros y toda nuestra vida a Cristo Dios.

Coro: A ti, Señor.

 

Mientras el diácono pronuncia las peticiones anteriores, el sacerdote reza en voz baja la siguiente oración:

 

Dios compasivo y misericordioso, que pruebas la mente y el corazón, solo Tú conoces los pensamientos secretos del hombre, porque ningún hecho es oculto ante ti, sino que todo es descubierto y mani­fiesto ante tus ojos; Tú conoces todas las cosas respecto de mí. No me mires con des­precio, ni apartes de mí tu rostro. No con­sideres mis iniquidades en esta hora, Tú que no guardas memoria de los pecados de los hombres si se arrepienten de ellos; lava la impureza de mi cuerpo y las manchas de mi alma. Santifícame por completo por tu potestad toda perfecta e invisible (y)con tu diestra espiritual, no sea que al proclamar a otros la libertad y al administrar este rito con fe perfecta en tu inefable amor a los hombres yo me haga vil esclavo del pe­cado. Sí, Señor, único buen amante de los hombres, no sea yo, tu humilde servidor, seducido sino que envía sobre mí tu poder de lo alto y fortaléceme para que administre este mis­terio grande y celestial. Crea la imagen de tu Cristo en él (la) que desea nacer de nuevo por mi indigno ministerio. Edifícalo (la) sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas a fin de que no sea jamás ven­cido(a), sino que plántalo (la) con firmeza cual planta de verdad en tu Iglesia Santa, Católica y apostólica para que no sea de­sarraigado (a) de ella, y, creciendo en pie­dad, sea glorificado por él (ella)tu santísimo Nombre, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Y sigue el sacerdote en voz alta:

 

 Grande eres, Señor, y maravillosas tus obras, y ninguna palabra es suficiente para cantar tus maravillas. ( Tres veces).

        Porque Tú, por tu propia voluntad, de la nada has traído todas las cosas a la exis­tencia y por tu potestad mantienes toda la creación y por tu providencia ordenas el mundo. Constituiste con los cuatro elemen­tos la creación; coronaste el ciclo del año con cuatro estaciones. Ante ti tiemblan todas las potestades razonables. El sol canta tus alabanzas, y la luna te glorifica; las estrellas interceden contigo. Te obe­dece la luz. Ante ti se estremecen los abismos; los manantiales te sirven. Exten­diste los cielos como una cortina. Estable­ciste la tierra sobre las aguas. Rodeaste los mares de arena. Derramaste el aire para el aliento. Las potestades angelicales te sirven. Los coros de arcángeles te ado­ran. Los querubines de múltiples ojos y los serafines de seis alas, estando en de­rredor y volando, se cubren de temor ante tu inaccesible gloria. Porque Tú, el Dios incircunscrito, sin comienzo e inefable, descendiste a la tierra, tomando la forma de un servidor y haciéndote a semejanza del hombre. Pues no toleraba tu entrañable mi­sericordia, Dueño, ver a la raza del hombre bajo la tiranía del diablo, porque viniste a salvarnos. Confesamos tu gracia; pro­clamamos tu misericordia; no escondemos tu beneficencia. Libertaste a los hijos de nuestra naturaleza; por tu nacimiento san­tificaste el seno de la Virgen. Toda la creación canta tus alabanzas, Tú que te manifestaste. Porque Tú, Dios nuestro, apareciste en la tierra y habitaste entre los hombres. Santificaste las corrientes del Jordán, enviando desde el cielo a tu Santísimo Espíritu, y aplastaste la cabeza de los dragones que allí habitaban.

       

        Por tanto, Rey que amas al hombre, hazte presente ahora, por el descenso de tu Espíritu Santo, y santifica estas aguas. (Tres veces )

       

        Y concédeles la gracia de la redención, la bendición del Jordán. Haz de ellas una fuente de incorrupción, un don de santificación, una remisión de pecados, un remedio de enfermedades, una destrucción de demo­nios, inaccesible a las potestades hostiles, llena de poder angelical, a fin de que sean ahuyentados de ellas todos los que desean asechar a tu criatura, porque hemos invocado, Señor, tu maravilloso nombre que es glorioso y temible a tus adversarios.

 

Y sumergiendo los dedos de su mano derecha en el agua, traza la señal de la cruz y sopla tres veces, diciendo: Sean aplastadas todas las potestades enemigas por la señal de la imagen de tu Cruz.

 

Te rogamos, oh Dios, que sean retirados de nosotros todo fantasma etéreo y oscuro, que ningún demonio tenebroso se esconda en estas aguas, y que ningún espíritu maligno de los que obscurecen la razón y provocan a rebelión descienda en ellas con él (la) que será bautizado(a).

