LA FIESTA DE LA EPIFANIA

Explicación de la Epifanía

Por el Protopresbítero Thomas Hopko

 

El día 6 de enero se celebra la fiesta de la Epifanía o la Teofanía. Originalmente era la fiesta cristiana única de la manifestación de Dios al mundo en la forma humana de Jesús de Nazaret. Incluía la celebración del nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes Magos, y todos los acontecimientos de la niñez de Jesucristo como su circuncisión y presentación en el templo, así como su bautismo por San Juan en el Río Jordán. Es casi una certeza que esta fiesta, al igual a la Pascua de Resurrección y Pentecostés, se entendía como el cumplimiento de una fiesta judía previa, en este caso, la Fiesta de las Luces.

 

La palabra Epifanía significa manifestación. Frecuentemente se refiere a esta fiesta como la Teofanía, tal como se dice en los libros litúrgicos de la Iglesia Ortodoxa, palabra que significa Manifestación de Dios. El énfasis que se da a esta fiesta hoy en día está en la aparición de Jesús como el Mesías humano de Israel y el Divino Hijo de Dios, Uno de la Santa Trinidad, junto al Padre y el Espíritu Santo.

 

                        Así, en Su bautismo por Juan en el Jordán, Jesús se identifica delante de los pecadores como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29), el “Amado” del Padre cuya tarea mesiánica es la de redimir a los seres humanos de sus pecados. (Lucas 3,21; Marcos 1,35) Es revelado como uno de la Santísima Trinidad Divina, a quien se da testimonio por la voz del Padre, y por el Espíritu en forma de paloma. Los himnos de la fiesta glorifican esta Epifanía trascendental, es decir, manifestación.

 

Cuando fuiste bautizado Señor, en el Río Jordán, fue revelada la adoración de la Santísima Trinidad. Porque la voz del Padre se adelantó dando testimonio, llamándote Hijo muy Amado. Y el Espíritu en forma de paloma confirmó la inmutabilidad de esas palabra. Oh Cristo Dios, que apareciste al mundo, gloria a Ti. (Tropario de la Fiesta)

 

Hoy apareciste al universo, y Tu Luz, oh Señor, ha brillado sobre nosotros, quienes con entendimiento clamamos a Ti : Tú has venido y Te has revelado, oh  Luz  Inaccesible. (Kontakion)

 

 

                        Los oficios litúrgicos de la Teofanía son organizados idénticamente a los de la Navidad, aunque lo más probable es que haya sido la Epifanía que sirvió de modelo para la Navidad, ya que la Navidad fue establecida como fiesta más tarde. En la mañana de la víspera de la fiesta, se celebran las Horas Reales junto a Vísperas y la Divina Liturgia de San Basilio el Magno. La vigilia de la fiesta consiste en Completas Mayores y Matutinos.

 

                        Las profecías que se leen en la Teofanía repiten las palabras de Isaías “Dios está con nosotros” y enfatizan la predicha venida del Salvador así como la venida de su precursor, San Juan Bautista:

 

Voz que clama en el desierto: Preparad camino al Señor; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájase todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane; y toda carne verá la salvación de Dios.  (Isaías 40,3-5; Lucas 3,4-6)

 

                        El verso bautismal de Gálatas 3,37 reemplaza otra vez al Trisagion. (Santo Dios) Las lecturas del Evangelio seleccionadas para leer en todos los oficios de la Teofanía hablan del bautismo de Jesús por Juan en el Río Jordán. La lectura de la Epístola en la Divina Liturgia habla de las consecuencias de la aparición del Señor, que es la Divina Epifanía.

 

Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro Gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras. (Tito 2,11-14)

 

                        La principal característica de la fiesta de la Epifanía es la Bendición Mayor de las Aguas. De acuerdo con las indicaciones de la Iglesia, se debe celebrar esta bendición después de la Divina Liturgia tanto en la víspera de la fiesta como en la fiesta misma. En la mayoría de las parroquias, sin embargo, generalmente se hace una sola vez, y en una oportunidad en que el mayor número de fieles posible pueda participar. Comienza con la entonación de unos himnos especiales, y luego el celebrante inciensa el agua, que ha sido puesto en medio del templo. Rodeado por velas y, en algunos casos, también flores, esta agua representa el bello mundo de la creación original de Dios y la glorificación por Cristo en el Reino de Dios. A veces se celebra esta bendición de las aguas afuera, cuando haya agua corriente natural.

 

La voz del Señor clama diciendo, tomado todos, el espíritu de sabiduría, espíritu de entendimiento, por la manifestación de Cristo.