        Mas Tú, Señor de todo, manifiesta estas aguas como aguas de redención, de santificación del alma, de baño de regeneración, de renovación del Espíritu, de don de filiación, de vestidura de incorrupción y fuente de vida. Porque Tú has dicho, oh Se­ñor, “Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras almas.” Nos has otorgado desde lo alto el renacimiento por el agua y el Espíritu. Por tanto, Señor, manifiéstate en estas aguas y concede que sea transfor­mado(a) él que (la que) será bautizado (a) en ellas, de modo que se despoje de la antigua humanidad, que está viciada conforme a los deseos engañosos, y que se revista de la nueva y se renueve conforme a la imagen del que le (la) creó, que siendo sepultado de acuerdo con el modelo de tu muerte, pueda, de la misma manera, ser partícipe de tu resurrección: y guardando el don de tu Espíritu Santo, aumentando la medida de la gracia dada a él (ella), obtenga el premio del su­premo llamamiento y sea contado(a) con los primogénitos inscriptos en los cielos, en ti, Jesucristo Dios y Señor nuestro. Por­que a ti pertenecen la gloria, el dominio, el honor y la adoración, con tu Padre que es sin origen y con tu Santísimo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Sacerdote: Paz a todos.

Coro: Y a tu espíritu.

Diácono: Inclinad vuestras cabezas ante el Señor.

Coro: A ti, Señor.

        El sacerdote sopla tres veces en el vaso de óleo que le presenta el diácono, y lo bendice, haciendo tres veces la señal de la cruz y recitando la siguiente oración:

 

Diácono: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

        Señor y Maestro, Dios de nuestros padres, que enviaste a los que estaban en el arca de Noé una paloma llevando en el pico un ramo de olivo, como señal de reconciliación y salvación del diluvio, prefigurando así el misterio de la gracia. Suministras el fruto del olivo para el cumplimiento de tus santos misterios, y por él llenaste del Espíritu Santo a los que estaban bajo la ley y perfeccionas a los que están bajo la gracia. Bendice este Santo Óleo con el poder, la operación y el descenso del Espíritu Santo, a fin de que sea unción de incorrupción, armadura de justicia, renovación del alma y del cuerpo, defensa contra toda asechanza del diablo, liberación de todo mal para los que serán ungidos de él o que lo recibirán para tu gloria y la de tu Hijo Unigénito y de tu Santísimo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Diácono: Atendamos.

        Y el sacerdote, cantando Aleluya, con los presentes, hace la señal de la cruz tres veces con un poco del óleo en el agua. Luego dice: Bendito sea Dios que ilumina y santifica a todo hombre que viene al mundo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

        La persona que ha de ser bautizada se presenta y el sacerdote toma con sus dedos un poco del óleo y hace la señal de la cruz en su frente, diciendo:

        El servidor (la sierva) de Dios, N., es ungido(a) con el óleo de la alegría en el nom­bre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

        En el pecho y la espalda, diciendo:

                                   Para curación del alma y del cuerpo.

        En las orejas:

                                   Para que oiga la predicación de la fe.

        En las manos:

                                   Tus manos me hicieron y me formaron.

        En los pies:

                                   Para que ande por la senda de tus mandamientos.

 

Habiéndole ungido todo el cuerpo, el sa­cerdote procede a bautizarle, teniéndolo a fin de que mire a oriente y sumergiéndole tres veces diciendo:

 

        El servidor (la sierva) de Dios, N., es bautizado(a) en el nombre

 

del Padre.

Pueblo: Amén.

del Hijo.

Pueblo: Amén

                                                            Y del Espíritu Santo.

Pueblo: Amén.

 

A cada invocación le sumerge y le vuelve a levantar. Después del bautismo, el sacerdote se lava las manos y canta con los presentes el Salmo 31(32):

        Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pe­cado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño, mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdo­naste la maldad de mi pecado. Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angus­tia; con cánticos de liberación me rodearás. Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser su­jetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti. Muchos dolores habrá para el impío; mas al que espera en el Señor, le rodea la misericordia. Ale­graos en el Señor, y gozaos justos, y can­tad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.

       

        A continuación, el sacerdote reviste al bautizado una camisa blanca, diciendo:

El servidor (la sierva) de Dios, N., es revestido(a) con la vestidura de justicia, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

       

        Y se canta el siguiente tropario en el tono 8: Concédeme la vestidura de luz, Tú que te cubres de luz como de vestidura, Cristo Dios nuestro, grande en misericordia.