 

Hoy la naturaleza del agua de las aguas se santifica, el Jordán se divide y sus aguas dejan de correr; porque en él se ve al Señor lavado.

 

Oh Cristo Rey, como humano vino al río para lavarse. Tomaste la iniciativa para recibir el bautismo como esclavo de la mano del Precursor por nuestros pecados, oh Amante de la Humanidad.

(Himnos de la Bendición Mayor de las Aguas)

 

                        Luego se leen tres lecturas de la Profecía de Isaías acerca de la era mesiánica:

 

Se alegrarán el desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará

con júbilo…. (Isaías 35,1-10)

 

A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed. Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche… (Isaías 55,1-13)

 

Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación. Y diréis en aquel día: Cantad al Señor, aclamad su nombre, haced célebres en los pueblos sus obras … su Nombre es engrandecido … Regocíjate y canta … (Isaías 12,3-6)

 

 

                        Después de la Epístola (I Corintios 1,10-14) y la lectura del Evangelio (Marcos 1,9-11), se entona una especial letanía mayor que invoca la gracia del Espíritu Santo sobre el agua y sobre todos aquellos que participarán de ella. Se finaliza con la gran oración de la glorificación cósmica de Dios en la cual se invoca a Cristo a santificar el agua, y a todos los seres humanos y la creación entera, por la manifestación de Su Presencia Divina, Salvífica y Santificadora, mediante la venida del Santo y Bueno y Vivificador Espíritu.

 

                        Mientras se canta el tropario de la fiesta, el celebrante sumerge  la cruz tres veces  en el agua, y luego procede a rociar el agua hacia los cuatro puntos cardinales del mundo. Acto seguido, bendice a todos los presentes con esta agua. Durante los días siguientes, bendice los hogares de los fieles con el agua bendita, que representa la salvación de toda la humanidad y de la creación entera, que Cristo ha llevado a cabo mediante Su Epifanía en la carne, por la vida del mundo.

 

                        Algunas veces, se piensa que la bendición del agua, y la práctica de tomarla y rociarla sobre todas las personas y cosas, es un paganismo que erróneamente ha entrado a la Iglesia Cristiana. Sabemos, sin embargo, que este ritual fue practicado por el Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, y que en la Iglesia Cristiana tiene un significado muy importante y especial.

 

                        Es nuestra fe cristiana que, ya que el Hijo de Dios ha tomado carne humana y ha sido inmergido en las aguas del Jordán, toda materia ha sido santificada y purificada en Él, limpiada de sus cualidades mortíferas heredadas del diablo y de la maldad de los seres humanos. En la Epifanía del Señor, toda la creación se vuelve buena de nuevo, por cierto “muy bueno”, tal como Dios mismo la hizo y proclamó que era en el principio cuando “el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (Génesis 1,2) y cuando el “Espíritu de Vida” estaba en el ser humano y en todo hecho por Dios. (Génesis 1,30; 2,7)

 

                        El mundo y todo cuanto hay en él ciertamente es “muy bueno” (Génesis 1,31) y cuando se vuelve contaminado, corrupto y muerto,  Dios lo salva nuevamente mediante la “nueva creación” en Cristo, Su Hijo Divino y Nuestro Señor, por la gracia del Espíritu Santo. (Gálatas 6,15) Esto es lo que se celebra en la Epifanía, y de modo especial en la Bendición Mayor de las Aguas. La consagración de las aguas en esta fiesta coloca el mundo entero, a través de su materia elemental, el agua, en la perspectiva de la creación, santificación, y glorificación cósmicas del Reino de Dios en Cristo y en el Espíritu. Nos dice que el ser humano y el mundo entero fueron creados y salvados para ser “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3,19), “la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo”. (Efesios 1,23) Nos dice que Cristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad,” es y verdaderamente será “el todo, y en todos”. (Colosenses 2,9; 3,11) Nos dice, además, que “el nuevo cielo y la nueva tierra” que Dios nos  ha prometido mediante sus profetas y apóstoles (Isaías 66,22; II Pedro 3,13; Apocalipsis 21,1) en verdad ya están “con nosotros” en el misterio de Cristo y Su Iglesia.

 

                        Así la santificación y el rocío del agua de la Epifanía  no es ningún ritual pagano. Es la expresión de hecho más central de la visión cristiana del ser humano, de su vida y de su mundo. Es el testimonio litúrgico  de que la vocación y el destino de la creación es de ser llena “de toda la plenitud de Dios”. (Efesios 3,19)

clase epifaniaPadre Francisco
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Predica_epifaníaTropario
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