 

 

Oficio de la Santa Crismación

Después de haberle revestido, el sacer­dote recita la siguiente oración de la San­ta Crismacion:

        Bendito eres, Señor Dios todopoderoso. Fuente de todo bien, Sol de justicia, que hiciste resplandecer sobre los que es­taban en las tinieblas la luz de la salvación con la manifestación de tu Hijo Uni­génito y nuestro Dios, que nos diste, aunque indignos, bendita purificación en el agua santa y divina santificación en la Crismación vivificante, que también ahora te dig­naste regenerar a este tu servidor (esta tu sierva) que ha recibido iluminación por el agua y el Espíritu y le concedes remisión de sus pecados voluntarios e involuntarios. Tú mismo, Señor, compasivo Rey de reyes, concédele también el sello del don de tu Santo Espíritu todopoderoso y adorado, y participación del santo Cuerpo y de la pre­ciosa Sangre de tu Cristo, consérvale en tu santidad, afírmale en la Fe Ortodoxa, líbrale del maligno y de todas sus asechanzas. Conserva su alma en pureza y rectitud, por tu temor salvador, para que te agrade en todo hecho y palabra, y que sea hijo y heredero de tu Reino celestial.

        Porque Tú eres nuestro Dios, Dios de mi­sericordia y salvación, y te glorificamos, a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

       

        El sacerdote unge al bautizado con el Santo Crisma en forma de cruz, en la frente, los ojos, las narices, los labios, las orejas, el pecho, las manos y los pies, diciendo cada vez:

 

        El sello del don del Espíritu Santo. Amén.

 

El sacerdote, acompañando de los padrinos con el bautizado, da tres vueltas alrededor de la pila. Todos cantan: Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ale­luya. (Tres veces )

Diácono: Atendamos.

Sacerdote: Paz a todos.

Lector: Y a tu espíritu.

Diácono: Sabiduría.

Lector: Proquimeno en el tono tercero: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿de quién temeré?

Verso: El Señor es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme?

Diácono: Sabiduría

Lector: Lectura de la Epístola del A­póstol San Pablo a los Romanos.

Diácono: Atendamos.

       

De la Epístola a los Romanos, Selección 91 (6:3‑11).

        Hermanos: Todos los que hemos sido bau­tizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte. Porque somos se­pultados juntamente con Él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo re­sucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados junta­mente con Él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. ¡Y si morimos con Cristo, cre­emos que también viviremos con Él¡ sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muer­tos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de Él. Porque en cuanto murió, el pe­cado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

Sacerdote: Paz a ti.

Lector: Y a tu espíritu.

Diácono: Sabiduría. Atendamos.

Lector: Aleluya. Y todos cantan Alelu­ya, tres veces.

Diácono: Sabiduría. Estemos de pie. Es­cuchemos el Santo Evangelio.

Sacerdote: Paz a todos.

Coro: Y a tu espíritu.

Sacerdote: Lectura del Santo Evangelio según Mateo.

Coro: Gloria a ti, Señor, gloria a ti.

Diácono: Atendamos.

 

El sacerdote lee la selección 116 (Mateo 28:16‑ 20)

        En aquellos días, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vie­ron, lo adoraron; pero algunos dudaban. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en los Cielos y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulas a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén

Coro: Gloria a ti, Señor, gloria a ti.

        Luego la letanía siguiente, si se difiere la ablución y la tonsura hasta el octavo día del bautismo y crismacion; si éstas han de seguir inmediatamente, esta letanía se recita después de la tonsura.

        Ten piedad de nosotros, Dios, según tu gran piedad, te suplicamos que nos escuches y tengas piedad.

Coro: Señor, ten piedad. (Tres veces)

        De nuevo suplicamos por nuestro señor, su Beatitud, el Metropolita, N., por nuestro señor, el reverendísimo obispo, N., y por todos nuestros hermanos en Cristo.

Coro: Señor, ten piedad. (Tres veces)

        De nuevo suplicamos por piedad, vida, paz, salud, salvación y perdón de los pe­cados del servidor de Dios, N., el padrino.

Coro: Señor, ten piedad. (Tres veces)

        De nuevo suplicamos por el servidor (la sierva) de Dios, N., recién bautizado(a) e iluminado (a), para que Dios lo (la) conserve en la fe de la confesión pura, en toda piedad y en el cumplimiento de los mandamientos de Cristo durante todos los días de su vida.

Coro: Señor, ten piedad. (Tres veces)

        Porque eres Dios misericordioso y que amas a los hombres y te rendimos gloria a ti, Pa­dre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

Sacerdote: Gloria a ti, Cristo Dios, Espe­ranza nuestra, gloria a ti.

Coro: Gloria al Padre, al Hijo y al Espí­ritu Santo, ahora y siempre y por los si­glos de los siglos. Amén. Señor, ten piedad. (Tres veces)  

Y el sacerdote bendice y da la despedida.

 

Diácono: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Y el sacerdote recita esta oración:

        Tú que, por el santo bautismo, has concedido a éste tu servidor (ésta tu sierva) el perdón de los pecados y que le has otorgado la vida de regeneración, Tú mismo, señor y Maestro, complácete hacer que la Luz de tu Rostro brille siempre en su corazón. Man­tén el escudo de su fe inexpugnable para el enemigo. Conserva pura e inmaculada la vestidura de incorrupción de la cual se ha revestido, guardando en él (ella) el sello del Espíritu intacto por tu gracia, y apia­dándote de él (ella) y de nosotros, por la multitud de tus misericordias.

        Porque bendito y glorificado es tu ho­norabilísimo y magnífico nombre, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

        La Segunda Oración

Diácono: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Sacerdote: Maestro, Señor Dios nuestro, que por la pila bautismal confieres la iluminación celestial a los bautizados, y has re­generado a tu servidor (a) recién bautizado (a) por el agua y el Espíritu y le has conce­dido el perdón de sus pecados voluntarios e, involuntarios, impón sobre él(ella) tu po­derosa mano, guárdalo (la) por el poder de tu bondad, mantén inviolables sus arras y haz que sea digno(a) de la vida eterna y de tu agrado. Porque eres nuestra santificación y te rendimos gloria, a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los si­glos de los siglos.

Coro: Amén.

Sacerdote: Paz a todos.

Coro: Y a tu espíritu.

Diácono: Inclinad vuestras cabezas ante el Señor.

Coro: A ti, Señor.

 

Sacerdote: El (la) que se ha revestido de Ti, Cristo Dios nuestro, con nosotros inclina la ca­beza ante ti. Consérvalo (la) siempre a fin de que sea soldado invencible en todo ata­que de los que lo (la) asechan a él (ella) y a nosotros, y haz que seamos todos victo­riosos hasta el fin, por tu indestructible corona.

        Porque tuyos son el apiadarte de nosotros el salvarnos, y te rendimos gloria, a ti, juntamente con tu Padre que es sin origen, y tu Santo Espíritu Bueno y Vivificador, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

        El sacerdote quita el cinturón o la faja del niño y reuniendo sus extremos, los em­papa con agua pura y asperje al niño, di­ciendo: Estás justificado(a), estás iluminado(a), estás santificado(a), Estás lavado(a), en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y por el Espíritu de nuestro Dios.

        Y tomando una esponja nueva, le lava el rostro, la cabeza, el pecho y el resto del cuerpo, diciendo:

        Estás bautizado(a), estás iluminado(a), estás ungido(a) con el santo Crisma, estás santificado(a), estás lavado(a) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Diácono: Roguemos al Señor.

Coro: Señor, ten piedad.

 

Sacerdote: Maestro, Señor Dios nuestro, que has hon­rado al hombre con tu propia imagen, le has formado de un alma racional y un cuerpo hermoso (pues el cuerpo sirve al alma racional); has colocado la cabeza en la cima del cuerpo y has dispuesto en ella la mayor parte de los sentidos, los cuales, sin em­bargo, no se obstruyen unos a otros. Has cubierto la cabeza de cabellos a fin de que no la perjudiquen los cambios de clima, y has unido y concertado todos sus miembros de modo que con todos el hombre pueda darte gracias a ti, gran Artífice. Tú, el mismo Maestro, por tu instrumento escogido, Pablo el Apóstol, nos has dado mandamiento de que hagamos todo para tu gloria. Bendice ahora a tu servidor(a), N., que ha venido a ofre­certe como primicias el cabello cortado de su cabeza; bendice también a su padrino, y concede que todos se ejerciten en tu ley y que hagan lo que es agradable delante de ti.

        Porque eres Dios misericordioso que amas a los hombres, y te rendimos gloria a ti

Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén

Sacerdote: Paz a todos.

Coro: a tu espíritu.

Diácono: Inclinad vuestras cabezas ante el Señor.

Coro: A ti, Señor.

 

Sacerdote: Señor Dios nuestro, que por el cumpli­miento de la pila bautismal, santifi­cas por tu bondad a los que creen en ti: Bendice a este(a) niño(a) aquí presente, que tu bendición descienda sobre su cabeza. Como bendijiste al Rey David por la mano del Profeta Samuel, bendice también la ca­beza de tu servidor(a) por mí mano pecadora, visitándolo(la) con tu Espíritu Santo, a fin de que, creciendo en estatura y alcanzando alta vejez, te rinda gloria y vea el bien de Jerusalén todos los días de su vida.

        Porque te pertenecen toda gloria, honor y adoración, a ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos.

Coro: Amén.

       

Tomando las tijeras, el sacerdote hace una tonsura en forma de cruz en la cabelle­ra del niño, diciendo: Es tonsurado(a) el servidor(la sierva) de Dios, N., en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Coro: Amén

 

Sacerdote: Gloria a ti, Cristo Dios, Espe­ranza nuestra, gloria a ti.

Coro: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y siempre y por los si­glos de los siglos. Amén. Señor, ten piedad. (Tres veces)  

 

Y el sacerdote bendice y da la despedida.

 

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